Después de haber limpiado algunos pasillos y ordenado los pupitres de los salones del primer piso, llegué exhausto a casa y sin ánimos de atender a mis deberes. Por supuesto, la cena ya estaba servida, pero seguí derecho a mi cuarto, apenas saludando, para evitar empezar una nueva discusión con mi mamá.
Dejé caer todo el peso de mi cuerpo sobre la silla del escritorio. Una pequeña mesa algo desgastada por los años y tal vez por el agua que derramaba sin darme cuenta. Una gran pila de papeles, libros, vasos con bebidas a medio terminar y paquetes de papas que comía cuando me quedaba tarde en la noche estudiando, era lo que se podía ver. Además del enorme y viejo computador que había heredado de mi hermana.
Pasé una mano por mi cara y lancé un profundo suspiro que creo duró más de lo esperado. La única palabra que cruzaba por mi mente era el mismo nombre de aquel muchacho de ojos azules. Su nombre daba vueltas una y otra vez, como paseando en círculos por mi cabeza, incapaz de salir de la misma monotonía.
Oscar…una vuelta más,… Oscar… otra vuelta,… Oscar… de nuevo en el mismo punto, creo que se sentía en la parte frontal de mi cerebro,… Oscar… ¡Oscar!
Me levanté de un salto y caminé con lentitud al enorme espejo de pared. Pasé la mano por mi frente, temiendo que el nombre fuera a quedar impreso de tanto pensar en él. ¿Qué diablos me pasaba? No podía dejar de sentirme mal el saber que no se sentía bien. Volví a tomar asiento. Era normal que estuviera preocupado por su salud. Después de todo ahora éramos amigos. Sin embargo, me estaba sobrepasando.
Presioné una mano sobre mi pecho. Una pequeña ansiedad comenzó a crecer en mí. Volví a levantarme de un salto, casi tumbando la silla, y mis pies caminaron de arriba hacia abajo, por el ancho cuarto, tratando de disminuir aquella sensación.
Oscar… su nombre seguía metido allí.
Sacudí mi cabeza y traté de pensar en Eduardo, el chico que verdaderamente me gustaba. Él era perfecto y sabía, aún teniendo los ojos cerrados, que estaba muy interesado en mí. No podía estar pensando en Oscar en estos momentos. Y menos cuando los dos, me refiero a Eduardo y Oscar, eran los mejores amigos en el mundo.
¿Qué le habrá pasado?, pensé después de unos segundos. Había estado de muy buen ánimo y sin señales de enfermedad mucho antes de que Eduardo apareciera. Su sonrisa apareció ante mis ojos. Aquellos labios delgados y sus dientes un poco desordenados la hacían ver como la más linda de las sonrisas…
¡Enfócate, Daniel!, me dije a mí mismo.
Tal vez debería llamarlo. Simplemente para comprobar que estaba bien. Que nada malo estaba pasándole y que iría mañana al colegio. Un día de estudio sin él podría convertirse en una pesadilla de aburrimiento.
- Sí, eso es. Estoy preocupado porque la única escapatoria del tedio diario en el colegio es Oscar, con sus comentarios divertidos. – traté de convencerme.
Agarré el teléfono sin pensarlo dos veces y marqué los números en un solo acierto. El tono demoró unos cuantos segundos, y después el timbre viajó por mis oídos.
- ¿Aló? – contestó una voz al otro lado del auricular.
- Bue… buenas tardes, - no sabía qué decir -, estoy buscando a Oscar.
- ¿A quién?
Medité por unos segundos.
- Oscar Centeno…
- Muchacho, está equivocado. Esta es la familia Mejía…
Tiré el auricular con rapidez. Me quedé mirando el aparato con ojos fijos y llenos de sorpresa. No había marcado el número de la casa de Oscar, sino los de Eduardo.
¡En qué estoy pensando! Cerré los ojos con fuerza y me tiré en la cama, con la cabeza presionada a la almohada y ahogando un fuerte grito de desesperación. ¿Qué me está pasando?
No bastaba el hecho de que tratara de aceptar mi cambio de sexualidad, sino que ahora estaba queriendo a cuanto hombre se cruzaba o relacionaba en mi vida social. Era sencillamente estúpido. Algo que no tenía ningún fundamento lógico. No podía estar sintiendo algo por Oscar. Apenas lo conocía. Eduardo había tardado algún tiempo para que me diera cuenta que verdaderamente me atraía, como para que ahora viniera este chico (apuesto, eso no lo podía negar), y su nombre estuviera estancado en mi cabeza y mi pecho me impulsara a acciones como llamarlo a la casa sin motivo alguno.
- ¿Estás bien ahí adentro? – preguntó la voz de mi papá desde la entrada.
- Perfectamente. – contesté. No había sonado muy convincente.
- ¿No quieres bajar a comer?- No, no tengo hambre. Estoy ocupado en este trabajo de Literatura.
- Dile que tiene al menos que tratar de comer algo. – era la voz de mi mamá.
- Ya dijo que no tenía hambre…- parecían no darse cuenta que no estaban hablando en voz lo suficientemente baja como para que no los escuchara.
- ¡Díselo!
- Tú mamá dice que aún así tienes que comer algo… ¡Oye! ¿Por qué me pegas?
- ¡No sabes dar una razón!... – dijo furiosa – Hijo, si quieres puedes venir abajo y comer algo. Era la típica reacción de los padres cuando uno de sus hijos están metidos en problemas, llega del colegio, y lo único que hacen es encerrarse en el cuarto, como queriendo decir que están deprimidos y que se sienten culpables. Sonreí. No me sentía culpable por lo que había hecho y por el castigo ganado. Mis problemas sentimentales sí eran un tema por el cual querer estar a solas unos instantes.
- Te prometo que bajaré a comer algo más tarde, cuando tenga hambre. Ahora estoy ocupado.
Ninguno de los dos hablaron después de unos contados segundos.
- Dejémoslo solo, Brenda. Él estará bien.
- Esta mañana lo regañé muy fuerte. Debe sentirse horrible…Que te rinda con el trabajo, Daniel – alzó la voz despidiéndose, y acto seguido sus pasos se escucharon bajando las escaleras.
Esa noche no dormí muy bien. La mayor parte del tiempo me la pasé dando vueltas por la cama y sudando como un deportista. Mi cuerpo estaba sobre llamas y mis pensamientos parecían gritarme con fuerza. Traté un par de veces dejar de pensar, pero fue imposible. El nombre de Oscar aparecía una y otra vez; en el mismo círculo.
Unas semanas antes había leído un artículo en la sección de ciencia en el periódico en donde explicaban sencillos pasos para la auto hipnotización. Era el momento perfecto para ponerlos en práctica. Según el artículo debíamos fijar nuestra mirada a un objeto no muy lejos de dos metros y estático. Luego, relajar nuestro cuerpo y mantener una respiración constante y calmada. El siguiente paso era repetir una frase, como: me quedaré dormido cuando cuente hasta diez, o mis ojos pesarán cada vez más y mi cuerpo se relajará. Esto al mismo tiempo que se sostenía la mirada en el objeto. El conteo comenzaba a tener éxito, mis ojos estaban pesándome y mi cuerpo se sentía relajado. Pero para cuando llegué al número seis, la frase repetitiva se vio interrumpida por el nombre de Eduardo, y el efecto de hipnosis se perdió efecto.
El sol se asomó por la ventana y sus rayos entraron sin permiso alguno para iluminar el desorden de papeles, ropa y zapatos, e innumerables libros regados por el suelo.
El reflejo que me devolvía la mirada en el espejo era el de una persona que no ha dormido en siglos, sin mencionar el desastroso morado que no parecía curarse. Ninguno de mis papás mencionó nada del incidente en el colegio y el desayuno estuvo lleno de un silencio ensordecedor. Me había esperado una charla familiar, con mi papá a la cabeza de la mesa y mi mamá posando tiernamente a su lado, simulando una de esas jóvenes mujeres que promocionan objetos costosos e inservibles por televisión. Hasta había preparado un pequeño discurso de disculpa por mi extraño comportamiento en los últimos días. La escena se asemejó a la de un funeral. Solo se escuchaba el repicar de los cubiertos al chocar en los platos.
De esa misma manera fue todo el trayecto hasta la entrada del colegio. Estuve muy cerca de preguntar qué era lo que sucedía, pero me vi interrumpido por el beso de despedida de mi mamá.
- Que te vaya bien, mi amor.
La decoración del colegio seguía teniendo el mismo colorido y aire a la víspera de la fiesta de Halloween. La excitación entre los estudiantes rondaba las sonrientes caras en el inmenso pasillo. Todos irían menos yo. Era mi último año y me lo perdería todo.
Bajé mi mirada y caminé por en medio de todos casi arrastrando los pies.
- ¡Pero cambia esa cara! – la voz de Vick apareció en frente.
- Es la única que tengo – saludé.
Él se me quedó viendo extrañado.
- ¿Qué te pasó en la cara? Tienes un morado enorme.
- Ha, Ha. Muy gracioso. – dije -. ¿Has sabido de Oscar?
- Sí. El muy bastardo se digno a venir al colegio de nuevo. Se fue directo al salón de su próxima clase. Me dijo que no se sentía muy bien ayer y que por eso sus papás lo vinieron a recoger. – parecía burlarse de sus propias palabras -. Para mí que le dio miedo limpiar baños.
- ¿No te dijo qué tenía?
- Hummm, - pensó por unos segundos -, mencionó algo sobre fiebre y dolor de cabeza.
- ¿Crees que estará bien? – mi preocupación aumentó.
- Sí, sí, sí, - agitó de nuevo la mano esta vez para borrar mi pregunta -. Lo que pasa es que al pobre le da muy duro.
- ¿Qué?
- Eso de la menstruación, tú sabes – respondió y soltó su particular risa fuerte -. Pero eso no era lo que quería hablar contigo. Tengo que contarte algo.
Alcé mi mirada y dudé por unos segundos. Él pareció darse cuenta de mi reacción y sacudió su mano de nuevo en un acto para tranquilizarme.
- ¡Fresco! – dijo – Te prometo que en esta no hay más problemas con profesores ni trigonométricos. – sonrió.
Caminos unos cuantos metros más antes de doblar a otro pasillo, dirigiéndonos a los salones de química, donde compartíamos la misma clase.
- ¿Qué planes tienes para el viernes en la noche? – preguntó -, y no me digas que te pondrás a ver películas de terror.
- ¡Qué elección tengo! – contesté -. Después de que me vetaron la entrada a la fiesta del viernes, no me queda otra opción.
- ¡Aburridoooooooo! – dijo simulando un bostezo -. Te tengo el plan perfecto. - Su cara mostraba emoción. Los ojos le brillaron debido a la luz de un par de lámparas encima de nosotros y su rostro dibujó una sonrisa pícara -. Una de mis amigas que se graduó el año pasado va a dar una fiesta en su nuevo apartamento ¡Me dijo que estaba invitado y que podía llevar a quien quisiera!
- ¡Pretendes ir a una fiesta de universitarios! – dije sin rastro de emoción.
- Pretendemos, querrás decir – luego agregó -. ¡No te parece emocionante!
- No lo sé, Vick. Después de esa metida de pata del Lunes, no creo que mis papás me den el permiso…
- ¡Daniel, no seas fastidioso! – me cortó -. Es nuestro último año en el colegio. Nuestro deber es disfrutar de los años maravillosos – mientras decía esto, comenzó a alzar las manos al cielo.
- Y, para celebrarlos, nos vamos a meter a una fiesta de universitarios.
- ¡Qué más podemos hacer! – exclamó encogiéndose de hombros -. No es mi culpa que no podamos ir a la fiesta de Halloween del colegio.
Lo miré de reojo, furioso.
- ¿Qué? – exclamó caminando detrás de mí - ¿qué fue lo que dije?
La clases de la mañana pasaron en un abrir y cerrar de ojos. Tuve uno que otro problema en química y biología gracias a que no hice mis deberes la noche pasado. Vick no desaprovechaba cuando el profesor se daba la vuelta para entablar conversación y explicarme las cosas que tenía planeadas hacer en la fiesta del viernes, donde su amiga universitaria. Afortunadamente, me pude deshacer de él en matemáticas, cuando la profesora lo cambió de puesto y mandó a sentar a Jonathan, chico con el labio prominente, ojos saltones y pelo aplastado, perteneciente al Doble C.
- ¡Hola! – saludé.
Hizo un movimiento de cabeza y bajó la mirada al pupitre. No se veía muy bien. Su piel estaba muy pálida y su mirada mostraba distracción. No me pregunté cuál sería el motivo de su estado. En la fiesta del sábado, antes de que llegaran los policías, Katia le había rasgado el vestido de su novia, Aura, y dejó al descubierto ante cientos de ojos que ella tenía un defecto en sus senos.
Pensándolo mejor, la tonta de Aura se lo merecía por tratar de engañar a Jonathan y hacerle creer que estaba enamorada de él, cuando en la fiesta estaba detrás de Eduardo como uno de las tantas perras hambrientas.
- Todos saquen el libro y ábranlo en la página 104…
La clase fue una de las más rápidas. Después de haber estado pensando en Oscar todo el tiempo, mi mente por fin tuvo algo de respiro cuando nos sumergimos en unos ejercicios de cálculo avanzado. No es que fuera me fuera bastante bien con los números, pero al menos sobresalía.
Para cuando la clase terminó me sentí algo aliviado. Me había tomado más del tiempo esperado en realizar un largo ejercicio, que al final, como todo ejercicio de cálculo, la respuesta venía siendo: cero. Volví mi mirada a Jonathan, para romper el hielo y comentar sobre la clase, pero ya no estaba. Fue el primero en salir con paso apresurado por en medio de algunos alumnos que se arremolinaban en la entrada.
Me encogí de hombros y metí los libros devuelta en mi mochila. Pero cuando me disponía a salir, mis ojos captaron un objeto sobre el pupitre de Jonathan. Era la figura redonda de un CD dentro de su empaque.
- ¡Jonathan! – lo llamé, pero la bulla de los alborotados y hambrientos alumnos apagaron mi grito.
Lo levanté y leí las palabras que tenía escritas en él.
¡Importante, Doble C!
- Entonces, ¿listo para la fiesta?
- Dije que lo iba a pensar, Vick. – contesté sin quitarle la mirada al CD.
- Para mí eso es un sí… ¿Qué tienes en la mano? – preguntó Vick mirando por encima de mi hombro.
- Es de Jonathan. Lo acaba de dejar en la mesa.
- El imbécil ese. No me extraña. Ni cerebro tiene.
- ¡Disculpen!, ¡permiso!
La voz de Jonathan salió por en medio de los pocos estudiantes que aún hablaban alistando sus cosas y metiendo a empujones los cuadernos y libros en las maletas. Estaba sudando y algo fatigado, como si hubiese corrido todo el camino desde los comedores hasta el salón. Su cara estaba aún más pálida que antes.
- ¡Daniel! – exclamó. Empujó a una estudiante que no se movía de su camino y llegó tomando una gran bocanada de aire.
- Creo que olvidaste esto. – le dije alargando la mano y entregando el CD.
- ¡Gracias, hermano! – respondió -. Te debo una.
Alzó una mirada de odio a Vick y luego se despidió, saliendo del salón con paso apresurado. Vick y yo hicimos un comentario de burla y nos dirigimos fuera de los pasillos, en la misma banca en medio del patio donde se había convertido en nuestro pequeño santuario. Vick comenzaba hablar sobre su experiencia en el sexo oral y ahora trataba de darme un discurso como si hiciera una breve explicación sobre las diferencias y similitudes con la masturbación en sí. No era mi intensión ser grosero con mi nuevo amigo, así que simulé prestarle atención; asintiendo mi cabeza cuando él lo esperaba o diciendo uno que otro ¿En serio? O tal vez un Tienes razón, o la preferida de él: Eso no lo sabía. Mi pierna estaba sacudiéndose de arriba abajo impaciente por ver a Oscar. Estaba esperanzado en que lo vería en la hora del descanso, pero ya habían pasado diez largos minutos y no mostraba señales de andar por ahí. Necesitaba ver su sonrisa, esos ojos azules oscuros que en cierto sentido me intimidaban y aquellos comentarios tan oportunos y algo graciosos que siempre me arreglaban el día. Había llegado a la conclusión el otro día, de que cuando estaba cerca a él, mi vida dejaba de ser un solo desorden.
- Tengo que ir al baño. – dije levantándome de la banca y caminando hacia los pasillos.
- ¡No te demores! – me gritó Vick antes de que desapareciera por la puerta -. Tienes que saber en qué termina la historia con aquella chica.
Tenía que verlo. No resistía las ganas de comprobar con mis propios ojos que estaba bien, de preguntarle qué había sucedido el día anterior. Después de todo era mi nuevo amigo. Y los buenos amigos se preocupan entre sí y se cuidan la espalda, ¿no es así?
Pasé por en medio de una pareja que se comían a besos, y doblé la primera esquina que encontré. No sabía a dónde me dirigía, pero necesitaba caminar y dejar salir aquella ansiedad guardada en mi pecho. Cogí las escaleras a mi izquierda y subí en pares. Mi corazón bombeaba sangre con urgencia. Como si supiera que me faltara oxigeno en la cabeza. Llegué al segundo piso. Me encontré a mí mismo en un pasillo casi desierto, con las luces apagadas. Después de mirar a los dos lados me di cuenta que estaba haciendo algo estúpido. ¿Qué estaba haciendo acá? Sacudí mi cabeza y tomé de nuevo la izquierda, apresurando el paso hacia los baños.
Un pequeño sonido que se expandió por las paredes del desolado pasillo me hizo saltar del susto. Miré a mí alrededor, alerta, como en aquellas películas de terror. Me detuve en seco y esperé. Entonces allí estaba de nuevo. Era como el ruido que hace una puerta al cerrarse con fuerza. Y luego llegó a mis oídos el mismo ruido que una persona hace al estornudar.
Lancé mi mirada al frente y me di cuenta que una figura de estatura mediana, pelo largo y enredado, recogido con una moña, y una falda a cuadros que le llegaban a las rodillas, salía del baño de las mujeres.
Mis ojos se abrieron de par en par y mi primera reacción fue tirarme hacia una de las puertas de los salones. Por suerte, no estaba con llave. Entré percatándome primero que estuviera vacío y después la cerré con cautela para no llamar la atención de aquella niña.
Porque no tenía que haberme quedado más tiempo analizando aquel cuerpo extraño para darme cuenta que era Laura, la horrible niña de noveno que el mismo día de la fiesta declaró su profundo amor hacia mí, al mismo instante que me agarraba por la cintura y me empujaba a la pista de baile. Aún tengo en la memoria su cara llena de barros y esos dientes llenos de alambres con rastros incrustados de comida.
Después de sacudir mi cuerpo de asco, asomé mis ojos por el cristal de la puerta, tratando de no ser visto. Aún podía escuchar cómo estornudaba con fuerza. Esperé a que pasara. Cuando estuvo enfrente pude ver que estaba siendo víctima de aquella epidemia de gripa que estaba pegando fuerte en la ciudad. O a menos fue lo que alcancé a ver por su nariz roja y rostro casi sin color alguno.
Laura se detuvo tomando aire y cerrando los ojos como si intentara recordar algo, pero después de unos segundos salieron con fuerza miles de pequeñas gotas de babas por su boca y nariz. Se limpio con lo que parecía ser un pañuelo bastante húmedo y miró al frente tratando de dibujar una sonrisa.
- Hola, chicas. – parecía como si hablara por la nariz.
Sin esperármelo, dos chicas aparecieron en frente de la ventana, muy cerca de la puerta, y miraban a la pobre Laura con cara de fastidio y asco.
- ¡Aléjate de mí, niña! – le dijo Katia mostrándole una mano – No quiero que se me prenda.
Laura bajó su cabeza, la escondió en medio de sus hombros y siguió su camino lento fuera del pasillo hacia las escaleras. Katia la miró de reojo y lanzó una mirada al cielo, no de compasión, sino de desesperación. Luego, dijo algo en voz baja a su acompañante y se dirigieron a la misma puerta por donde estaba escondido.
Mis ojos se abrieron como dos platos y me agaché por completo apoyando mi espalda contra de la puerta. Tenía que buscar un lugar donde esconderme. Escaneé todo el lugar en un segundo y el primer lugar que encontré fue una pequeña cómoda color verde ubicada en el fondo, detrás de todos los pupitres. Salí en carrera, casi gateando, por en medio de las sillas, tratando de no hacer ningún ruido. Abrí las puertas de la cómoda y me paré sobre unos papeles, pegamentos y lápices de colores antes de cerrar la puerta.
- ¡Qué fastidio esa niñita! – dijo irritada Katia abriendo la puerta - ¡Entra ya que no tenemos tiempo!
Abrí una pequeña ranura, sin que me vieran, y vi a Katia cerrando la puerta tras Camila, la líder del grupo Doble C. Las dos lucían muy bien en el uniforme, aunque llevaban la falda más corta de lo debido. Katia era la más descarada en esto.
Camila caminó siguiendo a Katia hasta uno de los pupitres que estaba casi en frente de mi escondite. Removía las manos, nerviosa, y una que otra vez se las pasaba por el pelo tratando de arreglárselo.
- Muéstramelo. – ordenó Katia.
Camila se quedó mirándola con ojos vacilantes, algo llorosos, sin parar de mover sus manos.
- ¡Ya! – exclamó Katia, impaciente.
Camilo pegó un salto y dio dos pasos hasta el pupitre, cogiendo uno de los bolsos, al parecer el suyo. Revolvió, sacó libros, cuadernos, notas. No importaba qué sacara de él, parecía como si no encontrara lo que buscaba. Después de un minuto o algo se detuvo y miró a Katia.
- ¿Entonces? – preguntó Katia cruzándose de brazos.
- No… no lo encuentro. – su voz sonaba algo quebrada.
- ¡No me vengas con eso! – Katia abrió los ojos y dio un paso al frente, como tratando de intimidarla.
- Lo siento, Katia. Pero no lo tengo. La verdad, nunca lo he tenido. – soltó Camila, y se tapó la boca con las dos manos.
- ¿Qué acabas de decir, pedazo de porquería? – Katia se detuvo en seco y le lanzó una mirada fulminante.
- Lo siento…
- ¡No me vengas con excusas ahora! – lanzó un grito y caminó unos pupitres más abajo.
- No sabía qué hacer. Quería tu ayuda. Estoy asustada porque no quiero que me saquen del Doble C. He estado allí mucho tiempo como líder como para que ahora…
- ¡Cállate! – le cortó Katia – Es que no entiendes que a mí me importa una mierda si quieres seguir en ese grupo. Ellos, - señaló con un dedo hacia la puerta -, ellos ya hicieron una Junta Extraordinaria y ya saben a quiénes van a sacar del grupo, idiota.
Camila se quedó callada. Abrió la boca, pero las palabras se le quedaron en el medio del camino.
- ¿Tú crees que no sé a quién van a sacar? – continuó, ahora su voz era siniestra -. No va a ser a la tonta de Aura, porque el estúpido de Jonathan está tan tragado de ella que va a hacer hasta lo imposible por rescatarla. Y tú sabes mejor que nadie que es él quien maneja la mayoría de dinero en el grupo, ¿me equivoco?
- No. Pero,…
- También puede salir Eduardo, - mis oídos se agudizaron aún más al escuchar a Katia decir este nombre -, después de todas las cosas que algunos andan rumorando a sus espaldas. Pero a él tampoco van a sacarlo. Porque tenemos que ser realistas. El Doble C, sin Eduardo, es nada. Él es la popularidad del grupo. Ahora, ¿quiénes quedan? Tú y yo. – ella se señaló con un dedo. Estaba caminando por en medio del salón y hablaba con fuerza. – Camila, entiende, nosotras ya estamos fuera de ese grupo desde el fin de semana.
Camila ahogó un sollozo y se desplomó en una de las sillas. Tenía la mirada perdida, como si no diera crédito a lo que estaba escuchando.
- Es injusto. – dijo al fin -. He trabajado por el Doble C bastante. Ahora me sacan a patadas, como si no sirviera de mucho. Mi popularidad se irá por el piso…
Katia la miró con detenimiento y luego caminó lentamente hasta donde la destrozada Camila. Pasó una mano por su hombro y luego se aclaró la garganta.
- Lo sé muy bien, -comenzó a decir, luego meditó por unos segundos sus palabras -, también me siento traicionada, devastada…
No sé por qué, pero había algo en su tono que no sonaba nada convincente. Como si no pudiera esconder la hipocresía cuando hablaba. Sabía que algo estaba planeando. No era que sintiera pena por Camila y tratara de consolarla. Algo escondía.
- Le di mi confianza a esa tonta de Betsy. Le mostré el video de Eduardo y se lo confié como si fuera mi mejor amiga…
- Pero la muy perra te traicionó. Así que ella tiene el CD, ¿no es así? – preguntó Katia, abriendo sus ojos verdes.
- Claro. Llegó a mi casa el domingo y me pidió que le dejara ver el video de nuevo. Luego, me preguntó si podía tener una copia, solo por seguridad, y la dejé sola en mi cuarto… Esta mañana, cuando fui a mirar, ya no estaba ni CD ni video en el computador ¡NADA! – se pasó una mano por la cara, secando las lágrimas y machándose el rostro con aquella cosa negra que le salía de los ojos.
- Claro, ella trata de salvar al grupo borrando toda evidencia… - dijo Katia más para sí misma que para Camila.
- … Y ahora no hay nada que hacer. Todo se perdió.
- En eso te equivocas, amiga mía. – le dijo Katia y se arrodilló, enfocando su mirada de seriedad en Camila – Aún hay algo que podemos hacer… ¡Venganza! – y sus ojos brillaron, junto con la malvada sonrisa que dibujó su rostro.
Camila se levantó, limpiando las últimas lágrimas, guardó un par de sollozos debajo de su pecho y aspiró con fuerza para no dejar que la humedad saliera corriendo por su nariz.
- ¿Cómo podemos vengarnos? – preguntó.
- Vamos a darles un golpe por donde más les duela. Seguimos con la base de nuestro plan: destruir al grupo.
- Pero si ya no tenemos la evidencia. – le reprochó Camila.
- Eso ya lo sé, tonta. Pero la única oportunidad de acabar con ese grupo es haciendo rodar la cabeza de Eduardo. Para infortunio nuestro, como eres tan estúpida, te dejaste convencer de Betsy. ¡Claro!, lo único que quería ella era salvar al grupo de un posible ataque borrando toda evidencia y sacando a quienes ya sabían la verdad. – hizo una pausa. Miró por fuera de la ventana. Sus ojos parecieron brillar a la luz del sol que se reflejaba en los vidrios. Esa mirada ya la conocía. Era la misma de cuando algo bastante malvado se le ocurría. – Pero, parece que se te olvida con quién hablas. ¡Tengo contactos! Yo sé muy bien que uno de los amigos de Eduardo me ayudaría a ojo cerrado para acabar con ese imbécil, Camila. Solo necesitamos estar en el lugar correcto y atrapar a ese idiota… Y finalmente el Doble C se acabará y nuestra dulce venganza será dulce y hermosa.
Camila parecía no entender. Se secó las últimas lágrimas que corrieron por sus ojos y levantó la mirada.
- ¿Un amigo de Eduardo? – preguntó confundida.
- Sí. Pero no te preocupes. Déjamelo todo a mí. Yo sé muy bien cómo lidiar en este tipo de situaciones. ¿Estás conmigo, o no?
Camila la miró dudosa. Luego de pensarlo por unos segundos, esbozó una sonrisa de oreja a oreja y se levantó de su asiento. Las dos chicas sonrieron y soltaron una carcajada maliciosa. Se abrazaron como queriendo sellar un trato y se dirigieron hacia la puerta hablando llenas de euforia.
- Sniff… aprendí una buena lección sobre las extranjeras, malditas perras inglesas… sniff…, No puedes confiar en ellas… sniff. – Decía Camila cuando le abría la puerta a Katia.
- Sí, lo sé. Pero ahora límpiate esa asquerosa cara que se te corrió todo el maquillaje…
Fueron las últimas palabras que escuché. Me quedé como una piedra. No me había movido ni un centímetro, el cuello me dolía y mis piernas estaban dormidas. Pero eso me importaba poco ahora. Había escuchado el plan de dos malvadas mujeres, en contra del Doble C… en contra de Eduardo. Habían dicho que existía un tal video de Eduardo, haciendo no sé qué, pero tan capaz de cortar la cabeza más linda e importante del Doble C, al mismo tiempo que el grupo se vería acabado. Y lo peor de todo: ¡uno de los amigos de Eduardo lo va a traicionar!
Tenía que hacer algo, tenía que encontrar la forma de salvar a Eduardo de lo que fuera que estuvieran planeando aquellas perras. Traté de pensar en algo pero para desgracia mi cabeza aún daba vueltas pensando el nombre de Oscar. ¡Tenía que ponerme serio si quería ayudar a Eduardo! Pensé en avisarle de inmediato, pero me acordé que no estaba en la ciudad, que había viajado a ese estúpido partido de fútbol. ¡QUÉ HAGO! No podía quedarme de manos cruzadas sabiendo que su reputación podría estar en peligro.
Oscar…otra vuelta en mi cabeza…Oscar… Piensa en algo más… Oscar…vueltas y vueltas.
De pronto sentí náuseas y salí de la cómoda tumbándome al piso. Mi cuello me estaba matando y había regado tanto pegamento que se había pegado en la suela de mi zapato y me había hecho tropezar. Me levanté cerrando en vano la cómoda y salí del salón, no sin antes revisar que no estuvieran merodeando por ahí Katia y Camila.
Caminé con paso apresurado al baño y empujé la puerta con todas mis fuerzas. Miré mi reflejo en el espejo. El morado no se veía muy bien en conjunto con mi ahora cara pálida. Me lavé la cara dos veces con agua fría y seguí mirándome. El nombre de Oscar seguía metido en mi cabeza…
¡¿QUE PODIA HACER?!
- ¿Daniel?– preguntó una voz detrás de mí.
Me di la vuelta casi por instinto y me choqué con aquellos ojos azules en los que había estado pensando tanto. Su expresión era de desconcierto. Tenía las mangas de su camisa recogidas hasta la mitad; en lugar de su corbata llevaba el cuello desabotonado y bien abierto. Algunas gotas de sudor le bajaban por su cara. Parecía como si hubiese corrido una maratón completa. Estaba rojo como un tomate. Eso le hacía resaltar sus pequeños ojos.
- Oscar,… - me detuve un momento tratando de recobrar la respiración -. ¿Qué haces… aquí?
- Cumpliendo con el castigo, ¿te acuerdas? – dijo -. Al Director no le agradó la idea de que me fuera ayer. Me puso a hacer todo el trabajo que no hice en la hora del descanso. ¿Te encuentras bien?
- Sí, estoy bien. – dudé -. ¿Por qué?
- Estás un poco… pálido. ¿No estarás dándote golpes en la cara de nuevo, o sí?
- No. – le dije mirándolo. Oscar me hacía sentir mucho mejor.
Él sonrió y yo bajé la mirada al suelo. No era capaz de mirarlo. La sensación de ansiedad en me pecho se acrecentó. Me sentía desesperado. Ahora ya no pensaba en Eduardo. Estaba pensando en este momento, en el presente.
Estábamos los dos, solos, en uno de los baños del pasillo más desolado a la hora del descanso. Si lo pensaba muy bien, no había ni una sola alma en todo el segundo piso a excepción de nosotros dos. Mis rodillas comenzaron a sacudirse. No sabía si por nervios o por desesperación. Porque esa ansiedad en mi pecho no paraba de crecer y por una extraña razón era como si un imán me impulsara hacia delante. Hacia Oscar. Porque él estaba cerca, más cerca de lo que me hubiera imaginado. Apreté los puños y me enfoqué en el problema de Eduardo. Tenía que conseguir ayuda, y quién mejor que Oscar…
- ¿Cómo te encuentras tú? – pregunté sin alzar la vista -. Me contaron que estabas enfermo.
- Bueno, creo que estoy mucho mejor. – comenzó a decir, dejando el trapero que traía en su mano derecha sobre la pared -. La verdad es que no estaba enfermo… Bueno, tal vez… ya no lo sé.
La sonrisa había desaparecido. Ahora su rostro mostraba preocupación y sus ojos estaban perdidos en otro lugar muy distante. No te su cara de preocupación. Me pareció imprudente contarle el plan de Katia para acabar con Eduardo.
- No entiendo.
- ¡Ni yo! – dijo. Se pasó una mano por la cara e instaló su cuerpo sobre la puerta de un cubículo. – Ni yo.
- Oscar, no sé lo que te pasa, - dije –, pero puedes confiar en mí. Sabes que puedes contar conmigo. Me has ayudado mucho y has pasado por cosas que no deberías por mi culpa. ¿Qué más puede pasar?
- Lo sé, Daniel. Pero no es tan sencillo como parece. – caminó por el baño unos cuantos pasos.
Me estaba empezando a asustar. Sólo lo había visto de ese modo en la fiesta del sábado, cuando Sara estaba más pendiente de Eduardo que de él. De seguro que su preocupación se debía a ella. Él era un poco tímido con las chicas que le gustaban, y hasta ahora no había podido hablar con Sara por miedo a que le rechazara. Lo entendía. Después de todo, quién quisiera gastar energías en alguien que no te mira ni para darte la hora y que está interesada en otra persona.
Se detuvo justo en frente de mí. Bajó la mirada y tomó una bocanada de aire, que se suponía soltaría en un suspiro, pero no fue así. En vez, dejó salir las siguientes palabras claras y llenas de firmeza:
- Aléjate de Eduardo.
No había escuchado bien. ¿Qué era lo que había dicho? ¿Alejarme de Eduardo?... Definitivamente estaba mal de los oídos.
- ¿Qué dijiste?
Oscar seguía con la mirada sobre el suelo. Se mordía el labio y revolvía sus manos en los bolsillos del pantalón.
- Daniel, he estado pensando mucho todo esta situación. Le he dado vueltas una y otra vez, y no sé si estoy haciendo lo correcto. No sé si es culpa lo que siento ahora. Eres un tipo genial, me caes muy bien, tú lo sabes… - hizo una pausa para tomar algo de aire -. Pero por otro lado está mi amigo de toda la vida, Eduardo, y no sé qué hacer. Estoy demasiado confundido…
- Oscar, ¿de qué hablas? – estaba empezando a irritarme. Ante mis ojos aparecían palabras como mentiroso, envidioso, traidor.
Sé que Oscar pudo notar la expresión de enojo en mi rostro, porque enseguida dio un paso hacia adelante y me miró con firmeza.
- Escúchame, tienes que alejarte de Eduardo. – repitió, esta vez con seguridad en su voz.
- ¿Por qué? – le dije. Tal vez utilicé un tono muy duro.
- Porque… - lo pensó por un segundo -, porque puedes salir lastimado si estás con él. Por favor, escúchame, Daniel. No… ¡No me mires así!... Crees que es muy fácil para mí todo esto. No he hecho sino pensarlo durante estos últimos días y lo que menos quiero es que salgas lastimado… Te lo puedo explicar, - se detuvo unos segundos, como si estudiara bien las palabras antes de decirlas -, pero no sé cómo puedas reaccionar y tengo miedo de que me culpes por…
Ahora estaba retrocediendo. Oscar detuvo sus últimas palabras. Di unos cuantos pasos hacia atrás hasta que mis piernas chocaron con uno de los lavamanos. Sacudía mi cabeza en señal de sorpresa y la cara me hervía de la rabia que sentía. No lo podía creer. Era increíble que Oscar me estuviera diciendo todo esto. No le creía NI UNA PALABRA a ese embustero, envidioso…
Entonces, ante mis ojos comenzaron a salir a flote algunos momentos vividos hace unos días…
¡Todo era muy claro ahora!
Las piezas sueltas comenzaban a unirse…En la fiesta del sábado: la expresión de Oscar cuando Eduardo bailaba con Sara. Al parecer no había sido el único en sentir celos esa noche. Por supuesto que no era ella por quien él se moría de celos. ¡Era Eduardo!... Después la conversación en el cuarto de los papás de Jhon, esa misma noche. Me había confesado que estaba triste por… ¡Claro!, recordé sus propias palabras…
- Me gusta. Pero… no puedo decírselo… Es que sencillamente no… Me tiene loco
- ¿De quién hablas? – le había preguntado. Recuerdo muy bien sus siguientes palabras.
- Tú sabes muy bien de quién hablo, Daniel. Es Eduardo… - y en ese momento nos interrumpieron, no recordaba quien, para decirnos que Katia se desnudaba en la cocina…
Empuñé mi mano con fuerza mientras seguía recordando. La invitación a su casa del domingo. Según él, era para hacer el trabajo de trigonometría ¡Era un mentiroso! Por supuesto que no necesitaba de mi ayuda, si ya tenía todo listo gracias a las copias que Vick había robado. Entonces, ¿para qué me necesitaba?... ¡OH, PERO QUÉ TONTO! Él pensaba decirme todo esto en privado, en su casa… Trataría de alejarme de Eduardo esa misma noche. Pero, ¿con qué propósito?... Miré hacia un lado y vi un graffiti en la puerta del baño: una calavera pintada a lapicero. ¡Sí, claro! Quería deshacerse de mí para la fiesta de Halloween.
La temperatura de mi cuerpo subió tanto que la podía sentir en mi respiración. La ansiedad que antes sentía en el pecho se transformó en una rabia en contra de Oscar. Aún quería lanzarme al frente, pero ahora para asestarle un puño.
- Daniel.
Oscar dijo casi en un susurro, mientras veía la expresión de mi rostro.
No le presté atención. Seguía sumergido en mis pensamientos, tratando de recordar algo más que diera indicios de que Oscar me estaba engañando… ¡El lunes! Cuando estaba en los baños de abajo, Oscar llegó con Eduardo y todo el tiempo su modo de comportarse fue el mismo: antipatía. Y ni hablar de la reacción de ayer, cuando el mismo Eduardo me buscó para despedirse, y ni siquiera determinó a Oscar…
- ¿Daniel?
Mis ojos se abrieron como dos enormes platos. Todo mi cuerpo parecía sumido en una especie de trabajo rápido, en donde trataba de buscar conjeturas, y el motor primario era la reciente furia contra Oscar. Algo se me acababa de ocurrir.
Tal vez él estaba involucrado en los planes de Katia y Camila ¡Tal vez Oscar era aquel amigo de Eduardo que lo iba a traicionar!
- ¡Daniel! – exclamó Oscar mirándome de cerca.
- No me hables. – dije conteniendo la rabia. Oscar retrocedió – No lo puedo creer. Nunca me esperé esto de ti.
- ¿De qué hablas? No. Déjame explicarte muy bien… –
- No te hagas el que no sabe. – dije dando un paso hacia al frente y cortándole tajantemente -. Crees que soy un tonto. Pero aquí el imbécil es otro. Eso que me acabas de decir: Aléjate de Eduardo, te puede hacer daño... Son simples mentiras.
- ¿Para qué querría mentirte, Daniel? – preguntó.
- ¡Tal vez porque eres un envidioso! – dije casi gritando. Me sorprendió un poco el tono en que lo dije. Me estaba dejando llevar por mi propia furia -. Tienes envidia de saber que Eduardo me prefiere a mí más que a ti. ¡Acéptalo! Todos estos días no has hecho sino ser amable conmigo, pretender ser mi amigo, para después venir con cara de idiota y decirme que me olvide de Eduardo. Que no quieres que salga lastimado… ¡Pero ni creas que te voy a dar el gusto! – podía sentir mis manos temblar.
- ¿De qué estás hablando? – Oscar habló casi en un susurro, con expresión de sorpresa. – Creo que estás malinterpretando…
- No sigas más con este juego, Oscar. Ya sé la verdad. – le dije empujándolo a un lado y dirigiéndome a la puerta -. ¿También me vas a venir con el cuento de que no sabes nada sobre el plan de Katia?
- ¿Plan?
- ¡Eres un ridículo! – dije bajando la voz, sintiendo que así entendería mi furia y decepción -. Yo sé que sabes del plan de Katia. La escuché hablándole a Camila hace unos minutos. Ella dice que uno de los amigos de Eduardo la va a ayudar… ¡Ese eres tú!
- ¿Ayudar a qué? ¡Daniel, cuéntame! – parecía desesperado. Pero no le creía ni una sola palabra. Estaba cegado.
- ¿Sabes una cosa?, no tengo ganas de seguir hablando contigo ¡Adiós!
Y tirando de la puerta con fuerza suficiente como para derrumbarla, salí del baño expulsando chispas de rabia; dejando a Oscar plantado sobre el suelo con cara pálida y seria.

naaag como nos deja asi...siempre lo impresionante es ke se demora muxo para escribir la continuacion digo ke deberia patentar ese libro de una vez y por todas...para leerlo completo....pero esta muy bueno ...y ke ya pase algo rapido entre daniel y eduardo y es oviop ke el ke va traicionar a eduardo es nick........