Parte XIV
Javier entró corriendo por la puerta principal de su casa. Más debería llamarla la casa de sus padres, porque estaba decidido a no volver nunca más a ella. Como era de esperarse, se veía vacía. Su pequeño núcleo familiar era muy adinerado en comparación al del resto de la familia. Pero a pesar de tenerlo todo en la vida se sentía miserable, pobre, vacío.
La casa era un hermoso condominio que su padre había comprado después de que le nombraran presidente de la compañía en la que trabajaba. Era bastante espaciosa y tenía muchos empleados. Pero aún así se seguía sintiendo solo.
Al entrar al vestíbulo recordó un poco su infancia.
Todas aquellas personas que le rodeaban en el colegio. Aquellos supuestos amigos que comenzaron a tener interés en él, sólo por el dinero. Odiaba tener que vivir en medio de mentiras e hipocresías. Por eso sabía que no podría conseguir amigos verdaderos. Un motivo más para sentirse solo, ni siquiera dentro de su casa, sino también en el mundo exterior.
Recordaba cómo algunos de sus compañeros le envidiaban. Deseaban tener la vida de lujos de la que él era afortunado. Juguetes por todos lados, viajes por todo el mundo, y un sinnúmero de beneficios. Lo que no sabían era que Javier hubiese intercambiado su modo de vivir a cualquier valiente que se atreviera a soportarlo.
Pero no bastaba con sentirse solo. Cuando empezó a crecer y sus hormonas burbujeaban como tiburones, se dio cuenta de que era diferente. Tenía un gusto que le asustaba. El simple hecho de pensar en ello le producía escalofríos, y la aterradora imagen de su papá aparecía ante sus ojos.
Era homosexual. Había pasado mucho tiempo rebanándose los sesos para retirar esos pensamientos prohibidos. Muchas veces había tenido masturbaciones forzosas pensando en una mujer, en vez de dejar volar su imaginación con los gustos que tanto le fascinaban. O en otras lloraba acurrucado en su cama, mientras se maldecía a sí mismo por ser quién era.
El único consuelo que tenía en aquella casa era su mamá. Una mujer asustada por el hombre que la desposó. Aterrada por el hecho de no seguir los comandos de su marido y quien siempre caya antes de oponerse ante el villano. Una mujer dulce y cariñosa que no hizo más que protegerlo de las pesadas manos de su esposo cuando llegaba borracho en la noche, o quien enterraba malas acciones que su hijo cometía. Esa mujer que seguía aguantando cientos de infidelidades salpicadas en su cara y quien ahora cargaba una cruz de cuernos sobre su cuello. Esa mujer que lo cuidó cuando hervía en fiebre; jugaba al escondite en el patio trasero; o lo abrazaba hasta que se durmiera en las noches de tormenta.
Por ella daría hasta su propia vida.
Caminó con paso decisivo y subió al segundo piso.
Lo había pensado una y otra vez durante toda la semana. La última vez que se encontró con su papá había sido en el almuerzo familiar, en donde las cosas no salieron tan bien como se esperaban. Había pensado ponerse en contacto con él, pero la única respuesta que obtuvo fue desprecios y miles de insultos.
No podía seguir con esta situación. Estaba cansado de tener que humillarse ante los demás por culpa de aquel desgraciado. Era la hora de huir. De abrir las alas con prontitud y volar fuera de ese nido de serpientes.
Mientras cogía una maleta de ruedas, se dirigía al armario y comenzó a doblar la ropa dentro de ella. No era la primera vez que pensaba en huir de casa. La idea originalmente le había surgido una noche cuando su papá llegó tremendamente borracho y lo agarró a golpes porque no se quiso levantar a servirle algo. Estaba harto de tener que soportar aquellos abusos, maltratos físicos y verbales. Su papá tenía impuesto un régimen de terror en su propia familia.
Aún recordaba el estúpido plan de escape que él mismo a los ocho años había pensado poner en marcha. Pero algo lo hizo cambiar de parecer. Esa misma madrugada y después de que Edmundo se durmiera en el sillón, su madre le sanó las heridas de su espalda y piernas. Ella se mostraba tranquila, pero sus manos temblorosas la delataban. Vio por primera vez la realidad de la situación. De inmediato se dio cuenta de que sí se iba, ella quedaría sola aguantando los maltratos por su cuenta.
Javier abrió otro bolsillo de su maleta y metió lo que parecía ser documentos, pasaportes y algunas visas. También sacó del borde de su cómoda un pequeño sobre de manila con un bulto de dinero dentro.
En repetidas ocasiones, Javier había intentado persuadir a su mamá para escaparse de la casa. También le propuso que se divorciara. Pero la respuesta siempre era la misma: Silencio.
Muy pocas veces la había visto reír con gracia. Se había entregado a los brazos de un hombre que dijo amarla, pero resultó ser todo lo contrario. Era la esclava de su marido. Edmundo sola la utilizaba como un muñeco de trapo para exhibirla en eventos de empresarios con sus familias.
Javier preparaba unas últimas cosas para meter en su maleta, cuando debajo de una de las sábanas encontró una fotografía suya con su madre. Los dos estaban sentados en un columpio de árbol. Javier no pasaba de los diez años. Los dos reían ante la cámara, Javier sentado en el regazo de su madre.
La miró por unos segundos. Unas cuantas lágrimas asomaron a sus ojos grises y rodaron por su pareja barba. La besó con cariño y la metió en el bolsillo de su saco.
Le dolía lo que iba a hacer. Iba a dejarla sola en la casa. Tendría que lidiar ella sola con los abusos, gritos, maltratos de Edmundo. Pero no tenía otra alternativa. Javier estaba decidido a salir de allí y reorganizar su vida, lejos de los malos recuerdos del pasado. En cuanto a su mamá, tenía confianza de que al ver que su hijo se fuera cansado de toda esa vida, tal vez ella tomaría la decisión de largarse.
Bajó la maleta al vestíbulo y luego se volvió para ver la casa de nuevo. Ahora lo único que faltaba era encontrar a su mamá y despedirse de ella. De camino a la cocina se encontró con una mujer de baja estatura y algo rechoncha. Tenía algunas canas en su pelo negro y largo, y llevaba un traje negro muy limpio. Era la empleada de la casa.
- Joven Javier, que alegría es tenerlo de regreso. – dijo abriendo los ojos al verlo. Su respuesta era sincera.
- Gracias, Sonia. Estoy buscando a mi mamá, ¿la ha visto?
Sonia se acomodó el vestido y aclaró su garganta. Su cara mostraba desilusión y tristeza.
- Doña Marta está en el cuarto, joven… ¿Quiere que le preparo algo de comer?
- ¿Lo volvió a hacer? – preguntó Javier furioso.
Ella se quedó mirándolo, nerviosa. Javier conocía esa mirada. Era la misma que ponía cuando Edmundo golpeaba a Marta.
- ¡Conteste! – insistió.
- Nadie vio nada, joven. El señor Edmundo dijo que se cayó por las escaleras…
- ¡Que ni crea que me como ese cuento! – Javier lanzó un puño y lo asestó en la pared que tenía al lado.
Javier corrió escaleras arriba de nuevo y entró en el cuarto de sus padres. Allí estaba Marta, sentada en un pequeño sillón puesto al lado de la ventana. Tenía puesta la ropa de dormir, y llevaba el pelo suelto y bien peinado. Sus ojos miraban por fuera de la ventana. En su rostro tenía un pequeño morado producto de la mano de Edmundo. Siguió examinándola y Javier encontró que su brazo izquierdo estaba envuelto en vendas.
La mujer se volvió asustada hacia la puerta y su semblante cambió al ver que era su hijo que se paraba ante ella. Los dos se abrazaron y se llenaron en lágrimas. Ella por el regreso de Javier. Él por la desdichada de su madre. Permanecieron así durante uno o dos minutos. A quién le importaba. Javier no quería soltarse nunca.
- ¡Ven conmigo, mamá! – le dijo en medio del sollozo.
- No puedo, hijo. – respondió Marta abrazándolo con más fuerza – No puedo.
- ¡Claro que puedes! No tienes por qué seguir aguantando semejante humillación ¡Mírate! – Javier la miró a los ojos y la tomó por las manos.
- Pero yo lo amo, Javier…
- Sabes una cosa… ¡El amor también se acaba! – le dijo Javier serio. Hizo una pausa. Ella lo miró confundida. – Me voy a ir de la casa. No pienso volver nunca más. Te voy a estar llamando y nos podemos ver. – Marta no pudo evitar dejar salir un llanto - ¡No te preocupes!, voy a estar bien. Pero antes de irme quiero que sepas una cosa: Si algún día decides largarte, tienes todo mi apoyo y mis brazos siempre estarán abierto para recibirte. ¡Hazlo por ti!... ¡Hazlo por mí!
Marta negaba con la cabeza. Los dos se volvieron a abrazar y Javier se despidió con un beso en la mejilla y un te quiero. Salió del cuarto y caminó hasta las escaleras. Su mamá lo siguió por detrás, con una mano en el pecho y la otra sobre su boca. No daba crédito a lo que su hijo le dijo. Lo estaba viendo partir más pronto de lo que esperaba. Sería lo mejor para él, para su futuro.
- ¡Con que el muchachito se digno a regresar! – una voz gruesa subió por las escaleras.
Los dos quedaron paralizados. Javier no pudo mover ni un solo centímetro más. Junto a la maleta que acababa de bajar, Edmundo estaba parado con la cabeza levantada y con expresión de seriedad. Los dos se miraron por unos cuantos segundos. Javier con cara de odio. Edmundo con ojos de satisfacción de ver que su hijo regresaba con el rabo entre las piernas.
- ¿Cómo le fue al defensor de los maricones? – Edmundo preguntó burlonamente - ¿No le ayudaron?
- Javier, vete. – le dijo su mamá por lo bajo, con voz temblorosa.
- No estoy aquí ni para quedarme, - dijo con fuerza Javier. Comenzó a bajar por las escaleras. – Ni para hablar estupideces con usted. Me voy a ir de la casa. Se lo dije, señor, muchas cosas van a cambiar de ahora en adelante.
Javier llevaba mucho del físico de su padre. Al quedar frente a frente, era como si hubiesen puesto a Edmundo delante de un espejo que le redujera los años.
Edmundo comenzó a ponerse rojo ante las declaraciones de su hijo y dibujó una sonrisa maquiavélica.
- ¿Con cuántos maricas se tuvo que acostar para conseguir plata? – preguntó con desprecio.
- No fueron muchos. – Javier respondió sin mutar la expresión de desafío en su rostro -. En realidad fue uno. Sucede que mi novio me ayudó en todo.
Sus palabras quedaron suspendidas en el aire. Marta ya había bajado las escaleras y se paraba en el borde del primer escalón llena de susto ante lo que pudiera venir después. Lo único que podía decir era Javier, vete ya, en voz baja y apagada.
La cara de Edmundo se congeló. Parecía no dar crédito a las palabras de su hijo. Javier aprovechó el momento, agarró la maleta y pasó por el lado de su padre.
- Adiós. – le dijo. Estaba a punto de abrir la puerta cuando la voz de Edmundo lo interrumpió.
- Usted no va a ningún lado, jovencito. – le dijo. Su voz sonaba como distante.
- Lo siento. Ya llamé a un taxi.
- ¡DIJE… QUE USTED… NO VA A NINGÚN LADO! – estaba vez un gritó salió de su boca.
Javier se dio media vuelta y se le quedó mirando. No podía negar que estaba un poco nervioso y las rodillas no le paraban de temblar. Pero por otro lado, estaba decidido a no cometer el mismo error de siempre: someterse a yugo de su opresor.
- ¡Edmundo, por favor, cálmate! – le decía su mamá.
- ¡CÁLLATE! – le gritó. Luego se dirigió a Javier – ¡USTED, JOVENCITO, QUÉ ES ESA FORMA DE CONTESTARME!
- Y, ¿qué quiere? ¿Que le celebre la fiesta y nos pongamos todos contentos? No, señor. Me largo de esta casa.
- ¡Javier, vete ya! – continuaba diciendo su mamá.
- ¡QUÉ SE CAYE, HE DICHO!...- exclamó Edmundo colérico. - Por favor, mírese, usted es un pobre diablo, idiota. Usted no tiene para donde ir. Sin mí quién sabe en qué antro se meterá…
- ¿Acaso fue que no escuchó bien? – Javier comenzó a levantar la voz – ME VOY PARA DONDE MI NOVIO… SÍ, PAPÁ, SOY GAY, MARICÓN, HOMOSEXUAL… COMO LO QUIERA LLAMAR. ME LARGO. ADIÓS.
La cara de Edmundo se enrojeció como un tomate. La vena de la cien se le pronunció exageradamente, y se podía ver cómo le brotaba el pulso. Empuñó lentamente las manos y dijo con voz temblorosa.
- Nadie… sale de esta casa… ¿Me escuchó, pedazo de imbécil? ¡NADIE!
Javier volvió solo su mirada esta vez. Sus ojos brillaron de triunfo. Esperó unos cuantos segundos para que la rabia de su papá creciera y después dijo:
- ¡Oblígueme! – y con estas palabras, Javier se abrió paso por la puerta y salió a la calzada.
Lo que pasó a continuación fue cuestión de unos segundos.
Edmundo salió corriendo detrás de su hijo y lo alcanzó a medio camino de la calzada. Lo agarró por el cuello, lo empujó hacia atrás y le asestó un fuerte puño en toda la cara.
Javier cayó de bruces, tumbando la maleta al suelo. El hombre enfurecido cogió a Javier sobre el suelo, lo levantó de nuevo con otro tirón de su camisa y alzó la mano para asestarle otro puño. Pero estaba vez Javier lo respondió. Alzó su mano y le propinó un derechazo fuerte en el pecho.
El hombre cayó arrodillado, casi sin aire, mientras Javier se arrastraba con la cara ensangrentada. Pero Edmundo no se daba por vencido. Cogió a Javier por la bota del pantalón y lo arrastró con fuerza. Se montó sobre él y comenzó a propinarle varios golpes en la espalda. Javier gritó de dolor. ¡Estaba matándolo!
Después de dos segundos, comenzaba a faltarle el aire y estaba empezando a perder la consciencia. Fue entonces cuando los golpes cesaron y el peso del cuerpo de Edmundo desapareció. Se dio media vuelta con torpeza y allí los vio tumbados en el suelo.
Marta había saltado sobre su marido y ahora le daba cachetadas con la mano derecha, la que no tenía envuelta en vendas. Gritaba desesperada, como una loca, mientras sus lágrimas se confundían con el sudor de su frente.
Edmundo estaba un poco confundido al principio, pero después reaccionó y le agarró de la mano con fuerza. La mujer ahogó un chillido de dolor. Edmundo comenzaba a torcerle el brazo hacia un lado. ¡Se lo iba a partir!
- ¡NO SE ATREVA! – gritó Javier. Podía sentir el sabor a sangre.
Se levantó reuniendo energías de donde no las tenía y trató de correr hasta ellos. ¡Cómo le dolía la espalda! Su padre empujó a Marta hacia el suelo y le dio una cacheta, dejándola inconsciente.
El hombre se levantó, se limpió la sangre de su nariz rota y volvió a coger a Javier por el cuello de la camisa. Lo alzó lo suficiente para verlo directo a los ojos. Javier sintió su agitada respiración.
- ¡Ningún… NINGÚN hijo mío es marica! – dijo entrecortadamente.
- Entonces… - tragó sangre – Entonces, no soy su hijo.
Edmundo abrió los ojos llenos de rabia. Levantó la mano por encima del hombro y volvió a pegarle. Javier cayó al suelo agotado. La cabeza le dolía como si cien puntillas le penetraran de adentro hacia fuera. Escupió una bocanada de sangre al suelo. Perdía el conocimiento. Solo esperaba a que su padre lo levantara de nuevo y le diera otra tunda.
Pero no fue así. Escuchó sus pasos desaparecer en el otro lado de la calzada. Luego, el motor de un carro se encendió y las luces de este iluminaron el suelo. Podía escuchar el grito de los grillos al cantarle a la noche. Este sería el fin, pensaba. Edmundo le pasaría el carro por encima.
No podía ponerse en pie. La espalda lo estaba matando, no tenía suficiente aire en los pulmones y su cabeza le daba vueltas. Simplemente cerró los ojos y esperó a que el auto lo matara.


angelit bb dijo
me paerece muy bien ke cuente el origen de la historia de javier aunke un tanto amarillista demasiado dolor en este texto ...lo que me parece refiere al origen de la orientacion sexual de javier....
6 Noviembre 2008 | 02:55 AM