Parte VIII
La llamada me había tomado por sorpresa. Era la voz de un chico pero no la reconocía. ¿Será Eduardo?, fue lo primero que llegué a pensar. Pero la verdad era que no sonaba mucho a él.
Miré de reojo a la tía Rosa que seguía sentada en el sillón con aspecto nervioso. Marcaba los números de su celular en un intento de llamar a mi primo Javier. Me retiré un poco de la sala y me instalé en el marco de la puerta de la casa, previniéndome de que alguno de mi familia se acercara y escuchara la conversación.
- Sí, habla Daniel, - dije aclarándome la voz - ¿Quién habla?
- Habla Oscar. No sé si me recuerdes. – hizo una pausa y continuó – Nos conocimos en la sala de enfermería cuando estabas enfermo. También hablamos en la fiesta de anoche, ¿recuerdas? Soy el amigo de Eduardo.
Por supuesto que me acordaba. Era aquel chico que me había ayudado a subir las escaleras en la fiesta cuando tuve aquel mareo repentino y me condujo a la habitación de los padres de John, justo antes de que me avisaran que Katia se estaba desnudando en frente de todos. Era bastante amable.
- Sí, claro, Oscar. ¿Cómo estás?
- Bien. Llamaba para pedirte un favor.
Lo último que me faltaba. En realidad no quería sonar envidioso, pero ese no era el momento preciso para que la gente me pidiera favores. Lo que ahora ocupaba mis pensamientos era el problema con mi primo Javier. Hacía pocos minutos había tenido una fuerte discusión con su terrible padre y después había huido desenfrenadamente del lugar. Me preocupaba lo suficiente como para empezar a ser caritativo con los demás.
Me pasé una mano por la cara y ahogué un suspiro muy profundo. Tenía que zafarme de Oscar de una manera educada. Volví mi mirada a la tía Rosa. Ella también se pasaba una mano por su cabellera y volvía a oprimir botones en su celular. Al parecer tampoco le estaba yendo muy bien.
- Cuéntame, Oscar. – le dije un poco cortante.
- Como sabrás, mañana tenemos que entregar los ejercicios de trigonometría que nos dejó la profesora y… bueno, tú sabes que no soy muy bueno en esa materia. No sé si me podrías ayudar en eso un poco…
Una parte de lo que dijo Oscar quedó sonando en mi cabeza como un zumbido molesto… Ejercicios de trigonometría… Era como el eco producido por un escalador que grita a todo pulmón y sus palabras rebotan contra las rocas y el viento…. ¡DIABLOS! Me acordé de que no había hecho el trabajo que la profesora de la materia había asignado a todo el mundo y era para entregar la última semana de Octubre, o sea ¡al otro día!
No podía irme peor en esta semana. Parecía que fuera una serie de eventos desafortunados que se fueran sumando por cada día que pasaba. Primero lo de la gaseosa vencida, el golpe en la cara y el vómito desenfrenado. Luego la terrible fiesta, Katia quitándose la ropa como una prostituta y la huida de la policía. Ahora, problemas graves entre mi primo Javier y su extremadamente loco padre, la preocupación de dónde pudiese estar y el trabajo sin hacer de trigonometría…
- ¡Diablos! – murmuré
- ¿Qué pasó? – preguntó Oscar preocupado.
- Erm, - dudé – lo que pasa es que no me acordaba de eso…
- Daniel, no puede ser… entonces, no lo has hecho… - no dijo más nada.
Estaba en graves problemas. Era uno de los trabajos más importantes del año y no podía darme el lujo de salir con nada a la profesora. Además, no era mi estilo. Siempre me había caracterizado por entregar las cosas a tiempo y bien desarrolladas.
Por otro lado, sentía un poco de pena por Oscar. Si de algo me acordaba muy bien, el día que nos conocimos en la enfermería, él me había confesado que se había salido de clase fingiendo un malestar porque estaba a punto de presentar el examen final del periodo de dicha materia. Sentía que no podía dejarlo solo…
Mi mente trabajaba muy rápido para poder encontrar una solución que nos beneficiara a ambos, pero no podía dejar de pensar en Javier. Después de toda esta serie eventos llenos de mala suerte, lo único bueno que había resultado había sido conocer a Eduardo en persona. La imagen de Eduardo y la supuesta llamada que había quedado hacer regresaron de nuevo. Había pasado todo el día esperando a que me llamara, o al menos que enviara un mensaje de texto. Pero la tarde casi se llegaba a su fin y el susodicho no había mostrado señales de vida. <<Si no llamó antes, mucho menos lo va a hacer ahora>
- Oscar, - dije después de meditar un buen rato –, si quieres nos podemos encontrar y lo hacemos juntos, ¿te parece?
- ¡Sí!, - soltó de inmediato, como si temería que de un momento a otro cambiara de parecer – Me gusta la idea. ¿Dónde nos encontramos?
Estaba a punto de decirle que en mi casa pero me contuve. En una situación normal, le hubiese dicho que nos encontráramos allí. Era lo más obvio. No tenía que ser muy inteligente para saber que iba a ser yo quien haría todo el trabajo. Pero teniendo en cuenta los eventos que acababan de pasar en esa cena familiar era mejor no arriesgarse y prevenir futuras penas con Oscar por cualquier comentario de mis padres.
- En mi casa hubiese sido lo mejor… Pero creo que por el momento no se puede...
- Hummm – dudó Oscar – Pues, si quieres puedes venir a mi casa. Estoy solo. Pero me da mucha pena. Iría a tu casa, pero dices que no…
- ¡No te preocupes! – dije. Me parece bien en tu casa. Dame la dirección.
En seguida, y mientras me apuraba a conseguir con qué y en dónde anotar, Oscar comenzó a dictarme la dirección de su casa. Corrí hasta donde la tía Rosa quien ahora hablaba en voz baja, y le esculqué el bolso hasta encontrar una pequeña agenda con un lapicero colgando de un delgado hilo dorado.
La abrí de golpe y garabateé las palabras que me dictaba Oscar con tanta paciencia. Me despedí de él, no sin antes escuchar su gratitud por el gesto, y me llevé el celular a mi bolsillo. Volví a posar mis ojos en la dirección. <Que mala letra tengo
Seguí subiendo la mirada por la hoja amarillenta con delgadas líneas negras cruzándola horizontalmente. Arriba, en las primeras líneas de la página había anotado un nombre y repisado varias veces con el mismo lapicero de color verde que llevaba la agenda. El nombre era Juan Carlos y a su lado habían escrito la dirección de un domicilio. Lo curioso era que el nombre de Javier estaba anotado justo al lado de la supuesta dirección y estaba encerrado en un círculo.
Fruncí el ceño y volví la mirada a la tía Rosa. Con su cuerpo esbelto, el pelo largo y la recta espalda, seguía hablando en voz baja y siniestra en su celular. Eché otro vistazo a la dirección y pregunté:
- ¿Quién es Juan Carlos?
Pero mi tía seguía envuelta en aquella conversación. Lucía pálida y su frente se perlaba en sudor. Nunca había escuchado que alguien llamado así se relacionara con Javier. La realidad era que mi primo era de muy pocos amigos. A pesar de pertenecer a una clase social prestigiosa, debido al alto cargo que desempeñaba su padre, nunca había sido una persona muy social. Se caracterizaba por escoger bien con quienes andaba y seleccionaba con recelo a quienes confiaba su palabra.
Los únicos amigos que le conocía eran Mateo, quien ahora estaba estudiando en una universidad fuera de la ciudad, y Emilse, una dulce chica por quien mi primo hubiese dado la vida y que dentro de muy poco también se iría a otra ciudad.
- Daniel, nos vamos para la casa.
Desperté de mis pensamientos y levanté la vista hacia la puerta de la cocina. Era mi mamá, quien después de haber dejado a mi abuela Polly en su habitación hablaba con la desagradable tía Victoria.
No quería ser descortés con mi tía Rosa e interrumpirla. Sabía que estaba así por lo que había sucedido con Javier. Y estaba más que seguro que estaba hablando con él para convencerlo de que se calmara y tratara de solucionar las cosas con su padre.
Arranqué la hoja completa donde había anotado la dirección de Oscar y donde estaba anotada también la del supuesto Juan Carlos y salí de la sala rumbo al auto, no sin antes despedirme de mi tía. Afuera me esperaban mi papá, mi mamá y mi hermana Catalina.
- Mamá, tengo que ir a la casa de un amigo a terminar un trabajo de Trigo. – dije cuando ya íbamos a mitad de camino y todos callaban.
- ¿Y en qué te piensas ir? – preguntó Catalina con sarcasmo – El carro de papá está en los patios todavía, ¿o no te acuerdas?
Después soltó una risa de estúpida y volvió su larga y planchada cabellera contra mi cara. Torcí los ojos al cielo.
- Podría decirle a esa tonta que se calle.
- Catalina, - comenzó a decir mi mamá sin prestar mucha atención – deja de molestar a tu hermano.
- Yo no lo estoy molestando, simplemente le estoy diciendo la verdad.
- Pero no hay porqué recordármela a toda hora – le dije furioso.
- Tu hermano tiene razón, Cata – esta vez había sido mi papá.
- Lo que pasa es que la verdad duele…
Traté de ignorar sus comentarios y volví a dirigirme a mi mamá. Pero ella parecía estar en otro mundo. Inmersa en sus propios pensamientos profundos.
- ¡Mamá! – exclamé – ¿me prestas atención?
- ¿Ah? – balbuceó - ¡¿pero qué pasa?! Catalina, deja de molestarlo.
- No, mamá. Tengo que ir a la casa de un amigo para terminar un trabajo…
- Daniel, - comenzó a decir –, con mucho gusto te prestaba el carro pero no puedo. – hizo un movimiento de manos -. Tengo que ir a la casa de tu tía Victoria porque nos hemos quedado de encontrar para tratar unos asuntos.
- ¿De qué asuntos hablas? – preguntó mi papá desconcertado.
- Pues, ya sabes, - dijo ella con aire elevado –, de lo que acaba de pasar en el almuerzo de hoy ¿Cómo estará la pobre de Marta? Con lo mucho que ha sufrido con ese muchacho.
¿Marta sufriendo por culpa de Javier? Me parecía increíble lo que estaba escuchando. El culpable de todo eso era mi tío Edmundo. Ese machista, envidioso y engreído hombre que solo creía en ideas arcaicas y para su beneficio.
- Mamá, - interrumpí -, Javier no es malo. Es buena gente y siempre ha estado ahí para ayudarme. No creo que mi tía Marta sufra debido a él.
- Danny, aún eres muy joven para entender los traumas que una madre lleva por sus hijos. – respondió mi mamá.
- ¿Traumas? – repetí en voz baja – o sea, ¿que somos un trauma para ustedes?
- …De todos modos creo que se merecía lo que el tío Edmundo le dijo a ese creído – soltó Catalina cambiando de tema.
- ¿Por qué? – preguntó mi papá mirando por el retrovisor.
- Siempre tiene ideas raras. Por eso nunca me la he llevado bien con él. Es tan presumido y clasista. – decía sin medir palabras -. Todas sus ideas son locas, pero esta de apoyar cosas inmorales fue la peor. Para mí que es raro.
- ¡Catalina! – exclamó mi mamá espantada - ¡cómo te atreves a decir eso!
- Mamá es lo que pienso de él. Es lógico. ¿Quién se pone a defender los derechos de los homosexuales con tanto empeño y devoción en una cena familiar, donde su padre es un completo gruñón?
- ¡Sí que lo es! – dije.
- ¡Le deben más respeto! – saltó mi mamá un poco furiosa – Tú tío Edmundo no es un gruñón. Es disciplinado, que es otra cosa.
- Sea como sea, - siguió Catalina – Javier es como raro.
- ¡No es cierto! – dije.
- Es que pónganse a pensar, - siguió hablando sin reparar en mí -, ¿cuándo le hemos conocido una novia?
- Ahí te equivocas, - intervino mi papá -, todos conocimos a esta chica de apellido Bermúdez,… ¡Emilse! ¿Se acuerdan? Muy linda, por cierto.
- Ellos no eran novios. Emilse era su mejor amiga… - me quedé en silencio.
Era cierto. Ellos dos no habían sido novios. Por un largo tiempo siempre pensé que pudieron haber sido algo, pero la relación que habían sobre llevado no había pasado más que de muy buenos amigos. Andaban de arriba para abajo junto con Mateo. Eran amigos inseparables.
- Sí, papá, es cierto. – continuó Catalina – Ellos era simplemente amigos. En fin, no lo sé. No sería raro que Javier fuera gay. Todo el mundo ahora se está volviendo así. ¿Es acaso una moda?
- No sigas más con eso, Catalina. – le reprendió mi mamá.
- ¿Por qué eres tan ingenua? – comencé a decirle a mi hermana. Estaba un poco fastidiado con sus comentarios -. Se nota que nunca estudiaste historia. Siempre los ha habido. En el antiguo imperio Romano, en Grecia, grandes emperadores que han pasado a la historia… y era normal serlo.
Todos se quedaron en silencio y me miraron de reojo. Como si la misma historia de Javier se repitiera.
- Daniel tiene novia, así que no hay de qué preocuparse. – dijo al fin Catalina soltando una risa.
- ¡Basta ya, Cata! – exclamó molesta mi mamá – no es gracioso que digas todo eso de tu primo…
- Catalina, nadie es raro en esta familia. Eso sería lo peor que pudiera pasar. Sería una vergüenza y una deshonra para todos tener un gay en la familia. – fueron las palabras de mi papá.
- Yo no sé. Se acordarán de mí. – terminó Catalina
El carro quedó en silencio. Solo se podía escuchar el motor del carro y el silbido del viento entrando por las ventanas a medio abrir. Las palabras de mi papá causaron un efecto hipnótico sobre mí. Había sido como un baldado de agua demasiado fría. Mi piel se erizó y un escalofrío recorrió mi cuerpo. Era tan triste escuchar a mi propia familia, la gente que más quería en el mundo, hablar de una manera tan despectiva sobre algo concerniente a mí. Muchas veces cuando hablamos no reparamos en lo que decimos y sin darnos cuenta estamos hiriendo los sentimientos de otros. No estaba completamente seguro de mi preferencia sexual aún. Pero tampoco tenía que ser muy inteligente para saber que algo sí estaba cambiando en mí y que conforme a lo que podía inferir de quienes me rodeaban, estaba solo en ello.
Me sentí como un diminuto bicho en medio de una selva de depredadores. El mundo afuera era demasiado grande y bastante duro. Era tan fácil juzgar y ser juzgado por los demás. ¿Qué haría más adelante si el gusto por los hombres se volvía definitivo? ¿Sería capaz de sobrellevar una carga tan pesada?, ¿podría vivir con este sentimiento de culpa y remordimiento por algo que sabía que estaba muy mal? ¿Podría convivir con ello solo?
- No está mal, Daniel. – decía una vocecilla dentro de mi cabeza – No es malo ser uno mismo.
- ¡Por supuesto que sí es malo! – respondía en contra otra vocecilla ronca y autoritaria – Todo el mundo dice que está mal. Es humillante, decepcionante. ¿Qué van a pensar tus papás, tu familia entera?
Sacudí mi cabeza. No quería pensar más sobre ese asunto. Una especie de presión me atacó el pecho y casi no podía respirar, seguido de una corriente de nervios que cruzó por mis brazos hasta llegar a mis manos, las cuales empuñé con fuerza.
Estaba solo en esto.
Para cuando llegamos a la casa, el sol comenzaba a desvanecerse al igual que la luz que lo seguía. Subí a mi cuarto con paso lento y revolví mi escritorio sacando cosas y metiéndolas en la mochila. No me sentía muy bien. Estaba deprimido. Era un sentimiento o una impotencia de no poder expresar lo que sentía y siempre mantenerlo guardado. Sentía que iba a estallar desde adentro. Ser lo que temía ser era ponerme una enorme carga sobre mis hombros que no estaba seguro pudiera sobrellevar…
Me despedí de mi mamá asegurándole que llegaría tarde y que tomaría un taxi de regreso.
La noche casi llegaba y los buses en días domingos se demoraban en pasar. Afortunadamente pude coger el primer bus que se acercaba. Estaba casi vacío. Había una abuela sentada detrás de la silla del conductor y una pareja de jóvenes besándose en los últimos puestos. Tomé asiento en la mitad del vehículo.
Una brisa fría entraba por la ventana que tenía al lado y por la cual miraba. Los faros públicos comenzaban a encender su luz amarillenta y opaca, mientras algunos árboles se balanceaban de un lado a otro por acción de un viento rápido. La ciudad estaba un poco desolada.
No podía dejar de pensar en lo solo que me sentía. Vivía rodeado de muchas personas, pero al fin de cuentas tenía que ocultar sentimientos. Carlos había sido mi mejor amigo desde que éramos unos niños. Siempre había contado con él en las buenas y en las malas y estaba seguro que él diría lo mismo. Sin embargo y aún estando de intercambio en otro país, sabía que no podía confiarle estas cosas que hacían que oprimiera mi pecho y me empujara a salir corriendo y gritar con todas las fuerzas hasta desmayarme…
Pasaron unos veinte minutos antes de que llegáramos a la siguiente parada de bus. En el mismo instante en el que me bajé la helada brisa chocó con mis mejillas y produjo un fuerte pinchazo de dolor en el morado que aún tenía. El último rayo de sol se había extinguido por ese día, y la luna ahora se escondía en medio de grandes nubes negras.
Revolví mis bolsillos hasta encontrar el papel donde tenía anotada la dirección. Eché un vistazo y mis ojos se volvieron a encontrar con la dirección de ese tal Juan Carlos anotada al lado del nombre de mi primo. La dirección estaba bastante cerca de donde vivía Oscar. Tal vez ese Juan Carlos pudiera saber algo de Javier, pensé.
- ¡Daniel! – alguien gritó por detrás.
Era Oscar y venía corriendo hacia mí. Ya me había olvidado de su aspecto físico. Cuando estuvo lo suficientemente cerca pude detallarlo con mayor detenimiento. Era un muchacho de mi estatura, delgado, de cabello castaño y unos ojos azul oscuro penetrantes. Su piel era color canela y sus labios tenían una tonalidad rosada. Llevaba una sonrisa de oreja a oreja. Ese día estaba vestido bastante deportivo: una camiseta negra con un dibujo en el medio y unos pantalones cortos hasta la rodilla.
- Hola, Oscar. – saludé.
- ¿Cómo estás? – dijo él estrechando mi mano.
- Bien. – mentí.
- Pensé que estarías aquí, - dijo respirando profundo para retomar el aire – así que me vine lo más rápido posible para que no te perdieras.
- Gracias.
Comenzamos a caminar a la casa. Oscar estaba hablando de los sucesos de la noche pasada. No le prestaba mucha atención. Estaba muy distraído y mi cabeza era una solo enredadera de miles de pensamientos y cosas encontradas. Primero estaba Javier, luego mis sentimientos confusos y la presión de hacer el trabajo para el colegio. No hacía más que posar mis ojos sobre la dirección que estaba anotada en el papel.
- Y, ¿cómo está Katia? – preguntaba Oscar.
- Ella está… bien – mentí de nuevo. No había hablado con ella desde que la dejé perdida y vomitando de la borrachera en la casa de sus padres.
- Es increíble que haya hecho eso. También me parece increíble que hayas salvado a Eduardo de aquella golpiza. Sí, él me lo contó y dice que está muy agradecido. Te manda saludos.
Ni siquiera el comentario de Eduardo pudo sacarme de mis pensamientos.
- Ustedes dos se llevan muy bien, ¿no es así?
- ¿Quiénes? – pregunté en voz baja.
- ¡Ustedes dos!, Eduardo y tú. – dijo oscar.
- Ah, sí. Claro. – respondí sin interés.
- ¡Qué bueno! Eduardo es un man muy bacano. En serio. Lo conozco desde que estoy pequeño. Solíamos salir juntos a caminar y a jugar. Lo quiero como a un hermano…
Oscar dejó de hablar. Podía sentir su mirada penetrante sobre mí. Se detuvo en seco y preguntó:
- ¿Estás bien?
Lo miré fijamente a los ojos y traté de dibujar la mejor sonrisa postiza que pudiera, pero creo que lo único que logré fue que se diera cuenta de que algo malo me pasaba.
- Sí, estoy bien. – volví a mentir. – Es sólo que estoy preocupado.
- ¿Es el trabajo de Trigo? – preguntó dudoso.
Los dos intercambiamos miradas. La sostuvimos por un buen tiempo hasta que por fin él habló.
- Sabes, te voy a decir las mismas palabras que me dijiste el día de la fiesta. – dijo sonriendo - No te conozco muy bien, pero puedo sentir que algo te pasa. No eres así ¿Qué ocurre?
- ¿Te acuerdas de eso? – pregunté asombrado.
- Sí. Fue muy amable de tu parte, en serio. Sentí que podía confiar en alguien.
Dibujé una sonrisa de agradecimiento y tomé una gran bocanada de aire.
- Bueno, la verdad es que hoy sucedió algo con una persona que quiero mucho en mi familia.
Le relaté todo lo que había sucedido en la cena familiar. La discusión y la pelea, y por supuesto, las posibles consecuencias que esto traería a mi primo por parte de su padre.
Oscar se quedó en silencio. Volvió su mirada hacia atrás para ver si venía alguien y me puso una mano sobre el hombro. Lo apretó delicadamente. Sentí su sincero apoyo. Nos quedamos así por uno segundos hasta que él dijo.
- Si en algo te puedo ayudar estaría encantado en hacerlo.
- Bueno… - comencé a decir y bajé la mirada al papel -. Encontré esta dirección y creo que me podría ayudar a saber dónde está mi primo.
Se la pasé a Oscar y la leyó. Noté cómo sus ojos azules pasaban su mirada por el papel. Oscar era un chico muy apuesto y además era dulce y amable.
- Pero si está muy cerca de acá. – dijo.
- ¿En serio?
- Si quieres podemos ir ahora mismo. – sugirió.
- Por supuesto. ¡Gracias! – exclamé con emoción.
Y otra vez las miradas cruzadas. Le sonreí un poco y creo haberme sonrojado. Miré al suelo y nos pusimos en marcha.
Las calles estaban un poco solas de no ser por un grupo de jóvenes que se paraban en una esquina a escuchar música a alto volumen y a fumar marihuana. Llevaban los pantalones bastante anchos y sueltos, y sus camisas parecían más camisones. Mucho más allá, al fondo, había un parque descuidado y oscuro. Este daba a un pequeño barranco lleno de árboles y maleza con un mirador a las luces de esa parte de la ciudad.
Oscar había sido muy cortés al quererme acompañar a solucionar mi preocupación con Javier. Desde que lo conocí en la enfermería había sentido una muy buena empatía con este muchacho. En la fiesta hablamos un par de veces y también tuvimos un tiempo agradable hasta que apareciera Eduardo. No lo conocía muy bien, pero transmitía una energía de confianza que se me hacía imposible negarme a ella.
Caminamos muy cerca al círculo de chicos reunidos, quienes estaban envueltos en una risa descontrolada y estúpida (por efectos de la marihuana que fumaban). El olor a hierba quemada era insoportable y hacía que me dieran náuseas. Llegamos a la otra hilera de casas un poco alejadas del parque abandonado.
- Mira, es en la siguiente casa. – señaló Oscar.
Era una serie de apartamentos muy bien decorados para pertenecer a esa zona. El papel tenía escrito el número 16. Nos acercamos a una puerta de metal blanco y observamos una bocina junto a una serie de botones colocados al lado. Busqué el que correspondía a la dirección y lo oprimí suavemente.
Después de unos segundos y dos llamados, la voz de un muchacho joven salió desde la bocina. Sonaba algo preocupado.
- Hola.- dijo - No sirve el alta voz de mi casa, así que usted no puede hablar. Ya le abro la puerta para que pueda entrar, señora Rosa. – y la voz se fue.
Los dos nos miramos extrañados. ¿Nos habíamos equivocado de número? No. Por supuesto que no. Entonces un ruido, como cuando se produce un choque eléctrico o un corto circuito, se escuchó en la puerta y de inmediato se abrió.
Entramos algo prevenidos y subimos un piso hasta llegar a la puerta número 16. No pronunciamos ninguna palabra. Simplemente nos dejábamos llevar por las cosas que acontecían. Oscar se acercó con paso lento y tocó el timbre.
La puerta se abrió de golpe. Nos encontramos cara a cara con un tipo de unos veintitrés a veinticinco años, cara pálida y musculoso. Cuando nos encontró a Oscar y a mí se sobresaltó, como si no fuéramos lo que esperaba ver.
- ¿Quiénes son ustedes? – preguntó con seriedad.
- ¿Es usted Juan Carlos? – pregunté.
El hombre se quedó en silencio, como meditando la pregunta. Después se paró firme y respondió:
- Sí, ese soy yo. Pero, ¿quiénes son ustedes?
- ¿Es usted amigo de Javier? – pregunté de nuevo. Probablemente, él sabía dónde estaba.
- Perdón, pero quiero saber quiénes son ustedes y dónde consiguieron mi dirección.
- Respóndame, - dije impaciente - ¿es usted amigo de Javier?
El hombre se mostró aún más extrañado.
- Bueno,…
- ¿Bebé, ya llegó la tía Rosa? Quisiera hablar con ella…
Había sido una voz que llamaba dentro del apartamento. En ese momento apareció detrás de Juan Carlos alguien alto, fornido, de piel blanca y unos ojos color gris, cabello negro, bastante alborotado hacia arriba, y una pulida barba.
Era Javier.
Cuando apareció en frente, se detuvo en seco y dejó la boca abierta. Miró de reojo a Oscar y luego a Juan Carlos. Un momento de silencio se apoderó del recinto. Juan Carlos, por otro lado, le devolvió la mirada a Javier y frunció el ceño.
- ¡Estás aquí! –exclamé.
- ¡¿Daniel?! – exclamó Javier con cara de asombro. Era de ver que no era esperada mi visita - ¿qué haces acá?
- ¿Quiénes son ellos, Javier? – preguntó Juan Carlos molesto -. ¿Daniel? ¡¿Quién es Daniel?! – Juan Carlos alzó aún más su voz. Movía la cabeza descontroladamente, pasando la mirada desde mi primo y luego posándola en mí. – ¿Acaso me estás engañando?
- ¿Engañando? – repetí en voz baja.
- Cálmate, mi amor. – le dijo Javier a Juan Carlos.
¡¿MI AMOR?! Entonces, me quedé en silencio. Mi mente volvió a enredarse y las cosas comenzaron a girar a mi alrededor. <<Javier estaba llamando a ese tipo mi amor
- No me voy a calmar hasta que me digas quién es Daniel, - me señaló con un dedo -, y ¿qué es lo que hace aquí preguntado por ti? Se supone que vendría tu tía Rosa… Además, ¿quién es este? – señaló a Oscar.
El chico de ojos azules se sobresaltó, pasó una mirada rápida a todos los presentes y alzó una mano en señal de inocencia.
- Me llamo Oscar, amigo de Daniel. – dijo esbozando una sonrisa nerviosa.
- Juan Carlos, - comenzó a decir Javier colocándole las manos sobre la cara y fijando bien sus ojos – él es mi primo, Daniel. Te he hablado de él, ¿recuerdas?
Entonces, el hombre pareció entrar en razón y abrió los ojos como platos. Nos miró de arriba para abajo y luego se quedó callado, como si estuviera remediando su error.
- “Mi amor” – repetía las palabras una y otra vez. – “Bebé”
Mi primo me miró de reojo. Quedó completamente inmóvil al escuchar que repetía sus propias palabras. Mientras tanto, seguía repitiéndome lo mismo una y otra vez. Mi mente cruzó por un muro de recuerdos que salieron a flote. Era como si la verdad surgiera, las piezas concordaran y todo se conectara: La conversación con mi hermana, la pelea en el almuerzo de hacia unas horas, el hecho de que nunca hubiese tenido novia, ¡su mejor amigo Mateo!…
Javier se pasó ambas manos por su rostro. Alborotó un poco más su cabello y abrió sus ojos grises. Dio un gran suspiro. Intentó decir algo, pero sus palabras eran mudas.
- ¿Estaban esperando a la tía Rosa, verdad? – dije después de unos segundos de pensar todo lo que había pasado.
- Danny, déjame explicártelo. – comenzó a decir Javier. Parecía preocupado. Estaba pálido y nervioso – Es hora de que sepas la verdad.
Se acercó a Juan Carlos y le puso una mano sobre el hombro. Este último bajó la mirada y revolvió sus manos con pena. Mi corazón se detuvo y mi piel se erizó.
- ¿Por qué mejor no pasan, se sientan y toman algo…
- ¡No! – le corté a Javier. – Lo que tengas que decirme, dímelo ahora.
Mi voz sonaba quebrada. Quería saberlo ya. Quería que las cosas se dijeran lo más pronto posible. Mis manos sudaban y mis piernas temblaban.
- Daniel, por favor…
- ¡Ya dije que NO! – grité alzando las manos en señal de rechazo.
Javier había intentado acercárseme, pero cuando le grité se apartó con paso torpe y retrocedió hasta donde Juan Carlos. Lanzó una mirada rápida a Oscar y luego la volvió a mí. Unas lágrimas asomaron a sus ojos.
- Daniel, cálmate… - había dicho Oscar.
- Está bien. – interrumpió Javier – Aquí va…- sus ojos se quedaron un momento inmóviles, perdidos en la nada. Su rostro estaba lleno de sudor y sus manos temblaban. No sabía como manejar esta situación tan repentina. Era obvio que no se había planteado aquella noche para ese momento. Tomó aire y finalmente dijo -. Juan Carlos es mi pareja… Soy homosexual, Daniel.
Aquellas últimas palabras se quedaron flotando en mi cabeza.
Juan Carlos es mi pareja… Soy homosexual… homosexual, homosexual, ¡HOMOSEXUAL!
Sentí de nuevo esa presión que me subía y me bajaba. Era como estar en la montaña rusa y sentir un vacío incómodo en tu estómago. Mis manos sintieron una gran descarga de energía y los vellos de mi nuca se erizaron. Algo comenzó a formarse en mi garganta. Como si me hubiese tragado una piedra y ahora esta me tirara del suelo. Un sentimiento de rabia comenzó a invadir todo mi cuerpo. << ¿POR QUE NO ME LO HABIA CONTADO?... ¡¿POR QUE?!>>
- Y… - mi voz se quebró. Carraspeé y tomé un poco de aire antes de seguir -. Y mi tía Rosa sabía todo, ¿no es así?
Javier se quedó en silencio y afirmó con un movimiento de cabeza. Luego dio un pasó hacía al frente en un segundo intento de acercarse, pero retrocedí alejándome de él.
- No me hagas esto, Daniel. – dijo en medio de sollozos. – Por favor.
Lo único que pude hacer fue negar con mi cabeza. No sabía qué sentía. Estaba bastante sorprendido. Era un sentimiento indescriptible. Todo este tiempo y no me lo había dicho. Él era como un hermano. Mi mejor amigo, y no podía confiar en mí. Y lo que era peor, mi tía Rosa estaba metida en todo esto. Ella lo sabía y no me lo había querido decir. Tenía mucha rabia.
Di media vuelta y salí corriendo fuera del edificio. Escuché cómo Oscar y Javier me llamaban a gritos. Pero no quería escuchar. No quería saber nada de nadie. Lo único que deseaba era desaparecer de la tierra, dejar de respirar, no existir.
Es una plaga, me decía, ¡es una enfermedad! No está bien. ¡NO ESTA BIEN! Los hombres no pueden gustar de otros hombres. Estaba harto de sentir que me gustaban. ESO ESTABA MUY MAL. Todo el mundo tiene razón. Son una vergüenza para la sociedad. NO QUIERO SER NADA DE ESTO. NO QUIERO SER HOMOSEXUAL.
Mientras corrí hasta el parque abandonando y me metí en medio de la maleza iluminada por las luces de la ciudad, por mi rostro también corrieron cientos de lágrimas que enjuagaron mis mejillas rojas por el frío y se mezclaron con la gotas de lluvia que comenzaron a caer.
Me recosté contra el tronco de un árbol grueso y comencé a llorar descontroladamente. Resbalé lentamente por el rugoso tronco y llegué al suelo. Recogí las piernas e introduje mi cabeza entre mis brazos apoyados en las rodillas. Lloré como un niño chiquito, desamparado en medio de la terrible tormenta que había comenzado a caer. Saqué toda la carga que estaba guardándose en mí. Tal como lo había pensado. Algún día tenía que explotar.
Un fuerte rayo cayó a la distancia y produjo un estruendo ensordecedor. Apreté más las piernas y los brazos.
No quería reconocer que era homosexual. Me negaba a sentirme como un raro ante todo el mundo. La burla de la sociedad, la discriminación, los comentarios humillantes… Mi familia entera en contra mía.
Estaba cansado de estar solo en todo esto.
Estaba enfurecido conmigo mismo. Por permitirme gustar de Eduardo, por sentirme tan débil, por llorar desenfrenadamente, por no poder solucionar nada, por ser una vergüenza, un anormal, y una decepción…
¡MALDICION!...
¡MALDITA SEA!...
¡ARRRGGHHH!...
Maldije por lo bajo. De pronto, en un arranque de mucha ira, me levanté y me grité con todas mis fuerzas.
- ¡ME ODIO! – y en seguida empuñé mi mano, dirigí el puño sin medir fuerzas y lo asesté en mi cara; en la mejilla donde tenía el golpe anterior.
Un fuerte dolor me atacó y me dejo casi sin respiración. Me doblé y caí de rodillas al suelo. Pero aún me quedaba algo de energías y rabia para poder empuñar la mano de nuevo. Levanté el puño en la misma dirección. ¡Era tan anormal que me pegaba a mí mismo! Me llené de mucha más ira y asesté otro puño en el mismo lugar, pero esta vez con mucha más presión.
Fue como si un pedazo de hierro cayese en mi cara. Vi luces por todos lados. Caí al suelo casi sin poder respirar y torciéndome de dolor. La lluvia seguía cayendo y una seria de rayos cruzó el cielo.
Me quedé allí. Acostado. A pesar de que había descargado toda mi energía en esos dos puños contra mi cara, mis pensamientos continuaban merodeando en mi cabeza. Solo podía ver un mar de luces y recuerdos pasados que se arremolinaban y se mezclaban con la lluvia. Tenía mucho dolor. Todo mi cuerpo se había paralizado. Como si ninguna extremidad en mi cuerpo respondiera.
Entonces, sentí que alguien me cogió de los hombros y me levantó con torpeza, sentándome contra el árbol. Al frente estaba Oscar. Toda su ropa estaba empapada.
- ¿Daniel, estás bien? – preguntó, casi gritando.
- ¡No! - exclamé adolorido. ¿Por qué veía tres Oscar?
- ¿Qué intentabas hacer cuando te golpeaste a ti mismo? – esta vez el tono de su voz era autoritario.
- ¡Que te importa! – grité.
- Claro que me importa. Te puedes lastimar. – respondió zarandeándome.
- ¡Eres un idiota! – comencé a moverme.
- ¡Cálmate! – exclamó Oscar.
Oscar me cogió de los brazos y me sostuvo firmemente contra el tronco. Me miró sin mutar la expresión de su rostro y respirando aceleradamente. No podía apartar esa mirada. Me hacía sentir muy bien. Era como si me dijese Todo va a salir bien. Esta era diferente a la que había sentido con Eduardo. Esta era sincera y provenía de Oscar mismo, no de lo que mente quería creer. De las pocas veces que me había encontrado con él, Oscar siempre me hacía sentir de una manera especial. Como si estar en su compañía me produjese seguridad y tranquilidad.
- Lo siento, Oscar. – dije entrando en razón -. Fui muy grosero contigo.
El chico siguió mirándome y luego su rostro brilló con una sonrisa. Me ofreció la mano y la estrechamos en señal de perdón. Tomó asiento al lado mío y soltó un suspiro.
- ¡Vaya que sí corres, Daniel! – dijo – Deberías pertenecer a la liga de atletismo.
- Entonces me golpearía la cara cada vez que perdiera – dije con ironía.
Los dos soltamos la risa. El clima parecía no dar tregua. El agua no paraba de caer. Otro rayo iluminó el paraje y terminó rompiendo el silencio con un rugido aterrador.
- Siento mucho que vieras todo esto… – comencé a decir, pero me interrumpió en seco.
- No hay nada de que disculparse, Daniel – dijo – Pero sí me preocupas.
- Me sentí mal. Es que… - es que no quiero admitir que a mí también me gustan los hombres, pensé decir. Mejor no…- él es como mi hermano…
- Mira, no te conozco muy bien, pero sé que algo te pasa…
Los dos volvimos a sonreír. Sus dientes, no muy bien alineados, hacían de su sonrisa muy atractiva. Me gustaba como se le veía. Oscar lanzó un suspiro y dijo en voz amable.
- Entiendo cómo te sientes; y es muy natural. Pero te voy a decir algo que he aprendido de lo poco que llevo viviendo – volvió a sonreír – Tu primo no hizo nada malo. Simplemente expresó lo que sentía, lo que era, y tuvo el valor de contártelo. – hizo una corta pausa, como para que meditara y continuó – Déjame decirte que no hay nada de malo en ser tú mismo. Muchas personas se pasan la vida entera tratando de fingir cosas que en realidad no lo son. Por ejemplo, John y su familia están en banca rota, pero él prefiere fingir y engañarse a sí mismo diciendo que está lleno en plata. Teme enfrentarse al mundo tal cuál es él.
- Pero es el precio que todos debemos pagar para poder vivir en este mundo. Todos juzgan por esas cosas…
- ¿Con qué objeto? – apuntó Oscar - ¿Cuál es la idea de hacer de tu vida una completa FARSA? ¿De vivir en una película en donde todos actúan y nadie es sincero?
Aunque no lo fuera en trigonometría, Oscar estaba dando muestras de ser muy inteligente. Me quedé en silencio un segundo pensándolo.
- Aún así, - dije tratando de sacarle un error a lo que Oscar decía -, hay personas que te humillan y te marginan por ser tú mismo,…
- … como también hay los que te quieren tal cual eres. – agregó – Daniel, no todo el mundo es malo. No todo el mundo piensa igual. A veces tendrás que aprender a abrir tu mente y permitirte confiar en otros.
- Entonces, ¿por qué Javier no me confió… eso? – era como si no me permitiera a mí mismo llamar el asunto por su nombre.
- Tal vez porque no siempre lo tenemos que saber todo. – respondió Oscar.
- ¿A qué te refieres? – pregunté quitándome el agua que tenía en los ojos
- Muchas veces tenemos secretos que nos atemorizan y que mantenemos para nosotros mismos. Por supuesto que está bien si queremos guardarlos. Esas cosas te pertenecen. No todo el mundo debe enterarse de lo que hace uno, o a qué le tienes miedo o qué cosas te satisfacen en la cama… - solté una risa.
- Pero no me lo dijo antes. – dije - ¡Por qué esperó hasta este momento!
- Por miedo – respondió Oscar.
- ¿Miedo? – dije extrañado.
- Sí. Él sentía miedo a tu reacción si te llegaras a enterar. Vamos, Daniel, ponle un poco de sentido común. No todos los días te enteras que tu primo preferido es homosexual. Él no sabía que esperar de ti.
Entonces entendí. Era el mismo miedo que yo sentía con respecto a mi situación. Lo que tenía era miedo de la reacción que tendría mi familia, o mis amigos, si llegasen a enterarse. Tenía miedo al rechazo, a la burla, la discriminación, a la intolerancia…
Además, tampoco no debía enojarme con Javier. Había muchas cosas que no le había contado. Me refiero a esos secretos que nos guardamos para nosotros… <<¡Qué ironía!>>, pensé, <<¡Los dos primos y con la misma preferencia sexual!>>
Miraba las luces opacadas de la ciudad. La lluvia y la baja temperatura habían creado una densa niebla. Estaba comenzando a tener frío. Oscar se aclaró la garganta y dijo
- Lo importante es que sepas, y no olvides nunca, que no hay nada de malo en ser uno mismo. Siéntete satisfecho y cómodo siéndolo, viviendo tu propia vida, sin hacerle daño a nadie.
Bajé la mirada. Sentí cómo Oscar colocaba una mano sobre mi hombro y lo apretaba con suavidad.
- ¿Te sientes mejor? – preguntó Oscar.
Volví la mirada hacia él y asentí. Era increíble lo que este muchacho había logrado. No me imaginaba cómo hubiese acabado de no tenerlo a mi lado. Esbocé una sonrisa de agradecimiento. Nos pusimos de pie y caminamos en medio de la fuerte lluvia hasta la casa de Oscar sin pronunciar palabra alguna.
Me sentía aliviado. No sabía si había sido por los golpes o por la charla con Oscar, pero de alguna u otra forma sentía una especie de liberación, si no completa, sí parcial. Llegamos a la puerta de su casa y nos detuvimos en frente. Las luces estaban apagadas.
- ¿De dónde sabes todo esto? – pregunté intrigado.
- ¿Qué?
- ¿Lo que me dijiste?
- ¡Ah! – exclamó -. Para ser honestos, no eres el único a quien le ha pasado. – sonrió, bajó la mirada y se quedó en silencio.
Era obvio que también le habría sucedido algo semejante. Pero no quise indagar más. Era mejor dejarlo para otro día.
- Bueno, creo que nos iremos al colegio sin el trabajo. – dijo al fin Oscar.
- ¡No! – exclamé – Tenemos que entregarlo mañana…
- ¡Tranquilízate! – dijo Oscar sonriendo – ¡Mírate cómo estás! Tienes un golpe en la cara que no te deja ni pensar, tus sesos están revueltos, y estás completamente empapado.
- Bueno, tú tampoco te ves muy bien. – le dije riendo.
Me acompañó a coger un taxi. Los chicos que estaban fumando marihuana en círculo ahora bailaban y cantaban bajo la lluvia. Parecían locos alzando las manos al cielo y danzando en redondo. Se asombraban ver agua caer del cielo.
- Parece que estos tampoco la estan pasando tan mal, despues de todo. – dijo Oscar.
Agarré un taxi y me despedí de Oscar sintiendo un poco de pena por dejarlo tan rápido. Nos dimos un fuerte apretón de manos y nos sonreímos el uno al otro.
Mientras el carro dejaba atrás la figura empapada de Oscar, mi mente se empapaba de pensamientos. Si bien era consciente de que quedaba un largo y oscuro camino que recorrer antes de aceptar la mera idea de ser homosexual, sabía que vivir envuelto en mentiras no era la solución. Tal vez Oscar tenía algo de razón. Sería como morir desde el comienzo.
Por fin había aparecido una pequeña luz al final de mi camino. Si he de ser Daniel Martínez, entonces sería Daniel Martínez con todas sus cualidades, defectos, gustos y disgustos. Todo se convertiría en una pérdida de tiempo si fingía ser alguien que no era.
Esa misma noche, sin darme cuenta, antes de sumergirme en un plácido sueño, en lo último que pensé fue en Oscar.

lo que sea dijo
Creo que lo del primo Javier resultó muy obvio, pero igual sirvió bien para enlazar los sentimientos de Daniel y el estallido de los mismos. En general me parece que este capítulo enmienda en algo lo tedioso del capítulo 7, espero que no vuelva a perder de vista al protagonista.
pd: genial la descripción de los sentimientos encontrados.
17 Mayo 2008 | 06:19 AM