Publicidad:
La Coctelera

Lo Que Esperamos De La Vida

"Las cosas no siempre son como uno las espera", por Alfred Collins

5 Noviembre 2008

Parte XVI

Después de haberle dicho que prefería quedarme a cuidarlo que ir a una tonta fiesta de universitarios, Javier y mi tía Rosa insistieron en que estaba en todo mi derecho para que me divirtiera. Era lo menos que podía hacer, me había dicho ella, después de todo era mi último año en el colegio.
Javier se recuperaba mucho más rápido de lo que los doctores habían pensado. Habían pasado solo dos días después del accidente y sus heridas sanaban a una velocidad impresionante; todo gracias a la combinación de los medicamentos y a los remedios caseros de la tía Rosa.
La mamá de Javier seguía en el hospital, pero su estado era alentador. Estaba interna por orden estricta de los médicos, quienes no la dejarían ir hasta quedar seguros de que estuviera completamente sana. Afortunadamente, la familia de Javier era bastante adinerada. Los gastos no eran un problema, en realidad.
Por otra parte, la familia entera comenzó a regar el supuesto accidente que había sufrido Marta. Tal cual lo había anunciado mi tía, Edmundo sabía cómo ingeniárselas para hacer creer a todos de que nada malo había sucedido. Había dicho que Javier había llegado a la casa, con aspecto maltrecho y desorientado. Entonces, en un intento por ayudarle, Edmundo había corrido hasta el carro para llevarlo al hospital, pero que no se dio cuenta cuando su madre salió de la nada y la arroyó sin querer.
Javier se molestó mucho con esto. Se le podía ver la cara de rabia por en medio de la inflamación. Quería que todo el mundo supiera la verdad y que su padre pagara por las consecuencias de sus actos. Pero no fue así. El poder puede ser un arma peligrosa en manos equivocadas; y Edmundo tenía suficiente.
En cuanto al asunto de su sexualidad, Javier fue declarado como homosexual. Edmundo admitió en frente de algunos familiares de que él ya no tenía hijo. Ya todo era un hecho, y la familia lo estaba afrontando con la total discreción del caso.
Y mientras la vida de mi primo seguía su curso, había descuidado la mía. En los dos últimos días que trascurrieron me olvidé de Eduardo por completo. Solo llegué a recordar de mi vida personal cuando por accidente dejé caer unos papeles cuadriculados, llenos de figuras trigonométricas.
Fue ahí cuando pensé en Oscar.
Se me había olvidado la rabia. Tenía la mirada perdida mientras recogía descuidadamente los papeles. Me lo imaginé en ese momento. Tal vez, si estuviera en mi cuarto, estaría diciéndome algo para arreglarme el día. Estaríamos hablando de otra cosa que distrajera mi mente o me daría el suave apretón de mano sobre mi hombro.
Pero como si un baldado de agua me despertara, recordé que ese no era Oscar. Había sido todo una mentira. Una falsa idea vendida por él mismo, para tratar de alejarme de Eduardo. Caminé con paso seguro y lancé los papeles a la basura. Quería borrar su recuerdo.
Las clases seguían siendo las mismas. Estaba con Vick en los ratos de descanso y me concentraba en los exámenes finales del periodo. Una pequeña sensación de preocupación comenzó a surgir mientras hablaba con Vick por las canchas. El colegio estaba llegando a su fin y mi alma no se sentía preparada para dar el siguiente paso. Hacia unos meses atrás había aplicado para entrar a una universidad cerca de la casa de mis padres. Me inscribí para dos carreras diferentes, pero no me sentía seguro de ninguna de las dos. Tenía cierto miedo de escoger algo que no me gustara tiempo después, como muchas de las historias que había escuchado de aquellos estudiantes que se mueven de un programa a otro como si de cambiar zapatos se tratara.
No había visto a Oscar por esos dos días. Y Vick no era de gran ayuda. Él estaba igual de desorientado a mí, y había aplicado para un solo programa en la misma universidad. Aunque por sus propias palabras, no creía que fuera a pasar. Vick solo tenía deseos de entrar a la universidad para comparar sus conocimientos en su vida sexual con las grandes ligas.
Sin darme cuenta, llegó el día de Brujas, y el ambiente no podía ser el mismo. Cientos de estudiantes llenos de adrenalina, con expectativas a lo que fuera a pasar en la fiesta en el colegio. Algunos llevaban antifaces o sombreros de brujas. Otros repartían dulces a la entrada de cada salón y los más desocupados asustaban a los más pequeños con máscaras de monstruos.
- Aquí está la dirección. – dijo Vick entregándome un papel arrugado. Había garabateado la dirección con lápiz.
- No sé si pueda ir. – le dije.
- Pero, ¿qué más tienes que hacer? – preguntó molesto.
- ¡Nada! Las cosas no andan muy bien en mi familia. – respondía desalentado, tratando de no recordar los malos momentos.
- ¡Pero, por qué no nadie quiere ir! – lanzó Vick al cielo, fastidiado.
- ¿A quién más invitaste?
- El estúpido de Oscar me dijo que no pensaba salir esta noche. – respondió arrugando la frente – Dice que no se siente bien, no sé qué más estupideces. ¡No tengo amigos cuando más los necesito!
Lancé un suspiro.
- De acuerdo. Iré contigo a esa estúpida fiesta. – le dije al fin.
Vick sonrió, como si estuviera esperando que esa fuera mi respuesta. Se despidió y se perdió entre la multitud.
Tal vez me iba a arrepentir por haber aceptado. Después de los sucesos de la anterior fiesta y sus malos resultados, no me habían quedado ganas de volver a salir en un siglo. Prefería quedarme en casa viendo los especiales de noche de brujas, en donde pasaban un centenar de clásicos del terror que ya no daban miedo. Me imaginé a mí mismo acostado en el sofá de la sala, solo, y con los ojos hinchados de sueño. Una triste imagen para un adolescente que está en su último año de colegio.
Esa tarde nos dejaron salir más temprano de lo usual para que las niñas se hicieran sus peinados en las peluquerías y los hombres simplemente disfrutaran de un par de horas más libres. Llegué a mi solitaria casa pasando directamente a mi cuarto. Lancé el bolso sobre la cama y dejé caer el peso de todo mi cuerpo sobre la silla de escritorio.
Encendí la pantalla del computador y revisé el correo. Como era una reliquia familiar que había sido de mi hermana, siempre lo dejaba prendido para evitar esperar siglos hasta que prendiera completamente.
Lo primero que hice fue borrar toda la basura: un par de cadenas, propagandas de revistar, un anuncio de universidades, etc. Seguí mirando y encontré un correo de mi mejor amigo Carlos. Sonreí y lo abrí emocionado.

Hola Daniel,

Cómo van las cosas por allá?! Espero que la esté pasando super en su último año en el colegio. Las cosas en Londres son geniales, aunque el frío de otoño es de terror. Ahora veo por qué mucha gente se suicida por esta época.
Ayer fui con mi familia adoptiva a el BIG LONDON EYE… fue maravilloso.
Lo extraño mucho, huevón. Me hubiera gustado estar con usted en este último año. Espero que cuando llegue no me ignore por estar en la universidad… Hehehehe.
Un abrazo,
-Charles!
Ps; Feliz día de Halloween! Me disfrazaré de Harry Potter!!!

Cerré el correo prometiendo que le respondería más tarde. Seguí mirando los siguientes y me encontré entonces con uno de Oscar de hacía dos días. Dudé unos momentos en abrirlo. Pero al final cedí y lo seleccioné.

Daniel,

Tenemos que hablar. No me sorprende tu manera de reaccionar, pero sí quiero aclararte algunas cosas.

Oscar

Fruncí el ceño y le di clic en eliminar. No quería saber nada de él. Seguí bajando y encontré otro correo suyo. Este era de hacía un par de horas. Igualmente, lo abrí.

Está bien. Entiendo que no quieras hablar conmigo. De cualquier forma, solo quiero que sepas, que todo lo que te dije era cierto y que me apena que lo malinterpretaras. Al fin de cuentas, eso me pasa por metido. Nos vemos…

Oscar


Sí, eso le pasaba por meterse en lo que no le importaba. Volví a eliminar el correo y cerré mi cuenta. No quería arruinarme la noche. Si había decidido salir tendría que dejar de pensar en cosas negativas y disfrutar al máximo.

Estaba entrando cerca del barrio que marcaba la dirección que tenía en mis manos. Había estado dando vueltas por más de media hora y no daba con el lugar. ¿Dónde era. En el infierno? En esos momentos sonó el celular. Rebusqué en los bolsillos de mi pantalón y lo saqué en una maniobra rápida por no desviar los ojos sobre el camino.
- ¿Aló?
- Hola – respondió una voz casi seductora al otro lado del teléfono -. ¡Qué bueno es escuchar tu voz!Como era de esperarse, me derretí al instante. La voz de Eduardo sonaba igual, o incluso mucha más seductora por teléfono.
- Lo mismo digo, Eduardo. – respondí.
- Me alegra que me extrañaras.
- No dije que te extrañé. – contradije.
- Pues, yo sí. – dijo. Una pausa se hizo y luego volvió a decir -. Quería que supieras que ya estoy en la ciudad de nuevo.- ¡Genial! – respondí emocionando.
- Sí. Pero estaba pensando que tal vez nos pudiéramos encontrar esta noche… ¿Qué planes tienes?
- Bueno, me estoy dirigiendo a una fiesta con Vick.
- ¿Una fiesta con Vick? Pero si Oscar no me dijo nada. – se escuchaba extrañado.
- Vick me dijo que él no iba a ir… - entonces me acordé de los planes de Katia y de que Oscar pensaba traicionarlo -. Hay algo que quiero contarte con respecto de Oscar…
- No quiero hablar de Oscar ahora… Quiero hablar de ti y contigo. Sí, contigo.
Podía sentir los pálpitos en los dedos contra el volante.
- ¿En dónde es la fiesta?Le dicté la dirección a lo que él respondió con una carcajada de alegría.
- No puede ser. ¡Vamos a la misma!
- ¿En serio? – pregunté sin dar crédito.
- Sí. Conozco a la misma persona que invitó a Vick. Ella y yo somos muy buenos amigos. Entonces, no pudo ser mejor. Nos encontramos allá, ¿te parece?
La noche no podía salir mejor. Era noche de brujas y Eduardo había regresado a la ciudad. Lo que es más, me había extrañado. Ya me estaba haciendo una idea de lo que tal vez pudiera pasar. Sería la conquista de mis sueños y pensamientos de estos últimos meses. ¡Eduardo y yo seriamos novios!
En una de las esquinas alejadas vi a un par de jóvenes charlando y con vasos en sus manos. Debía estar cerca el lugar. Giré por esa misma calle y me encontré que en un par de casas más arriba había un tumulto de adolescentes yendo y viniendo en el jardín de una casa. Aparqué el carro en frente, esta vez asegurándome de que no fuera ilegal, y caminé con paso algo inseguro por en medio de una docena de universitarios que hablaban con ese aire despreocupado y algo intelectual que les caracterizaba. Llevaban todos vasos en sus manos y unas máscaras de diferentes colores.
Cuando me acerqué a la puerta, una chica alta, bastante delgada, me asaltó por la espalda. Pegué un brinco tratando de controlar mi reacción.
- ¡Hola! – me saludó con energía. Sonreía de una manera extraña.
- Eh, hola.
- ¿Tú quién eres? – preguntó.
- Daniel,… amigo de Vick. – respondí sin dejar de mirar el extraño rostro de la chica.
Fue entonces cuando ella emitió una carcajada y estalló en risas.
- ¡Yo conozco a ese degenerado, sí! – dijo en medio de risas y agarrándose el estómago con fuerza.
- ¿Tú eres su amiga?
- Bueno, no, técnicamente. Pasamos una noche juntos. Ese muchacho sí que se sabe mover.
Quedé en silencio mientras la chica seguía con otro ataque de risa. Un olor de hierba quemada comenzó a venir del grupo de chicos que estaba en el jardín. Ahora, había sacado una especie de cigarro mal hecho y se lo pasaban uno a uno en una especie de círculo.
- ¡Chicos, no empiecen sin mí! – les gritó ella -. Mira, debo irme. Pero puedes pasar. La fiesta empezó hace siglos. Vick debe estar allá adentro. Toma – me alargó la mano y me entregó una máscara de diferentes colores -. La debes usar una vez estés dentro de la casa. Es un requisito.
La chica soltó otra carcajada y salió corriendo dando media vuelta con torpeza. Los demás la recibieron con aplausos y le ofrecieron un poco de marihuana, a lo que ella aceptó como si se tratara de un caramelo.
El ambiente adentro era casi el mismo que el de la fiesta del sábado; con la única diferencia de que todos eran estudiantes universitarios, y de que todos llevaban puesto máscaras de diferentes colores y tamaños. Me hacía sentir como en aquellas películas del renacimiento en donde el antifaz era un juego. La música a todo volumen, licor por todos lados y humo estancado en el techo del primer piso. No había pista de baile. Todo el mundo bailaba en donde le pareciera: sobre los muebles, en las escaleras, en las mesas para lámparas… No basta decir que la casa era un completo caos.
Caminé por en medio de un montón de chicos que llevaban camisetas del mismo estilo y pasé directo a la cocina. Un tremendo grupo se arremolinaba en el centro alimentando con barras y silbidos a dos chicas en ropa interior. Sus máscaras estaban adornadas del mismo color, con plumas saliéndole a los lados. Tenían el pelo alborotado y algo de lápiz labial corrido. Entonces, se lanzaron como dos fieras, se dieron un fuerte abrazo y concluyeron todo con un gran beso. De todas las personas que gritaban y silbaban de emoción, yo era el único impresionado con ese acto. Me acordé el baile de desnudo que había protagonizado Katia en la anterior fiesta. ¿Por qué cosas como esas pasaban en la cocina?
- Danny, llegaste – Vick salió de en medio del tumulto alborotado. Llevaba una máscara de color verde con negro. Su aliento apestaba a licor. Estaba bastante exaltado – Te acabas de perder las mejores lesbianas del campus.
- ¡Es una pena! – dije sin interés.
- Oye, ponte la máscara, es un requisito. – me regañó, cogiéndome del brazo y arrastrándome a la sala. –. Me alegra que hayas venido. No me dejaste plantado como el tonto de Oscar.
- ¡Sí, es un tonto! – respondí. Me coloqué el antifaz. Uno de color azul con rayas rojas.
Vick serpenteó por en medio de un grupo de tipos acuerpados y gruesos. Debían de ser jugadores de fútbol. Algunos de ellos gritaban, otros bailaban y los más deseados eran rodeados por bonitas chicas. Llegamos a uno de los rincones de la sala, en donde dos chicas hablaban en voz baja. Sus antifaces eran del mismo color. Rojo.
- Te presento a dos buenas amigas, Daniel. – señaló Vick a la primera, que por nombre tenía Rosalinda, y las segunda Milena.
- Mucho gusto. – contestaron las dos. El apretón de manos de Milena fue un más prolongado.
Comenzamos a hablar sobre la vida de la universidad. Las dos chicas estudiaban medicina e iban en cuarto semestre, al parecer. Se habían conocido el primer día de clases cuando Rosalinda encontró a Milena en el baño de las mujeres besándose con uno de los estudiantes más avanzados. Según ella, lo que más le llamó la atención de su amiga, era su liberalismo y feminismo. En mi opinión, no me resultaría bastante sorprendente si estas dos no se hubieran acostado ya.
Luego, pasamos a hablar sobre nuestras relaciones sentimentales. Cuando empezaba a explicar que acababa de terminar con mi novia, el bolsillo delantero de mi pantalón comenzó a vibrar.
Contesté el celular.
- ¿Aló? – grité lo más que pude y me concentré en el otro lado de la línea.
- Hola, ya llegué a la casa. ¿Dónde estás? – preguntó Eduardo.
- Estoy dentro con Vick y unas viejas. ¿Dónde estás tú? – pregunté emocionado.
- Estoy en el jardín trasero,… solo. ¿Vienes?
- ¡Claro, ya voy!
Dije que iba para el baño y me abrí paso entre los antifaces. Salí por la puerta trasera y allí lo vi, sentado en una de las sillas, solo, apartado del resto de gente que bailaba sobre la hierba y se la fumaba. Cuando me vio se levantó de su asiento y sonrió. No podía ser más perfecto. La noche era toda nuestra.
- Hola – le saludé.
- Me alegra verte. – me apretó con fuerza la mano. Nos quedamos así unos segundos. Escudriñando los pensamientos de cada uno con la mirada. Después, me invitó a que me sentara en otra silla-. ¿Cómo te ha ido?
- Bien. Esperando a que llamaras. – le dije. Ese comentario no había sido necesario.
- ¿Ah, sí? ¿Por qué?
Me quedé mudo por unos segundos. Luego dije:
- Porque dijiste que lo ibas a hacer, pero no te acordaste.
Él sonrió de nuevo y pasó una mano por su hermoso cabello. Volvimos a quedarnos con la mirada fija el uno en el otro. Sus ojos brillaban por la luz que salía de la casa. Y, ¿si nos dábamos nuestro primer beso en frente de toda la gente? ¿Este sería mi primer beso con un hombre? ¡No podía esperar más!
Eduardo carraspeó y revolvió el bolsillo de su pantalón. Sacó una especie cigarro mal hecho y lo prendió con un encendedor. De nuevo, el olor a hierba quemada salía de su boca.
- ¿Fumas eso? – pregunté.
- Sí. No tiene nada de malo. ¿Quieres? – alargó su mano.
Lo miré dudoso. Nunca en mi vida había cogido un cigarro; ahora mucho menos cogería un tajo de marihuana.
- No, gracias. –respondí medio sonriendo.
- Te lo pierdes.
Eduardo se encogió de hombros y le dio una larga calada. Mantuvo la respiración por unos segundos y después descargó todo el peso de sus pulmones sobre el aire.
- Daniel, tengo que decirte algo muy importante. – comenzó a decir.
- ¿De qué se trata? – seguía mirando como hacía pequeñas bolas de humo con su boca.
- No sé por dónde empezar. – dijo, parecía más pendiente de su cigarro que de otra cosa.
- Por el comienzo sería buena idea.
- ¡Ves! A eso es lo que me refiero. – dijo Eduardo inclinándose sobre la silla y dejando su cigarro a un lado.
- ¿Qué cosa? – pregunté, hipnotizado por sus ojos.
- Eres sencillamente… atractivo.
Sus palabras quedaron suspendidas en el aire. A-TRAC-TI-VO. Eso era lo que había dicho. De seguro nuestro primer beso iba a tener lugar aquí. Sentí cómo la sangre subió hasta mi cabeza y mis manos comenzaron a temblar.
- Por favor, no me lo tomes a mal. – dijo Eduardo con tono de preocupación, y colocó una mano sobre mi pierna -. Quiero ser sincero contigo. Siempre lo he sido.
Hubo un pequeño silencio. Era como si él esperara a que dijera algo, pero estaba completamente nervioso. Ni una sola palabra salía de mi boca. Viendo que no decía nada, Eduardo volvió a tomar la palabra.
- Es la primera vez que esto me pasa… tú me entiendes, que un hombre me guste. – dijo sin desviar su mirada un solo momento -. Pero no lo puedo esconder más – su mano apretó con fuerza mi pierna -. Me tienes loco, Daniel. No sabes las ganas que tengo de besarte.
- Hazlo. – murmuré.
Y el momento llegó. Los dos cerramos los ojos y nuestros rostros comenzaron a acercarse lentamente. No pensaba en nada ni en nadie. No me importaba que aquellos universitarios drogados estuvieran bailando con sus antifaces y con el licor hasta los pelos. Éramos sólo Eduardo y yo, a punto de darnos un beso. El beso que siempre había esperado y que sólo imaginaba en sueños. Su mano no se quedó quieta. Siguió subiendo por mi pierna mientras su respiración estaba más cerca, apunto de mezclarse con la mía… de mezclar sus labios junto con los míos…
Pero sucede que las cosas no siempre son como uno las espera. Y para mi completa desilusión, alguien nos interrumpió.
- ¡TODOS A DENTRO! – gritó la misma chica que me recibió en la entrada. Se asomó por la puerta y sacudía los brazos desesperadamente. - ¡VAMOS A COMERZAR EL JUEGO!
Saltando de susto, abrimos los ojos y nos apartamos lo más que pudimos. Eduardo dio un par de caladas a su cigarro de marihuana, mientras yo me retorcía de rabia por no haberle dado el beso. ¿CUÁNDO SERÍA EL DÍA? ¡CUÁNDO!
- Mejor entramos. – dijo Eduardo sonriendo. Acabó con lo último del cigarro y levantó un vaso lleno de licor que se acabó de un trago.
- ¡Hey, ustedes dos! – nos llamó la chica a gritos – Nada de caras destapadas.
Después de habernos puesto los antifaces, la chica nos dejó entrar. Eduardo llevaba uno de color morado con rayas negras a los lados. Se veía muy lindo. Todo lo que él se probase le quedaba fenomenal.
Entramos a la sala donde ahora la mayoría estaba prestando atención a un chico que se paraba sobre una mesa en frente de todos. Estaba bastante borracho porque a duras penas se podía sostener en pie. Trataba de llamar la atención de todos, pero le era imposible.
- ¡Escuchen! – su lengua se trababa un poco - ¡Qué se callen, hijos de perra!
Otro chico que estaba a su lado le alargó un micrófono.
- ¡Cállense, malparidos! – todo el mundo se llevó las manos a los oídos y se volvió a verlo. No podía ver quién era quién allí. Todo el mundo usaba los antifaces -. Gracias. Como siempre, toca es las malas, ¿no? En fin, ¡bienvenidos a la fiesta de Halloween de la universidad número uno del país!
Todos los chicos lanzaron gritos de júbilo. Otros comenzaron a tirar cerveza por todos lados, mientras que algunas mujeres luchaban por ensuciarse la camisa con algo del frío líquido.
- Como ya deben saber ustedes, vamos a dar comienzo a una serie de juegos que espero sean del agrado de todos. – continuó el chico de la mesa – El primer concurso que llevaremos a cabo se llama…- alguien puso unos tambores redoblando - ¡La Cerveza Vacía!
Todos volvieron a gritar. Eduardo ahora reía a carcajadas, sin poder controlarse. El par de chicas que se había besado en la cocina ahora entraron con cuatro jarrones grandes llenos de cerveza hasta el tope, como las típicas mujeres alemanas; con la única diferencia de que estas no tenían senos prominentes.
No tenía que ser universitario para entender de qué se trataba el juego. Llamarían a dos personas al frente y competirían para ver quién terminaba primero dos de los cuatro jarrones. Era así de sencillo. El chico de la mesa se aclaró la garganta, después de hacer un comentario a las dos lesbianas, y continuó su discurso.
- Tenemos en esta bolsa el nombre de todos los asistentes a la fiesta – levantó una bolsa de tela de color negro con una calavera pintada en el medio – Vamos a sacar el nombre de dos personas para que vengan y se tomen dos vasos de muy buena y refinada cerveza. Luego, tendrán que dar diez vueltas con los bates en sus frentes – señaló dos bates de béisbol sobre el suelo – y por último tendrán que correr hasta las escaleras, donde nuestras dos pequeñas amigas estarán esperándole. – señaló a las dos lesbianas que se manoseaban, mientras los chicos las chiflaban.
- ¿Cómo que van a escoger a los participantes? – le pregunté a Eduardo. Este me miró con la mirada perdida por unos segundos, luego arrugó la frente y soltó la risa. Estaba demasiado trabado.
El chico de la mesa revolvió la bolsa negra y extrajo dos papeles. Leyó en voz alta. Para mi fortuna, y la de Eduardo, (porque ahora estaba cuidando de él) no fueron nuestros nombres que los que fueron anunciados. Dos chicos con antifaces verde y azul salieron por en medio de todos y en direcciones diferentes y se pararon al lado de la mesa.
- A la cuenta de tres comienzan la carrera. ¡AH! Se me olvidaba mencionarles. El ganador podrá pasar una noche con una de las lesbianas…
- ¡Púdrete! – gritó una de ellas desde las escaleras.
Todo el mundo comenzó a reír y a abuchear.
- ¡Cómo sea, perra! – le contestó el chico de la mesa – Uno,… Dos,… ¡TRES!
Los dos chicos cogieron los jarros de cerveza y comenzaron a tomársela lo más rápido que pudían. Se estaban ahogando, tratando de no descansar, ni siquiera para tomar aire. Gritos, música a todo volumen y aplausos era lo único que rodeaba a esos dos. Después de terminar las cervezas, casi toda regada sobre sus ropas, corrieron a dar las diez vueltas con los bates. Después de unos segundos, salieron despedidos hacia las escaleras. No pudo haber espectáculo más divertido que ese. Los dos chicos no eran capaces de mantener el equilibrio mientras corrían con torpeza por en medio de quienes les daban paso. Uno de ellos salió disparado para la derecha, mientras su compañero fue a chocar directo al suelo. Eduardo no podía soportar la risa. Ahora, había sacado otro porro de esos y lo había encendido con el cigarro de un chico que estaba a su lado, con quien sostenía una amena conversación.
Cuando por fin lograron llegar a las escaleras, merados y golpeados, la casa estalló en gritos. El chico de la mesa se llevó el micrófono a los labios y dio un grito fuerte.
- ¡Se vale todo! – alzó las manos al cielo.
- ¡SÍÍÍÍÍ! – todo gritaron al unísimo.
Estaba confundido. No sabía a lo que se refería. Todo el mundo comenzó a moverse de manera descontrolada de un lado para otro. Parecía una de aquella corridas de toros en Pamplona, España, donde el toro se suelta en las calles cerradas y atisbadas de gente. Entonces, fue cuando una música electrónica retumbo con sus vibraciones por toda la sala y las de un momento a otro las luces se apagaron en su totalidad.
Todo quedó oscuro. No podía ver nada, pero sí podía escuchar cómo gritaban de alegría.
- ¡Eduardo! – grité.
Pero era en vano si intentaba buscarlo. Era imposible si quiera ver mi propia mano. Entonces, las luces volvieron a encenderse, pero la música y la adrenalina de los fiesteros no se esfumaron. Podía apostar que lo iban a hacer de nuevo.
Me puse en puntillas y miré al alrededor. No lograba ver rastro de Eduardo. No podía dejarlo solo. No en la condición en que se encontraba.
- ¡TODO SE VALE! – volvió a gritar el chico de la mesa.
Lo mismo sucedió. Las luces se apagaron y todos comenzaron a gritar. Mientras intentaba salir de aquel tumulto, pude sentir cómo me tocaban el trasero y mis partes delanteras un montón de veces. En un momento, alguien me arrastró por la camisa y me empujó hacia atrás. Estaba perdido, no veía nada y me sentía con algo de claustrofobia. Las luces volvieron a encenderse. Esta vez me quité el antifaz y me coloqué de puntillas, apoyándome en los hombros de alguien.
Entonces, pude ver el color morado con rayas negras de la máscara de Eduardo. Lo llamé a gritos pero él parecía perdido, desorientado. Debía ser los efectos de la marihuana, pensé.
- ¡Eduardo! – grité con más fuerza.
- ¡Póngase la máscara! – me señaló el chico de la mesa, y le siguieron todos en coro.
Eduardo volvió la mirada hacia donde todos abucheaban y al reconocerme levantó la mano. También le hice señales. Me coloqué la máscara para que me dejaran de señalar y comencé a de nuevo a abrirme paso.
- ¡Todo se vale!
La oscuridad de nuevo. Esta vez no me dejaría de nadie. Aunque no veía nada, empujé a todo aquel que se me interpusiera en el camino. ¡Qué más daba si no me veían! Por supuesto, sentía cómo unos se besaban con otros, llenos de excitación. La música retumbaba con muchas más fuerza, la podía sentir hasta en mis pulmones. Entonces, las luces volvieron a encenderse y me vi casi llegando hasta la pared donde había visto a Eduardo.
Me coloqué de puntillas por tercera vez, y miré a la misma dirección. No era tan alto para verlo por completo. Solo alcanzaba a verle el antifaz morado y cómo sacudía las manos en señal de que lo siguiera. Se dio media vuelta y salió por una puerta que estaba a su lado. Empujé a las últimas personas y pasé por la misma puerta.
Habíamos llegado a un pequeño cuarto desocupado. Eduardo estaba esperándome frente a la puerta, con el antifaz puesto. No pensé en otra cosa sino en aprovechar la oportunidad que me daba la vida. Lo que había esperado tanto tiempo con ansias lo veía resumido a aquel momento.
- ¡TODO SE VALE! – gritaron por cuarta vez, y las luces se fueron en un abrir y cerrar de ojos.
Oscuridad. Adrenalina. Pasión. Estupidez. Creo que fueron esas cuatro cosas las que crecieron dentro de mí al verme allí en frente del chico que me gustaba.
Y sin darme tiempo de quitarme la máscara, ni la de él, me lancé hacia adelante y lo cogí por los hombros. No me podía resistir un segundo más. Lo empujé contra una pared del cuarto y lo besé…
Al principio fue rápido. Se sentía algo forzado. Pero después de dos segundos, el beso fue saliendo más natural. Sentía un esquicito sabor en sus labios, en su aliento. Sus labios comenzaron a moverse lentamente sobre los míos, y nuestras lenguas jugaban a tocarse con ternura, algo tímidas. No pude abrazarlo. Estaba paralizado. Era mi primer beso con un hombre. ¡Y ME GUSTABA!
El momento pareció una eternidad. Y no quería que se acabara. Sentí cómo su mano tímida subía por mi cuello y acariciaba mi rostro. Mi piel se erizó. Era tierno. Una mezcla entre timidez apasionada y sentimientos encontrados. Y fuimos tomando mayor confianza hasta que nuestros labios fueron soltando las riendas de nuestra creciente pasión.
Todo se aplacó. La música, los gritos, el baile… Era como si un hechizo mágico hubiera caído sobre los dos. Como si el tiempo pasara fugazmente, y no nos preocupásemos de que nuestras vidas se fueran en el instante. Estábamos viviendo el presente, el ahora. Lo que teníamos al frente. Su mano era tan calidad, tan suave. Su aroma me era bastante familiar, al igual que el roce de su mano por mi cuello…
Después de unos segundos, que parecieron años maravillosos, nos separamos delicadamente aún percibiendo la respiración agitada del otro muy cerca. Levanté la mirada hacia la oscuridad y en ese momento las luces volvieron a iluminarlo todo.
Miré sus ojos a través del antifaz y un destello azul brillante me devolvía la mirada. Lentamente me bajé el antifaz y dejé mi rostro al descubierto. Me sentía muy feliz. Había sido el mejor beso en toda mi vida. Era el beso perfecto. Lentamente puse mi mano sobre su rostro y le retiré el antifaz…
Mi piel se erizó y la sonrisa de mi rostro se borró.
Oscar me devolvía la mirada sorprendido, también.

servido por lo-que-esperamos-de-la-vida sin comentarios compártelo

sin comentarios · Escribe aquí tu comentario

Escribe tu comentario


Sobre mí

Mi pseudónimo es Alfred Collins. Tengo 19 años. Vivo en la ciudad de Bucaramanga, Santander. Soy una persona bastante relajada. Me encanta vivir cada momento de la vida, conocer cosas nuevas y experimentar lo desconocido – por supuesto, con prudencia y recato. Me encanta leer, ir a cine y salir con mis amigos a un buen café. Me encanta conocer gente nueva que tenga algo interesante que contar. Realmente me disgusta la hipocresía y que hablen mal de las personas que quiero. Público esta historia –que no es un relato mío, sino un escrito hecho en primera persona- para tener algo en qué pensar. Llevo algún tiempo tratando de terminarla, pero la carga universitaria y las salidas sociales no me han dado lugar de hacerlo.

Últimos comentarios

Fotos

lo-que-esperamos-de-la-vida todavía no ha subido ninguna foto.

¡Anímale a hacerlo!

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera