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Terra
La Coctelera

Epílogo

El fin de semana que vino después de la fiesta de brujas fue corto, y dio paso al mes de noviembre. Por lo general, la gente nunca se da cuenta cuando se pasa de un mes a otro. Es lo mismo que cuando las manecillas de un reloj cambian lenta y gradualmente de hora. Pero el mes de noviembre tenía algo diferente por tres razones. La primera, era el penúltimo mes del año; la segunda, se acercaban las fiesta navideñas; y la última, porque los estudiantes estaban deseosos de despedazar los libros y correr fuera de las obligaciones del colegio.
Todo pasó muy rápido en esos dos días de descanso. Me levanté con algo de fiebre para encontrarme a mí mismo, solo, en la casa. Mis papás habían salido al trabajo y dejaron una nota en donde advertían que el almuerzo había quedado listo en la nevera. Catalina, por su parte, había salido ya de la casa (como era su costumbre todos los sábados) Lo supe por el reguero de salsa que dejó sobre el mesón. Aunque tenía algo de hambre, no pude continuar con el emparedado para el almuerzo. Un montón de náuseas se sumaron a mi cuerpo hirviendo y algo débil. Tiré la comida a medio tocar a la basura y pasé derecho a mi cuarto. Ese día dormí hasta el domingo en la mañana.
Tuve una clase de sueños algo confusos. El único que recuerdo era uno en donde estaba saliendo de la casa y me encontraba con Eduardo y Oscar tomados de la mano. Los dos me miraron con cara de burla y soltaban unas risotadas, señalándome incriminatoriamente. Luego, aparecía Katia con una cámara que seguía por toda la ciudad. No importaba a donde fuera ni qué tan rápido corriera, ella siempre aparecía a mi lado, incapaz de dejarme en paz. El sueño termina bizarramente cuando aparezco de la nada en la casa de Oscar, besándolo sobre el sofá.
El domingo, después de haber dormido casi veinticuatro horas, me levanté algo mejorado. La fiebre aminoró pero no desapareció. Cosa que no demoró en encontrar mi mamá al saludarme de beso por la mañana. Creo que no me seguí enfermando después de los cientos de pastillas que me dio para prevenir una futura gripa.
No tenía deberes que hacer. Sólo teníamos una semana de calendario de colegio y después nos graduaríamos. No me sentía emocionado en ningún aspecto. Había escuchado de mis papás que el día de la graduación era lo mejor que les había pasado en su adolescencia. La gran fiesta, los amigos, el diploma,… la llegada a la universidad… Pero lo cierto era que no estaba pensando en nada de lo anterior.
Ese día fui a visitar a Javier y a la tía Rosa. Como era de esperarse, intentaron sacarme algo de la fiesta, pero lo único que pudieron saber era que el chico que me gustaba era un imbécil y que ya no me parecía lindo. Y aunque Javier insistió para que le diera nombres, mi tía Rosa le regañó diciendo que estaba en todo mi derecho de reservármelo.
Esa misma noche revisé mi correo con la esperanza de encontrar algún email de Oscar. Por el contrario, mi pile se erizó cuando leí en el asunto de uno de los primeros emails el nombre de Katia. Lo abrí un poco nervioso y leí el encabezado:

Video de un marica de último año… Impresionante!!!!


Venía un video adjunto a esto último. Lo miré un poco dudoso. Definitivamente este debería ser el plan de destrucción que había estado planeando Katia contra Eduardo. Lo abrí y lo reproduje en cuanto hubo cargado completamente.
El video mostraba el cuarto de alguien desde fuera (Tal vez la cámara estaba montada en un árbol porque se alcanzaba a ver unas hojas verdes) Entonces, por la puerta entraban dos chicos. El primero lo había visto un par de veces en compañía de Eduardo; el segundo, era Eduardo mismo. Los dos se sentaron en la cama, se miraron con detenimiento y luego se lanzaron en un beso. Después comenzaron a quitarse la ropa hasta quedar completamente desnudos.
La escena terminaba allí, pero no el video. En seguida, mostraban otra escena en el mismo cuarto y con el mismo chico. Esta vez ya estaban desnudos y Eduardo estaba montado sobre él, quien sostenía las piernas en el aire y las cruzaba por el cuello del primero.
No puede seguir viendo. Cerré la ventana de inmediato. Si Katia quería acabar con el Doble C y con Eduardo, de seguro que con esto lo había logrado. Antes de cerrar el correo verifiqué a cuántas personas habían recibido la prueba delatora contra el chico más apuesto del colegio. La lista se remontaba a un ciento de serie de personas que ya lo había reenviado durante el día anterior.
Me sentí un poco mal por Eduardo. Podía haberme quitado la venda de los ojos y ver quién era él en realidad. Pero aún así no creo que nadie se merezca semejante humillación. No creo que Katia pensara lo mismo. Ella debía estar regocijándose de la buena jugada que acababa de meterle al grupo Doble C. Decidí no volverme a meter en ese asunto y olvidarlo por completo.
Pero a la mañana siguiente todo el mundo en el colegio no hacía sino murmurar sobre el video que alguien había regado por internet. Cientos de comentarios, algunos no tan discretos, se alzaban por doquier.
- ¿Lo viste? – escuché a una chica cuando hacía fila para el almuerzo.
- ¿Qué? ¿El video?
- Pues, claro, tonta.
- Sí. Aún no lo puedo creer. Eduardo está muy bueno.
- Todo el mundo se vuelve marica últimamente – dijo otra que iba más adelante.
- Y pensar que yo lo besé el año pasado. – exclamó con pavor la primera.
Esa última semana de clases nadie vio rastro de Eduardo. Y es que ni pensarlo dos veces. En su situación creo que haría lo mismo. Pero luego de pensarlo un par de horas, pasó por mi mente si aquello no sería algún acto de cobardía: Tal vez darle la espalda a todo y salir corriendo como culpable no era la respuesta.
Sin embargo, y después de darle muchas vueltas al asunto, no lo creí así. El homosexualismo era un tema muy delicado y difícil de tratar. Incluso para una persona como Eduardo. Hay que ser consciente de que es muy difícil aceptarse a uno mismo como homosexual. Si es así, entonces ¿cómo se puede tratar de darle la cara a lo que muchos ven como un problema o motivo de vergüenza, cuando uno mismo es quien no lo acepta? No volver al colegio no era cobardía, era un estúpido estigma social.
- Yo ya lo sabía. – me había dicho Vick cuando nos sentamos en las bancas.
- ¿Qué? – pregunté confundido.
- Lo del marica de Eduardo. – respondió indiferente.
- ¿Por qué lo dices?
- Porque un día lo descubrí dándole un beso a otro amigo mío. No fue hace mucho, en realidad. – dijo con la mirada perdida.
- ¿Por eso lo estabas tratando mal?
Hizo un gesto afirmativo con la cabeza y luego se puso en pie.
- No creo que lo que le hicieron sea algo muy valiente. – aventuré.
Él se dio la vuelta y se me quedó mirando por unos segundos. Había seriedad en sus ojos.
- Ni yo. – dijo al fin después de un tiempo que parecieron meses -. Casi caigo en una trampa, Daniel. – confesó.
- ¿Cómo así?
- Katia me preguntó si quería hacer parte de un plan para destruir al tonto ese. Estuve tentado en hacerlo, pero decidí no aceptarlo… Puede que me nos hayamos dejado de hablar, pero no sería capaz de hacerle algo así.
No me sorprendió lo que me dijo. Ahora sabía a quién se refería Katia cuando dijo que utilizaría a uno de los amigos de Eduardo para hundirlo. Ella debió enterarse de que Vick conocía los gustos de su amigo, y pensó que tal vez le ayudaría. Había pensado mal.
- ¿Por qué no le advertiste, entonces? – le pregunté.
- Se lo conté a Oscar. Pero no se pudo hacer nada. Para cuando descubrimos qué era lo que planeaban, era demasiado tarde. – sacó algo de debajo de su saco. Era un CD. Tenía algo escrito con marcador negro. Cuando pude leer lo que decía, me di cuenta de que era el mismo CD que Jonathan había dejado sobre su pupitre el otro día.
Di un largo suspiro.
- Entonces, Katia se salió con la suya. – dije.
- No te preocupes. – dijo Vick. Luego, afirmó – Esas personas tarde que temprano caen.
Volvió a señalar el CD que traía en sus manos y dibujó una leve sonrisa.
- Un momento, ¿no es ese el mismo que traía Jonathan el otro día? – pregunté frunciendo el ceño.
- Sí.
- ¿No es el video de Eduardo?
- No. – respondió Vick sonriendo pícaramente.
- ¿Entonces, qué es? – pregunté algo dudoso.
- Digamos que Katia también tiene sus descuidos.
Vick sonrió y se negó a decirme nada, prometiéndome de que esa misma noche conocería el contenido del objeto que traía en manos.
Efectivamente, esa misma noche, recibí un correo que tenía como asunto: perra de último año tirando bien rico. El correo, como suponía, llevaba un video adjunto. Katia estaba en lo que parecía ser su cuarto. Junto a ella había dos chicos bastante grandes para estar en el colegio. Deduje que debían ser universitarios. Un tercero estaba dirigiendo la cámara. La pobre estaba borracha, desnuda y teniendo sexo con todos al mismo tiempo. El video era de media hora. Katia fue penetrada por los tres hombre (el de la cámara la había enfocada y se había sumado a la fiesta) Nunca había visto algo igual a excepción de una película pornográfica. Y ella pareció disfrutarlo.
Al final del video aparecían las siguientes palabras:

La vida siempre te devuelve el triple de lo que hagas.
Para Katia


Después de la ceremonia de graduación, las fotos de mis papás junto a mi diploma, y el orgullo de ellos al enterarse ese mismo día de que había pasado a la universidad para la cual apliqué, me disponía a salir directo a mi casa y no volver a saber más nada del colegio. Tenía pensado relajarme durante las vacaciones y leer uno que otro texto para no llegar en blanco a la universidad.
- ¡Hey, pasé! ¡Daniel, pasé! ¡Me admitieron en la universidad! – era Vick que gritaba a todo pulmón emocionado y sacudía descuidadamente su diploma.
- ¡Qué bien! – le felicité – Yo también pasé. Los resultados salieron esta tarde. No lo puedo creer.
- ¡Qué va! Tú siempre lo supiste. – dijo Vick dándome una palmada en la espalda -. ¡Quien debe estar sorprendido es otro! ¡PASÉ!
- ¿Por qué todo el mundo me cree un nerd?
- ¡No será porque eres bien bruto! – soltó una risotada –. No vemos, Daniel. Mis papás me van a dar el regalo. Creo que ellos no creen ni siquiera que me haya graduado de esta mierda. Hablamos esta noche en la fiesta.
- Por supuesto. – le mentí, mientras lo vi desaparecer con su mamá cogiéndolo por el brazo, orgullosa de su hijo.
Mientras esperaba impaciente a que mi papá terminara de hablar con uno de sus colegas del trabajo paseé mi mirada por el salón de eventos. Estaba muy bien decorado. Cientos y cientos de padres con sus hijos, vestidos de galas, zapatos brillantes y una mezcla infinita de perfumes muy caros.
En una de las esquinas alejadas se encontraba Eduardo, con la espalda contra la pared. Se mostraba desanimado. Pensé en irlo a saludar. No era que sintiera lo mismo por él. Pero no me gustaba la idea de verlo solo después de todo lo que había vivido. Sin embargo, en ese preciso momento, llegó una pareja muy joven. Al parecer eran sus padres. Le hicieron un gesto muy seco y se dieron la vuelta para que los siguiera. Antes de que se marchara y lo viera por última vez, Eduardo atrapó mi mirada, me hizo una señal de despedida con su mano derecha y se volvió a sus padres.
- Hola, Daniel. – dijo una voz por detrás.
Era Oscar. Le devolví el saludo y le sonreí. Estaba muy bien vestido y con el pelo peinado hacía un lado. Le hacía resaltar sus ojos azules, y la sonrisa particular, con sus dientes algo desordenados, le daban un aspecto encantador.
- ¡Felicitaciones! – dijo señalando mi diploma.
- Gracias. ¡Igualmente! – le felicité de vuelta.
Los dos nos quedamos así por unos segundos.
- Oscar, quiero pedirte disculpas por lo de la otra noche. – dije al fin.
- No pasa nada. En serio. – dijo tratando de evadir el asunto. Se puso algo rojo.
- Malinterpreté las cosas y…De veras, lo siento.
- No hay nada que perdonar, Daniel. Podemos seguir siendo amigos, ¿te parece? A mí me encantaría.
Y volvió a colocar su mano sobre mi hombro, y lo apretó cálidamente. Le dije que sí con un suave movimiento de cabeza. Alguien lo llamó desde detrás de un montón de gente que se arremolinaba en la entrada.
- Mis papás. – dijo - Espero volver a verte pronto. – Sonaba sincero.
- ¡Qué te vaya bien! – le dije en voz baja, con algo de pesar al sentir cómo retiraba su mano.
Salió corriendo hacia donde sus papás. Antes de desaparecer, se volvió y agitó su mano en señal de despedida.
- ¡Nos vemos! – gritó.
- ¡Claro!
Él había sido mi primer beso. Y aunque no fuera correspondido, no me arrepentía. Había sido perfecto. Era el hombre ideal. Tal vez lo que cualquiera pudiese pedir en alguien. Sincero, amable, muy buen amigo, con buen sentido del humor, y definitivamente buen besador. Lo que más me había gustado... su sinceridad. Y que tal vez fue de él mismo de quien me llegué a enamorar, y no simplemente por su mero físico. Porque muchos dicen que lo primero entra por los ojos. Pero no es lo último que se queda.
O al menos eso fue lo que aprendí con Eduardo.
Oscar me enseñó a no sentir pena por ser quien soy. No hay nada de malo en ser quien eres. Sé que tomará mucho tiempo en aceptarme tal cual. Pero al menos ahora tengo la seguridad de que algún día lo lograré. Ese, al menos, debe ser un gran paso.
Por otra parte, pensé que obtendría la respuesta a todas mis preguntar en Eduardo. Sin embargo, Oscar me dio a conocer que lo que muchas veces esperamos de la vida, no es como esta nos resulta.
Y en cuanto a estar luchando solo con todo esto, creo que nunca lo he llegado a estar. ¡Ni lo estaré! Javier y mi tía Rosa siempre estuvieron allí. Simplemente, me negué a aceptar que podía contar con ellos.
Mientras le devolvía el gesto de despedida a Oscar con la esperanza de volverlo a ver muy pronto, sin darme cuenta, iba dando paso a otra etapa de mi vida. ¿Me sentía nervioso? Hasta la punta de mis pies. No sabía qué era lo que seguía. ¿Quién lo sabía, de todos modos? Di un suspiro de alivio. Tenía que ponerme firme y darle la cara a lo que viniera.
Oscar se confundió en medio de la gente y lo perdí de vista.
Esa fue la última vez que lo vi en un largo tiempo.

Parte XVII

Ninguno de los dos dijo palabra alguna. Simplemente nos quedamos allí, mirándonos con desconcierto, escuchando cómo la bulla de los que danzaban afuera era mucho más fuerte. No me esperaba esto. Ni creo que él tampoco. Había besado a Oscar. Había sido a él a quien tomé por los brazos, lo acorralé en contra de la pared y le había besado con tanto empeño. Una serie de sentimientos encontrados comenzaron a brotar en mi pecho. Empuñé mis manos para tratar de relajar esa corriente que bajaba por mis brazos.
Sus ojos azules brillaron por un momento y después se dirigieron a otra parte, lejos de los míos. No fui yo quien rompió el silencio. Tampoco él. Eduardo entró dando un fuerte portazo. Aunque llevaba el antifaz de color morado con rayas negras, el mismo que llevaba Oscar puesto, se podía entre ver que la cara la tenía roja como un tomate; y su camisa estaba toda empapada de cerveza.
- ¡Qué bueno que te encuentro! – dijo con la lengua trabada.
Oscar y yo nos separamos de inmediato. Me llevé una mano a la cara para borrar el sudor que se me había sumado a mi estupefacción. Oscar, por su parte, se retiró de la pared y caminó hasta un rincón apartado del cuarto.
- ¡Oscar! – exclamó Eduardo caminando torpemente hasta donde su amigo -. Pensé que no vendrías.
- Ni yo. – dije en voz baja.
Él me miró de reojo, apenado y con la cara sonrojada. Abrió la boca por un segundo, pero luego se tragó las palabras. Parecía que quería decirme algo, pero pude ver en sus ojos que algo le hizo cambiar de parecer.
- No sé ni por qué vine, en realidad. – dijo al fin con voz apagada.
Eduardo parecía tener problemas para sostenerse de pie porque tambaleaba de un lado a otro. Le dio una calada más a su taco de marihuana y soltó el humo en la cara de su amigo.
- Pues, me alegra que hayas venido. – le dijo.
- Eres el único. – respondió Oscar.
Su amigo se le quedó mirando unos instantes. Luego, le guiñó el ojo y sonrió burlonamente.
- Creo que estamos un poco sentimentales. – Eduardo le pasó el brazo derecho por los hombros de Oscar, y con el izquierdo me tomó a mí con fuerza -. Yo digo que vayamos a sentarnos.
Entonces, nos condujo a los tres afuera de la habitación y nos llevó al patio trasero, en las mismas sillas en donde antes había charlado con Eduardo. Oscar y yo tomamos asiento, sin mirarnos.
- Voy a ir por cervezas, esperen aquí. Oscar, cuídamelo bien. – dio media vuelta y entró a la casa de nuevo. No sabía lo que hacía.
Traté de mirar a otro lado que no fuera a mi izquierda. No podía verlo a la cara. Primero, porque lo había besado.; y segundo, porque la rabia que sentía por él comenzaba llegar de nuevo. Era un cínico. Cómo se atrevía a siquiera hablarle a su mejor amigo, cuando sabía muy bien que era él quien iba a traicionar a Eduardo con los planes de Katia.
Esta vez él fue quien rompió el silencio.
- Daniel, he querido hablar contigo estos dos últimos días…
- Recuerdo haberte dicho, - le corté fríamente -, que no quería hablarte más nunca.
- Pues vaya forma de hacerlo, - comenzó a decir, molesto -, dándome un beso en plena fiesta.
- ¡Eso fue un error! – le dije, ahora lo enfrentaba cara a cara -. ¿Qué diablos iba yo a saber que llevarías el mismo antifaz que Eduardo? Todo es tu culpa.
- ¡Claro! – Oscar se mostraba bastante irritado -. Últimamente todo es mi culpa. Es mi culpa que Katia esté planeando destruir a Eduardo; es mi culpa que llevara su mismo antifaz; es mi culpa que quisiera ser tu amigo; es mi culpa que tratara de salvarte de Eduardo…
- ¡Por favor! – alcé la voz – No sigas más con esas ridiculeces. Tú y yo sabemos bien que estás celoso porque me prefiere a mí y no a ti.
- ¿Celoso?, - Oscar parecía no creérselo. Frunció el ceño -, ¡Celoso, dices tú! ¿Aún sigues con esa tontería? Daniel, sinceramente pensé que tenías algo de cerebro. Pero me acabo de dar cuenta que eres un tarado.
- El tarado eres tú, por creer que yo iba a caer en esa trampa de que querías salvarme de Eduardo. ¿Quién te crees que eres? ¿Spider-man o la Mujer Maravilla?
- Me creía tu amigo. – soltó furioso. Hizo una corta pausa -. Y no eran ningunas mentiras. Eduardo solo te quiere hacer daño. Siempre ha sido así. Utiliza a la gente para poder obtener lo que quiere… No eres el primero, Daniel. – su tono de voz comenzó a disminuir -. Siempre es la misma situación. Conoce a alguien que le gusta. Trata de enamorarlo (Creo que tratar es muy fácil para él) No he visto a ninguno que se resista a su físico. De todos los chicos con los que Eduardo se ha querido acostar, ninguno se ha resistido a su lista. Su orgullo es muy grande – bajó la mirada. Su rostro mostraba culpabilidad -. Y me siento muy mal por estar diciéndote todas estas cosas, Daniel. Porque sea como sea, él es mi amigo. Siempre ha estado allí. – volvió su mirada hacia mí, poniendo cara de serio -. Y no es por esa estupidez que dices que estoy celoso… Eso no tiene ningún sentido para mí… porque Eduardo no me gusta. No me gustan los hombres…
- Pero, ¿por qué a mí? – le dije apresurado - ¿Por qué quieres salvarme de Eduardo?
Oscar no respondió de inmediato. La expresión de su rostro cambió entonces. Volví a ver al mismo Oscar de antes. Aquel con ojos azules brillantes, que siempre están allí para calmarme. Pude sentir cómo su respiración aumentaba. Entonces, otro destello en sus ojos y sentí cómo se arrepentía de decírmelo.
Bajó la mirada y soltó un suspiro.
- Porque me siento culpable. – respondió al fin.
- ¿Culpable? ¿Culpable de qué?
Sus ojos volvieron a encontrarse con los míos. Sentía que decía la verdad.
- Eduardo me estuvo utilizando para que me acercara a ti en estas últimas semanas. Sí, así como lo oyes. Te empecé a hablar sólo para que te acercaras a él. ¡Pero sólo fue al principio! – corrigió. Tomó una bocanada de aire y comenzó:
“Eduardo te había echado el ojo desde hacía tiempo, pero como terminaste emparejado con Katia, no sabía si le pondrías cuidado. Por supuesto, no iba a desistir hasta conseguir lo que buscaba. Pero, ¿cómo haría él para saber si le prestarías atención? Te juro que cuando se empeña en algo no hay nadie más testarudo que Eduardo. Fue entonces cuando te conocí en la enfermería, ¿recuerdas? No parabas de decir el nombre de Eduardo mientras estabas tendido en la camilla. – mis pensamientos trajeron a la mente el momento del desmayo, y cuando desperté en la enfermería algo mareado y con dolor de cabeza -. Le comenté sobre ti con mucho desinterés, y fue ahí cuando te empezó a ver como un reto. Le encantan los retos. Aunque sabía que no podía lograrlo solo. – Su voz comenzó a aumentar, mientras movía los labios con rapidez -. Entonces vino la fiesta de Jhon. Me pidió que te presentara allí. Recuerdo muy bien sus palabras: Tú me lo presentas y si todo sale bien, ese niño no pasa de esta noche.
“En ese momento a mí me daba igual. Tenía la mente ocupada en otras cosas. Los problemas amorosos de Eduardo nunca han tenido ningún significado para mí. Desde que me confesó que era homosexual, su aparato reproductor se mueve como una máquina sin control. Yo te veía como uno de muchos chiquillos que caerían postrados a sus pies con solo mirarlos. No te conocía, no sabía cómo eras… pero después de hablar contigo esa noche,… después de eso,… me di cuenta que eres una muy buena persona y de que no te merecías que Eduardo jugara contigo. – hizo una pausa. Un par de chicas se habían acercado borrachas a vomitar en los matorrales, después sonrieron y volvieron a entrar a la casa.
- ¿Por qué me llamaste el domingo para hacer lo de trigonometría si ya tenías las respuestas que Vick robó? – pregunté después de unos segundos.
- Eso fue obra de Eduardo – respondió. Ahora me miraba fijamente a los ojos. – Esa noche él estaba en mi casa. Sí. Llegó de un momento a otro y me pidió de que te llamara y que te hiciera ir. Me contó lo que había pasado la noche de la fiesta y de que estaba más que seguro que él te gustaba. Inflaba su pecho de orgullo de solo pensar que era irresistible. Me dijo que tú le habías dado el número de celular, pero que no te pudo llamar porque había salido con uno de sus tantos chicos y que no había tenido tiempo de llamarte. Supuestamente, si ibas a mi casa esa noche sería el plan perfecto para conquistarte, y su gran oportunidad de conseguir lo que quería aquella noche. Por supuesto, me opuse al principio. Pero insistió tanto que al final accedí. Por fortuna venías con la dirección de tu primo y estaba bastante cerca… y pues ya sabes qué pasó esa noche.
Me quedé un momento pensando en lo que me decía. ¿Eduardo en la casa de Oscar el domingo pasado? ¿Eduardo me veía como un reto? ¿Eduardo como un chico orgulloso que solo quiere pasar un rato con los chicos? Me era difícil de creer todo eso. Sobre todo lo del domingo. Me parecía mucha coincidencia. Por otra parte, Eduardo me había asegurado de que no pudo llamarme porque se encontraba en una reunión familiar. Podía que Oscar dijese la verdad, pero aún así mi mente no podía ir en contra de quien quería.
- Y, ¿qué hay del plan de Katia? – pregunté.
- No sé de lo que se trata, Daniel. Te juro que no tengo nada que ver en eso. – seguía mirándome a los ojos -. ¡Nada! ¿Tú crees que ya no le dije a Eduardo? Él es muy testarudo. Como te dije, tiene el orgullo muy alto. Para él es muy difícil creer que alguien le pueda hacer daño. No me hizo caso y se burló en mi cara.
- No te creo nada. – le dije después de unos segundos.
La expresión de esperanza de Oscar se esfumó por completo. Bajó la mirada y se perdió en el frío suelo.
- Eres un mentiroso. – dije con sequedad.
Pero Oscar se levantó de su asiento y dio tres pasos, sin volver la mirada. Lo miré sorprendido. Se detuvo a mitad de camino y dijo en voz alta:
- Ya cumplí con lo mío – dijo planamente -. Si no me quieres creer…, - no terminó. Después de unos segundos preguntó - ¿Te acuerdas cuál fue la excusa que utilizó para disculparse por no llamarte el domingo? – preguntó aún sin mirar hacia atrás.
Un poco pensativo afirmé con un movimiento de cabeza y respondí con un apagado .
- Me dijo que había estado con su familia.
- Vuelve a preguntárselo de nuevo. Me dirás después si te miento. En cualquier caso, es tu vida. Y como siempre, soy un metido. – se encogió de hombros y caminó fuera del jardín, sin antes decir – ¡Suerte!
Me quedé solo. Mi cabeza estaba en blanco. La sola imagen de Oscar desapareciendo por la puerta me hizo quedar en un estado neutro. Sus últimas palabras aún flotaban en el aire, suspendidas como por hilos. Una pequeña brisa comenzó a sacudir los brazos de los árboles. Levanté la mirada al cielo. Un montón de nubes gruesas y oscuras cubrían la luna llena. Iba a ser una noche con tormenta, pensé.
Eduardo apareció entonces como saltando y con un par de vasos plásticos en su mano. Tomó asiento a mi lado y me largó una cerveza. Luego, puso una mano sobre mi rodilla y sonrió. Estaba tan cerca que le alcancé a ver un par de granos que tenía cerca a su nariz.
- ¿Qué pasó con el tonto de Oscar? – preguntó, arrastrando las palabras.
- No lo sé, sinceramente. Creo que se fue…
- Sí, sí, sí. Me lo encontré saliendo de la casa. Pregunto, ¿por qué se fue, sabes?
- No. – respondí después de unos segundos de silencio.
Eduardo volvió a sonreír con fuerza. Su cara no se veía muy linda cuando hacia esto. Su mano subió hasta mi muslo y chasqueó con la lengua. Sus ojos brillaron con los últimos rayos de luz de la luna.
- En ese caso… - comenzó a decir -. ¿Qué te parece si vamos a mi casa y tomamos algo, eh?
- Pero tus papás…
- Ellos se fueron por el fin de semana. Siempre están viajando y esas cosas. ¿Qué dices?
Unos minutos más tarde, nos encontrábamos en mi carro. Iba siguiendo indicaciones de Eduardo que estaba acomodado en el asiento del pasajero. Unas cuantas gotas de lluvia comenzaron a caer sobre el parabrisas, al igual que unos cuantos rayos en el firmamento.
Eduardo me cogió la pierna con delicadeza y la subió más arriba hasta llegar casi a mi pene. Acarició esta parte haciendo pequeños círculos, y me miraba con ojos entre cerrados y perezosos. Algo caliente comenzó a crecer en mi pecho, al igual que mi pene.
Pero no me sentía para nada excitado. Era simplemente un reflejo del suave masaje. ¿Por qué diablos no me sentía atraído? Este se suponía que era el momento más grandioso de mi vida. Era lo que había soñado desde hacía unos meses, cuando vi por primera vez a Eduardo. Él había sido el objeto de mis sueños eróticos, de mis pensamientos libres, y de las últimas masturbadas. Lo miré de reojo. Tenía aquella mirada rara de satisfacción. No sabía si era por el alcohol o la marihuana pero había algo que ya no me parecía atractivo en él.
Mis pensamientos, por extraño que pareciera, estaban concentrados en Oscar. No solo le daba vueltas a las palabras reveladoras que me había dicho aquella noche, sino que también pensaba en el recuerdo de aquel beso accidental que nos dimos. Podía sentir como si estuviera allí de nuevo su aliento, sus suaves labios, la delicada mano subiendo por mi cuello hasta mi rostro y después tocándome con suavidad el cuello otra vez. Sin embargo, salían a flote otros pensamientos, como que era un mentiroso y un celoso… Mi primer beso con un hombre había sido con Oscar. Tanto tiempo que esperé para besar a Eduardo y todo al final había resultado lo opuesto. Había besado a su mejor amigo, en cambio.
Doblé a la derecha y parqueamos en frente de su casa. Estaba completamente a oscuras. Bajamos corriendo para ocultarnos de la lluvia que caía ahora con gruesas gotas. Entramos a la sala principal, casi empapados. La casa tenía un olor a viejo y tabaco. Me tocó ayudar a Eduardo a ponerse en pie después de haber tropezado con una mesa. El sonido de cristales al chocar contra el suelo resonó por todo el pasillo. Tanteé la pared con cuidado hasta que encontré el interruptor.
Cuando la luz cubrió todo rincón del lugar, me di cuenta de que Eduardo estaba sangrando. Lo llevé a la cocina con mucho cuidado y lo dejé lavándose la mano con agua del grifo.
- ¿Sabes dónde hay un botiquín? – pregunté.
- No sé – respondió desorientado –. Busca por allá.
Señaló un armario en la sala. Esculqué por todas partes hasta que encontré un pequeño botiquín bastante viejo y algo empolvado. Eduardo llegó caminando y se sentó en uno de los sofás. Comencé por limpiarle la herida. No había sido una cortada profunda, solo superficial. Como había escuchado decir a mi abuela un día la sangre siempre espanta. Le puse una crema y finalicé con una vendita.
Alcé la mirada y me di cuenta que Eduardo me miraba con los ojos apagados y una sonrisa pícara. Volví a sentir su mano en mi muslo por tercera vez aquella noche y en menos de lo que me hubiera esperado se lanzó ferozmente y me comenzó a besar.
Sus labios y lengua se movían descontroladamente. No sabía qué hacer. Me quedé quieto como un palo. Luego, pasó a mi cara y bajó por mi cuello lamiendo y besando. Sentí un poco de repulsión. Su aliento apestaba a licor y a cigarro podrido. Lo aparté con mis manos y me levanté dando un par de pasos.
- ¿Qué pasa? – preguntó Eduardo desconcertado.
- No lo sé… estoy confundido. – dije nervioso.
- Eso siempre pasa, mi amor. –dijo levantándose también y cogiéndome por la cintura -. Al principio es un poco confuso, pero después te vas acostumbrando…
- Un momento, - dije de inmediato -, me dijiste que era la primera vez que sentías algo por un hombre.
Eduardo se quedó en silencio, como pensando en lo que acababa de decir. Sonrió levemente y me apretó más por la cintura.
- Eso lo dije porque no sabía si yo te gustaba en realidad, Daniel. – y de nuevo me atacó con otro beso brusco.
- Espera… ¡Espera! – volví a separarlo.
- Mi amor, no te pongas bravo conmigo. Simplemente lo dije porque quería agradarte, no quería asustarte…
De nuevo, comenzó a tocarme con rapidez y me besaba el cuello de manera apresurada. Su respiración iba creciendo debido a la gran cantidad de alcohol que tenía en la sangre.
- Puede hacerte una pregunta, - dije al fin después de haberlo pensado unos segundos y cuando habíamos vuelto a sentarnos en el sofá -, ¿por qué no me llamaste el domingo pasado?
- Porque… estaba ocupado… - respondió, no dejaba de tocarme el trasero.
- ¿En qué?
- ¿En que qué?
- ¿En qué estabas ocupado?
- Me la pasé todo el día haciendo un trabajo con un amigo. Mis papás se fueron ese día a visitar a mi familia en otra ciudad, mientras que yo me quedé juicioso. Ahora, bésame.
Me cogió con fuerza la cara y me dio un tercer beso. Me sentía demasiado incómodo. No era lo que me había esperado que fuera la noche. Se suponía que era la noche perfecta. Solos, en una casa, pasada la media noche, con una lluvia cayendo afuera… y con el chico que me traía loco… tal vez que alguna vez me atrajo loco… el chico que me mentía con respecto a una llamada… Tal cual como me lo dijo Oscar… Él tenía razón.
- Para… ¡Para! – exclamé empujándolo con fuerza cuando estaba fuera de control y me intentaba quitar la camisa. – No puedo seguir ahora.
- ¿Por qué? ¿Qué diablos pasa? – Eduardo dijo con los ojos cansados, y molesto.
- No sé si quiera hacerlo. –respondí después de unos segundos. Me temblaban las manos -. Lo siento.
- ¡Vamos! Eso es porque estás nervioso – me animó.
- No, es en serio. No lo quiero hacer…
- No seas tonto, - me cogió por la cintura de nuevo y antes de que me atacara con otro beso apasionado, dijo -. Nunca ha habido alguien que se me resiste.
Y estas fueron las palabras que hicieron que todo lo que sentía por Eduardo se fuera al piso. Le di un empujón mucho más fuerte que el anterior. Eduardo cayó con fuerza sobre el suelo. Me levanté, algo mareado, y me limpié la boca. Salí corriendo a la puerta, sin escuchar los gritos de sorpresa que Eduardo dejaba salir. Estaba furioso. Antes de tirarla alcancé a escuchar:
- ¡Te vas a arrepentir!
Salí corriendo debajo de la lluvia. Había comprobado que Oscar decía la verdad. Había comprobado también que no era un mentiroso, celoso o envidioso. Siempre fue sincero conmigo. Entré al auto completamente empapado, con la emoción de la verdad embriagándome, y lo arranqué con rapidez rumbo a la carretera principal.
Tenía que verlo. Tenía que pedirle perdón después de haberme comportado como un completo imbécil. El agua que caía sobre dificultaba la visibilidad, incluso con el sistema de parabrisas encendido al máximo. Sabía muy bien a dónde dirigirme. Seguí en carretera recta por unos diez minutos y luego tomé la siguiente salida. Era casi la una de la madrugada. Las calles estaban muy solas y algo oscuras. Me tomó otros diez minutos llegar al frente de la casa de Oscar. Aparqué el carro en la otra acera y dejé prendida las luces y el motor.
Me bajé del auto. Gruesas y frías gotas de agua cayeron sobre mis hombros. La casa se erguía envuelta en oscuridad. Estaba inmóvil. Una parte de mí quería dar el primer paso, pero la restante se negaba a hacerlo. Una batalla empezó a librarse. No podía llegar a esta hora. Ni siquiera estaría. Entonces, la imagen del beso que nos dimos reapareció. Deseaba verle, pedirle disculpas y… y…y contarle que…
No pude continuar. Iba a decir que él me gustaba. No podía olvidar el beso. Mi primer beso. Me gustaba Oscar, no podía negarlo. Todo este tiempo había estado cegado creyendo estar enamorado de una simple fachada. Y como consecuencia había descuidado lo que me rodeaba. Oculté mis verdaderos sentimientos por seguir una falsa imagen de alguien que sencillamente no valía la pena.
Pero Oscar debía estar molesto. Le había llamado cosas que no era; y eso a cualquiera le molestaría. Tal vez no quería hablarme. Ni siquiera verme en frente de su propia casa, en la madrugada, empapado hasta los tobillos.
Bajé la mirada. Unos charcos enormes comenzaron a formarse. El frío penetraba mis pulmones. Algo llamó mi atención e hizo que volviera mi mirada a la casa. Habían prendido la luz del primer piso. Presté mucha atención. Tal vez alguien me había visto y ahora quería verificar que no era un ladrón. Pero de la puerta de la entrada salió él. Parecía esforzar la vista hacia mí, como tratando de ver quién era.
- ¿Daniel, eres tú? – preguntó Oscar.
- Sí, soy yo. – dije.
- ¿Qué haces acá?
Dudé. Me hizo señas para que me acercara. Corrí saltando sobre los charcos. Mis zapatos también estaban empapados. Oscar también había salido del refugio de la entrada y corrió a media calzada.
- Te vas a mojar. – le dije.
- No sería el único, entonces. – respondió.
Sonreí. Nos quedamos mirándonos por unos segundos. Luego él preguntó.
- ¿Pasó algo malo?
- Oscar, - comencé hablar descontroladamente -, quiero pedirte disculpas. Tenías razón. Eduardo solo quería… Me equivoqué. Disculpa. Te traté muy mal y estaba confundido y… y…, me siento muy mal,… y quiero confesarte que…,
- Shhhh – dijo Oscar con calma -. Tranquilo.
- Perdón. – le dije.
- Está bien. Te entiendo. Yo sólo quería ayudarte…
Oscar comenzó a decir. Pero no lo dejé terminar. Me acerqué más hacia él y toqué sus labios con los míos por segunda vez aquella noche. El beso fue igual de maravilloso. Su aliento muy suave y sus labios delicados. Me sentía más confiado. Él se quedó quieto como una piedra, mientras yo le puse una mano sobre su rostro. Pero, después de unos pocos segundos, él me separó con delicadeza y bajó la mirada. Algo no andaba bien.
- ¿Qué sucede? – pregunté.
- Lo siento, Daniel.
- ¿Lo sientes? No, está bien. Oscar, tengo que decirte algo. Tú me gustas. Gracias a ti he sabido manejar mejor esto que siento con respecto a mi sexualidad. Estoy siendo quien soy. No hay nada de malo en eso…
- No. No. ¡No!
Me quedé callado. Él se pasó una mano para limpiarse el agua que caía por sus ojos.
- Yo sólo quería ayudarte– hizo una pausa. Sus ojos estaban perdidos -. Como te dije, me sentía mal porque fui yo quien te había conducido a Eduardo. Pero después de conocerte me di cuenta que no valía la pena que tú también hicieras parte de sus juegos…
- No entiendo. Siempre has estado allí. Me has cuidado… - estaba confundido de nuevo.
- Creo que has malinterpretado las cosas. – dijo finalmente -. Lo del beso… - hizo otra pausa -… Lo de beso fue un error, como tú dijiste. Tú sabes muy bien quién me gusta.
- No. – respondí en un susurro.
- Siempre lo has sabido. La amiga de Katia. Sara. Aunque en realidad, no sé si tenga alguna posibilidad…
Di un paso hacia atrás. Había cometido un error. Un segundo error en una noche. Malinterpreté la amistad que profesaba Oscar con un gusto que había formado en mi cabeza. Creo que un par de lágrimas salieron de mis ojos, pero él no se dio cuenta. Se confundieron con la lluvia. Di media vuelta y caminé con paso lento de vuelta al carro.
Oscar se quedó allí, en medio de la lluvia, mirando cómo me marchaba de vuelta a casa. No trató de llamar a mi nombre. O por lo menos no se lo escuché pronunciar.

Parte XVI

Después de haberle dicho que prefería quedarme a cuidarlo que ir a una tonta fiesta de universitarios, Javier y mi tía Rosa insistieron en que estaba en todo mi derecho para que me divirtiera. Era lo menos que podía hacer, me había dicho ella, después de todo era mi último año en el colegio.
Javier se recuperaba mucho más rápido de lo que los doctores habían pensado. Habían pasado solo dos días después del accidente y sus heridas sanaban a una velocidad impresionante; todo gracias a la combinación de los medicamentos y a los remedios caseros de la tía Rosa.
La mamá de Javier seguía en el hospital, pero su estado era alentador. Estaba interna por orden estricta de los médicos, quienes no la dejarían ir hasta quedar seguros de que estuviera completamente sana. Afortunadamente, la familia de Javier era bastante adinerada. Los gastos no eran un problema, en realidad.
Por otra parte, la familia entera comenzó a regar el supuesto accidente que había sufrido Marta. Tal cual lo había anunciado mi tía, Edmundo sabía cómo ingeniárselas para hacer creer a todos de que nada malo había sucedido. Había dicho que Javier había llegado a la casa, con aspecto maltrecho y desorientado. Entonces, en un intento por ayudarle, Edmundo había corrido hasta el carro para llevarlo al hospital, pero que no se dio cuenta cuando su madre salió de la nada y la arroyó sin querer.
Javier se molestó mucho con esto. Se le podía ver la cara de rabia por en medio de la inflamación. Quería que todo el mundo supiera la verdad y que su padre pagara por las consecuencias de sus actos. Pero no fue así. El poder puede ser un arma peligrosa en manos equivocadas; y Edmundo tenía suficiente.
En cuanto al asunto de su sexualidad, Javier fue declarado como homosexual. Edmundo admitió en frente de algunos familiares de que él ya no tenía hijo. Ya todo era un hecho, y la familia lo estaba afrontando con la total discreción del caso.
Y mientras la vida de mi primo seguía su curso, había descuidado la mía. En los dos últimos días que trascurrieron me olvidé de Eduardo por completo. Solo llegué a recordar de mi vida personal cuando por accidente dejé caer unos papeles cuadriculados, llenos de figuras trigonométricas.
Fue ahí cuando pensé en Oscar.
Se me había olvidado la rabia. Tenía la mirada perdida mientras recogía descuidadamente los papeles. Me lo imaginé en ese momento. Tal vez, si estuviera en mi cuarto, estaría diciéndome algo para arreglarme el día. Estaríamos hablando de otra cosa que distrajera mi mente o me daría el suave apretón de mano sobre mi hombro.
Pero como si un baldado de agua me despertara, recordé que ese no era Oscar. Había sido todo una mentira. Una falsa idea vendida por él mismo, para tratar de alejarme de Eduardo. Caminé con paso seguro y lancé los papeles a la basura. Quería borrar su recuerdo.
Las clases seguían siendo las mismas. Estaba con Vick en los ratos de descanso y me concentraba en los exámenes finales del periodo. Una pequeña sensación de preocupación comenzó a surgir mientras hablaba con Vick por las canchas. El colegio estaba llegando a su fin y mi alma no se sentía preparada para dar el siguiente paso. Hacia unos meses atrás había aplicado para entrar a una universidad cerca de la casa de mis padres. Me inscribí para dos carreras diferentes, pero no me sentía seguro de ninguna de las dos. Tenía cierto miedo de escoger algo que no me gustara tiempo después, como muchas de las historias que había escuchado de aquellos estudiantes que se mueven de un programa a otro como si de cambiar zapatos se tratara.
No había visto a Oscar por esos dos días. Y Vick no era de gran ayuda. Él estaba igual de desorientado a mí, y había aplicado para un solo programa en la misma universidad. Aunque por sus propias palabras, no creía que fuera a pasar. Vick solo tenía deseos de entrar a la universidad para comparar sus conocimientos en su vida sexual con las grandes ligas.
Sin darme cuenta, llegó el día de Brujas, y el ambiente no podía ser el mismo. Cientos de estudiantes llenos de adrenalina, con expectativas a lo que fuera a pasar en la fiesta en el colegio. Algunos llevaban antifaces o sombreros de brujas. Otros repartían dulces a la entrada de cada salón y los más desocupados asustaban a los más pequeños con máscaras de monstruos.
- Aquí está la dirección. – dijo Vick entregándome un papel arrugado. Había garabateado la dirección con lápiz.
- No sé si pueda ir. – le dije.
- Pero, ¿qué más tienes que hacer? – preguntó molesto.
- ¡Nada! Las cosas no andan muy bien en mi familia. – respondía desalentado, tratando de no recordar los malos momentos.
- ¡Pero, por qué no nadie quiere ir! – lanzó Vick al cielo, fastidiado.
- ¿A quién más invitaste?
- El estúpido de Oscar me dijo que no pensaba salir esta noche. – respondió arrugando la frente – Dice que no se siente bien, no sé qué más estupideces. ¡No tengo amigos cuando más los necesito!
Lancé un suspiro.
- De acuerdo. Iré contigo a esa estúpida fiesta. – le dije al fin.
Vick sonrió, como si estuviera esperando que esa fuera mi respuesta. Se despidió y se perdió entre la multitud.
Tal vez me iba a arrepentir por haber aceptado. Después de los sucesos de la anterior fiesta y sus malos resultados, no me habían quedado ganas de volver a salir en un siglo. Prefería quedarme en casa viendo los especiales de noche de brujas, en donde pasaban un centenar de clásicos del terror que ya no daban miedo. Me imaginé a mí mismo acostado en el sofá de la sala, solo, y con los ojos hinchados de sueño. Una triste imagen para un adolescente que está en su último año de colegio.
Esa tarde nos dejaron salir más temprano de lo usual para que las niñas se hicieran sus peinados en las peluquerías y los hombres simplemente disfrutaran de un par de horas más libres. Llegué a mi solitaria casa pasando directamente a mi cuarto. Lancé el bolso sobre la cama y dejé caer el peso de todo mi cuerpo sobre la silla de escritorio.
Encendí la pantalla del computador y revisé el correo. Como era una reliquia familiar que había sido de mi hermana, siempre lo dejaba prendido para evitar esperar siglos hasta que prendiera completamente.
Lo primero que hice fue borrar toda la basura: un par de cadenas, propagandas de revistar, un anuncio de universidades, etc. Seguí mirando y encontré un correo de mi mejor amigo Carlos. Sonreí y lo abrí emocionado.

Hola Daniel,

Cómo van las cosas por allá?! Espero que la esté pasando super en su último año en el colegio. Las cosas en Londres son geniales, aunque el frío de otoño es de terror. Ahora veo por qué mucha gente se suicida por esta época.
Ayer fui con mi familia adoptiva a el BIG LONDON EYE… fue maravilloso.
Lo extraño mucho, huevón. Me hubiera gustado estar con usted en este último año. Espero que cuando llegue no me ignore por estar en la universidad… Hehehehe.
Un abrazo,
-Charles!
Ps; Feliz día de Halloween! Me disfrazaré de Harry Potter!!!

Cerré el correo prometiendo que le respondería más tarde. Seguí mirando los siguientes y me encontré entonces con uno de Oscar de hacía dos días. Dudé unos momentos en abrirlo. Pero al final cedí y lo seleccioné.

Daniel,

Tenemos que hablar. No me sorprende tu manera de reaccionar, pero sí quiero aclararte algunas cosas.

Oscar

Fruncí el ceño y le di clic en eliminar. No quería saber nada de él. Seguí bajando y encontré otro correo suyo. Este era de hacía un par de horas. Igualmente, lo abrí.

Está bien. Entiendo que no quieras hablar conmigo. De cualquier forma, solo quiero que sepas, que todo lo que te dije era cierto y que me apena que lo malinterpretaras. Al fin de cuentas, eso me pasa por metido. Nos vemos…

Oscar


Sí, eso le pasaba por meterse en lo que no le importaba. Volví a eliminar el correo y cerré mi cuenta. No quería arruinarme la noche. Si había decidido salir tendría que dejar de pensar en cosas negativas y disfrutar al máximo.

Estaba entrando cerca del barrio que marcaba la dirección que tenía en mis manos. Había estado dando vueltas por más de media hora y no daba con el lugar. ¿Dónde era. En el infierno? En esos momentos sonó el celular. Rebusqué en los bolsillos de mi pantalón y lo saqué en una maniobra rápida por no desviar los ojos sobre el camino.
- ¿Aló?
- Hola – respondió una voz casi seductora al otro lado del teléfono -. ¡Qué bueno es escuchar tu voz!Como era de esperarse, me derretí al instante. La voz de Eduardo sonaba igual, o incluso mucha más seductora por teléfono.
- Lo mismo digo, Eduardo. – respondí.
- Me alegra que me extrañaras.
- No dije que te extrañé. – contradije.
- Pues, yo sí. – dijo. Una pausa se hizo y luego volvió a decir -. Quería que supieras que ya estoy en la ciudad de nuevo.- ¡Genial! – respondí emocionando.
- Sí. Pero estaba pensando que tal vez nos pudiéramos encontrar esta noche… ¿Qué planes tienes?
- Bueno, me estoy dirigiendo a una fiesta con Vick.
- ¿Una fiesta con Vick? Pero si Oscar no me dijo nada. – se escuchaba extrañado.
- Vick me dijo que él no iba a ir… - entonces me acordé de los planes de Katia y de que Oscar pensaba traicionarlo -. Hay algo que quiero contarte con respecto de Oscar…
- No quiero hablar de Oscar ahora… Quiero hablar de ti y contigo. Sí, contigo.
Podía sentir los pálpitos en los dedos contra el volante.
- ¿En dónde es la fiesta?Le dicté la dirección a lo que él respondió con una carcajada de alegría.
- No puede ser. ¡Vamos a la misma!
- ¿En serio? – pregunté sin dar crédito.
- Sí. Conozco a la misma persona que invitó a Vick. Ella y yo somos muy buenos amigos. Entonces, no pudo ser mejor. Nos encontramos allá, ¿te parece?
La noche no podía salir mejor. Era noche de brujas y Eduardo había regresado a la ciudad. Lo que es más, me había extrañado. Ya me estaba haciendo una idea de lo que tal vez pudiera pasar. Sería la conquista de mis sueños y pensamientos de estos últimos meses. ¡Eduardo y yo seriamos novios!
En una de las esquinas alejadas vi a un par de jóvenes charlando y con vasos en sus manos. Debía estar cerca el lugar. Giré por esa misma calle y me encontré que en un par de casas más arriba había un tumulto de adolescentes yendo y viniendo en el jardín de una casa. Aparqué el carro en frente, esta vez asegurándome de que no fuera ilegal, y caminé con paso algo inseguro por en medio de una docena de universitarios que hablaban con ese aire despreocupado y algo intelectual que les caracterizaba. Llevaban todos vasos en sus manos y unas máscaras de diferentes colores.
Cuando me acerqué a la puerta, una chica alta, bastante delgada, me asaltó por la espalda. Pegué un brinco tratando de controlar mi reacción.
- ¡Hola! – me saludó con energía. Sonreía de una manera extraña.
- Eh, hola.
- ¿Tú quién eres? – preguntó.
- Daniel,… amigo de Vick. – respondí sin dejar de mirar el extraño rostro de la chica.
Fue entonces cuando ella emitió una carcajada y estalló en risas.
- ¡Yo conozco a ese degenerado, sí! – dijo en medio de risas y agarrándose el estómago con fuerza.
- ¿Tú eres su amiga?
- Bueno, no, técnicamente. Pasamos una noche juntos. Ese muchacho sí que se sabe mover.
Quedé en silencio mientras la chica seguía con otro ataque de risa. Un olor de hierba quemada comenzó a venir del grupo de chicos que estaba en el jardín. Ahora, había sacado una especie de cigarro mal hecho y se lo pasaban uno a uno en una especie de círculo.
- ¡Chicos, no empiecen sin mí! – les gritó ella -. Mira, debo irme. Pero puedes pasar. La fiesta empezó hace siglos. Vick debe estar allá adentro. Toma – me alargó la mano y me entregó una máscara de diferentes colores -. La debes usar una vez estés dentro de la casa. Es un requisito.
La chica soltó otra carcajada y salió corriendo dando media vuelta con torpeza. Los demás la recibieron con aplausos y le ofrecieron un poco de marihuana, a lo que ella aceptó como si se tratara de un caramelo.
El ambiente adentro era casi el mismo que el de la fiesta del sábado; con la única diferencia de que todos eran estudiantes universitarios, y de que todos llevaban puesto máscaras de diferentes colores y tamaños. Me hacía sentir como en aquellas películas del renacimiento en donde el antifaz era un juego. La música a todo volumen, licor por todos lados y humo estancado en el techo del primer piso. No había pista de baile. Todo el mundo bailaba en donde le pareciera: sobre los muebles, en las escaleras, en las mesas para lámparas… No basta decir que la casa era un completo caos.
Caminé por en medio de un montón de chicos que llevaban camisetas del mismo estilo y pasé directo a la cocina. Un tremendo grupo se arremolinaba en el centro alimentando con barras y silbidos a dos chicas en ropa interior. Sus máscaras estaban adornadas del mismo color, con plumas saliéndole a los lados. Tenían el pelo alborotado y algo de lápiz labial corrido. Entonces, se lanzaron como dos fieras, se dieron un fuerte abrazo y concluyeron todo con un gran beso. De todas las personas que gritaban y silbaban de emoción, yo era el único impresionado con ese acto. Me acordé el baile de desnudo que había protagonizado Katia en la anterior fiesta. ¿Por qué cosas como esas pasaban en la cocina?
- Danny, llegaste – Vick salió de en medio del tumulto alborotado. Llevaba una máscara de color verde con negro. Su aliento apestaba a licor. Estaba bastante exaltado – Te acabas de perder las mejores lesbianas del campus.
- ¡Es una pena! – dije sin interés.
- Oye, ponte la máscara, es un requisito. – me regañó, cogiéndome del brazo y arrastrándome a la sala. –. Me alegra que hayas venido. No me dejaste plantado como el tonto de Oscar.
- ¡Sí, es un tonto! – respondí. Me coloqué el antifaz. Uno de color azul con rayas rojas.
Vick serpenteó por en medio de un grupo de tipos acuerpados y gruesos. Debían de ser jugadores de fútbol. Algunos de ellos gritaban, otros bailaban y los más deseados eran rodeados por bonitas chicas. Llegamos a uno de los rincones de la sala, en donde dos chicas hablaban en voz baja. Sus antifaces eran del mismo color. Rojo.
- Te presento a dos buenas amigas, Daniel. – señaló Vick a la primera, que por nombre tenía Rosalinda, y las segunda Milena.
- Mucho gusto. – contestaron las dos. El apretón de manos de Milena fue un más prolongado.
Comenzamos a hablar sobre la vida de la universidad. Las dos chicas estudiaban medicina e iban en cuarto semestre, al parecer. Se habían conocido el primer día de clases cuando Rosalinda encontró a Milena en el baño de las mujeres besándose con uno de los estudiantes más avanzados. Según ella, lo que más le llamó la atención de su amiga, era su liberalismo y feminismo. En mi opinión, no me resultaría bastante sorprendente si estas dos no se hubieran acostado ya.
Luego, pasamos a hablar sobre nuestras relaciones sentimentales. Cuando empezaba a explicar que acababa de terminar con mi novia, el bolsillo delantero de mi pantalón comenzó a vibrar.
Contesté el celular.
- ¿Aló? – grité lo más que pude y me concentré en el otro lado de la línea.
- Hola, ya llegué a la casa. ¿Dónde estás? – preguntó Eduardo.
- Estoy dentro con Vick y unas viejas. ¿Dónde estás tú? – pregunté emocionado.
- Estoy en el jardín trasero,… solo. ¿Vienes?
- ¡Claro, ya voy!
Dije que iba para el baño y me abrí paso entre los antifaces. Salí por la puerta trasera y allí lo vi, sentado en una de las sillas, solo, apartado del resto de gente que bailaba sobre la hierba y se la fumaba. Cuando me vio se levantó de su asiento y sonrió. No podía ser más perfecto. La noche era toda nuestra.
- Hola – le saludé.
- Me alegra verte. – me apretó con fuerza la mano. Nos quedamos así unos segundos. Escudriñando los pensamientos de cada uno con la mirada. Después, me invitó a que me sentara en otra silla-. ¿Cómo te ha ido?
- Bien. Esperando a que llamaras. – le dije. Ese comentario no había sido necesario.
- ¿Ah, sí? ¿Por qué?
Me quedé mudo por unos segundos. Luego dije:
- Porque dijiste que lo ibas a hacer, pero no te acordaste.
Él sonrió de nuevo y pasó una mano por su hermoso cabello. Volvimos a quedarnos con la mirada fija el uno en el otro. Sus ojos brillaban por la luz que salía de la casa. Y, ¿si nos dábamos nuestro primer beso en frente de toda la gente? ¿Este sería mi primer beso con un hombre? ¡No podía esperar más!
Eduardo carraspeó y revolvió el bolsillo de su pantalón. Sacó una especie cigarro mal hecho y lo prendió con un encendedor. De nuevo, el olor a hierba quemada salía de su boca.
- ¿Fumas eso? – pregunté.
- Sí. No tiene nada de malo. ¿Quieres? – alargó su mano.
Lo miré dudoso. Nunca en mi vida había cogido un cigarro; ahora mucho menos cogería un tajo de marihuana.
- No, gracias. –respondí medio sonriendo.
- Te lo pierdes.
Eduardo se encogió de hombros y le dio una larga calada. Mantuvo la respiración por unos segundos y después descargó todo el peso de sus pulmones sobre el aire.
- Daniel, tengo que decirte algo muy importante. – comenzó a decir.
- ¿De qué se trata? – seguía mirando como hacía pequeñas bolas de humo con su boca.
- No sé por dónde empezar. – dijo, parecía más pendiente de su cigarro que de otra cosa.
- Por el comienzo sería buena idea.
- ¡Ves! A eso es lo que me refiero. – dijo Eduardo inclinándose sobre la silla y dejando su cigarro a un lado.
- ¿Qué cosa? – pregunté, hipnotizado por sus ojos.
- Eres sencillamente… atractivo.
Sus palabras quedaron suspendidas en el aire. A-TRAC-TI-VO. Eso era lo que había dicho. De seguro nuestro primer beso iba a tener lugar aquí. Sentí cómo la sangre subió hasta mi cabeza y mis manos comenzaron a temblar.
- Por favor, no me lo tomes a mal. – dijo Eduardo con tono de preocupación, y colocó una mano sobre mi pierna -. Quiero ser sincero contigo. Siempre lo he sido.
Hubo un pequeño silencio. Era como si él esperara a que dijera algo, pero estaba completamente nervioso. Ni una sola palabra salía de mi boca. Viendo que no decía nada, Eduardo volvió a tomar la palabra.
- Es la primera vez que esto me pasa… tú me entiendes, que un hombre me guste. – dijo sin desviar su mirada un solo momento -. Pero no lo puedo esconder más – su mano apretó con fuerza mi pierna -. Me tienes loco, Daniel. No sabes las ganas que tengo de besarte.
- Hazlo. – murmuré.
Y el momento llegó. Los dos cerramos los ojos y nuestros rostros comenzaron a acercarse lentamente. No pensaba en nada ni en nadie. No me importaba que aquellos universitarios drogados estuvieran bailando con sus antifaces y con el licor hasta los pelos. Éramos sólo Eduardo y yo, a punto de darnos un beso. El beso que siempre había esperado y que sólo imaginaba en sueños. Su mano no se quedó quieta. Siguió subiendo por mi pierna mientras su respiración estaba más cerca, apunto de mezclarse con la mía… de mezclar sus labios junto con los míos…
Pero sucede que las cosas no siempre son como uno las espera. Y para mi completa desilusión, alguien nos interrumpió.
- ¡TODOS A DENTRO! – gritó la misma chica que me recibió en la entrada. Se asomó por la puerta y sacudía los brazos desesperadamente. - ¡VAMOS A COMERZAR EL JUEGO!
Saltando de susto, abrimos los ojos y nos apartamos lo más que pudimos. Eduardo dio un par de caladas a su cigarro de marihuana, mientras yo me retorcía de rabia por no haberle dado el beso. ¿CUÁNDO SERÍA EL DÍA? ¡CUÁNDO!
- Mejor entramos. – dijo Eduardo sonriendo. Acabó con lo último del cigarro y levantó un vaso lleno de licor que se acabó de un trago.
- ¡Hey, ustedes dos! – nos llamó la chica a gritos – Nada de caras destapadas.
Después de habernos puesto los antifaces, la chica nos dejó entrar. Eduardo llevaba uno de color morado con rayas negras a los lados. Se veía muy lindo. Todo lo que él se probase le quedaba fenomenal.
Entramos a la sala donde ahora la mayoría estaba prestando atención a un chico que se paraba sobre una mesa en frente de todos. Estaba bastante borracho porque a duras penas se podía sostener en pie. Trataba de llamar la atención de todos, pero le era imposible.
- ¡Escuchen! – su lengua se trababa un poco - ¡Qué se callen, hijos de perra!
Otro chico que estaba a su lado le alargó un micrófono.
- ¡Cállense, malparidos! – todo el mundo se llevó las manos a los oídos y se volvió a verlo. No podía ver quién era quién allí. Todo el mundo usaba los antifaces -. Gracias. Como siempre, toca es las malas, ¿no? En fin, ¡bienvenidos a la fiesta de Halloween de la universidad número uno del país!
Todos los chicos lanzaron gritos de júbilo. Otros comenzaron a tirar cerveza por todos lados, mientras que algunas mujeres luchaban por ensuciarse la camisa con algo del frío líquido.
- Como ya deben saber ustedes, vamos a dar comienzo a una serie de juegos que espero sean del agrado de todos. – continuó el chico de la mesa – El primer concurso que llevaremos a cabo se llama…- alguien puso unos tambores redoblando - ¡La Cerveza Vacía!
Todos volvieron a gritar. Eduardo ahora reía a carcajadas, sin poder controlarse. El par de chicas que se había besado en la cocina ahora entraron con cuatro jarrones grandes llenos de cerveza hasta el tope, como las típicas mujeres alemanas; con la única diferencia de que estas no tenían senos prominentes.
No tenía que ser universitario para entender de qué se trataba el juego. Llamarían a dos personas al frente y competirían para ver quién terminaba primero dos de los cuatro jarrones. Era así de sencillo. El chico de la mesa se aclaró la garganta, después de hacer un comentario a las dos lesbianas, y continuó su discurso.
- Tenemos en esta bolsa el nombre de todos los asistentes a la fiesta – levantó una bolsa de tela de color negro con una calavera pintada en el medio – Vamos a sacar el nombre de dos personas para que vengan y se tomen dos vasos de muy buena y refinada cerveza. Luego, tendrán que dar diez vueltas con los bates en sus frentes – señaló dos bates de béisbol sobre el suelo – y por último tendrán que correr hasta las escaleras, donde nuestras dos pequeñas amigas estarán esperándole. – señaló a las dos lesbianas que se manoseaban, mientras los chicos las chiflaban.
- ¿Cómo que van a escoger a los participantes? – le pregunté a Eduardo. Este me miró con la mirada perdida por unos segundos, luego arrugó la frente y soltó la risa. Estaba demasiado trabado.
El chico de la mesa revolvió la bolsa negra y extrajo dos papeles. Leyó en voz alta. Para mi fortuna, y la de Eduardo, (porque ahora estaba cuidando de él) no fueron nuestros nombres que los que fueron anunciados. Dos chicos con antifaces verde y azul salieron por en medio de todos y en direcciones diferentes y se pararon al lado de la mesa.
- A la cuenta de tres comienzan la carrera. ¡AH! Se me olvidaba mencionarles. El ganador podrá pasar una noche con una de las lesbianas…
- ¡Púdrete! – gritó una de ellas desde las escaleras.
Todo el mundo comenzó a reír y a abuchear.
- ¡Cómo sea, perra! – le contestó el chico de la mesa – Uno,… Dos,… ¡TRES!
Los dos chicos cogieron los jarros de cerveza y comenzaron a tomársela lo más rápido que pudían. Se estaban ahogando, tratando de no descansar, ni siquiera para tomar aire. Gritos, música a todo volumen y aplausos era lo único que rodeaba a esos dos. Después de terminar las cervezas, casi toda regada sobre sus ropas, corrieron a dar las diez vueltas con los bates. Después de unos segundos, salieron despedidos hacia las escaleras. No pudo haber espectáculo más divertido que ese. Los dos chicos no eran capaces de mantener el equilibrio mientras corrían con torpeza por en medio de quienes les daban paso. Uno de ellos salió disparado para la derecha, mientras su compañero fue a chocar directo al suelo. Eduardo no podía soportar la risa. Ahora, había sacado otro porro de esos y lo había encendido con el cigarro de un chico que estaba a su lado, con quien sostenía una amena conversación.
Cuando por fin lograron llegar a las escaleras, merados y golpeados, la casa estalló en gritos. El chico de la mesa se llevó el micrófono a los labios y dio un grito fuerte.
- ¡Se vale todo! – alzó las manos al cielo.
- ¡SÍÍÍÍÍ! – todo gritaron al unísimo.
Estaba confundido. No sabía a lo que se refería. Todo el mundo comenzó a moverse de manera descontrolada de un lado para otro. Parecía una de aquella corridas de toros en Pamplona, España, donde el toro se suelta en las calles cerradas y atisbadas de gente. Entonces, fue cuando una música electrónica retumbo con sus vibraciones por toda la sala y las de un momento a otro las luces se apagaron en su totalidad.
Todo quedó oscuro. No podía ver nada, pero sí podía escuchar cómo gritaban de alegría.
- ¡Eduardo! – grité.
Pero era en vano si intentaba buscarlo. Era imposible si quiera ver mi propia mano. Entonces, las luces volvieron a encenderse, pero la música y la adrenalina de los fiesteros no se esfumaron. Podía apostar que lo iban a hacer de nuevo.
Me puse en puntillas y miré al alrededor. No lograba ver rastro de Eduardo. No podía dejarlo solo. No en la condición en que se encontraba.
- ¡TODO SE VALE! – volvió a gritar el chico de la mesa.
Lo mismo sucedió. Las luces se apagaron y todos comenzaron a gritar. Mientras intentaba salir de aquel tumulto, pude sentir cómo me tocaban el trasero y mis partes delanteras un montón de veces. En un momento, alguien me arrastró por la camisa y me empujó hacia atrás. Estaba perdido, no veía nada y me sentía con algo de claustrofobia. Las luces volvieron a encenderse. Esta vez me quité el antifaz y me coloqué de puntillas, apoyándome en los hombros de alguien.
Entonces, pude ver el color morado con rayas negras de la máscara de Eduardo. Lo llamé a gritos pero él parecía perdido, desorientado. Debía ser los efectos de la marihuana, pensé.
- ¡Eduardo! – grité con más fuerza.
- ¡Póngase la máscara! – me señaló el chico de la mesa, y le siguieron todos en coro.
Eduardo volvió la mirada hacia donde todos abucheaban y al reconocerme levantó la mano. También le hice señales. Me coloqué la máscara para que me dejaran de señalar y comencé a de nuevo a abrirme paso.
- ¡Todo se vale!
La oscuridad de nuevo. Esta vez no me dejaría de nadie. Aunque no veía nada, empujé a todo aquel que se me interpusiera en el camino. ¡Qué más daba si no me veían! Por supuesto, sentía cómo unos se besaban con otros, llenos de excitación. La música retumbaba con muchas más fuerza, la podía sentir hasta en mis pulmones. Entonces, las luces volvieron a encenderse y me vi casi llegando hasta la pared donde había visto a Eduardo.
Me coloqué de puntillas por tercera vez, y miré a la misma dirección. No era tan alto para verlo por completo. Solo alcanzaba a verle el antifaz morado y cómo sacudía las manos en señal de que lo siguiera. Se dio media vuelta y salió por una puerta que estaba a su lado. Empujé a las últimas personas y pasé por la misma puerta.
Habíamos llegado a un pequeño cuarto desocupado. Eduardo estaba esperándome frente a la puerta, con el antifaz puesto. No pensé en otra cosa sino en aprovechar la oportunidad que me daba la vida. Lo que había esperado tanto tiempo con ansias lo veía resumido a aquel momento.
- ¡TODO SE VALE! – gritaron por cuarta vez, y las luces se fueron en un abrir y cerrar de ojos.
Oscuridad. Adrenalina. Pasión. Estupidez. Creo que fueron esas cuatro cosas las que crecieron dentro de mí al verme allí en frente del chico que me gustaba.
Y sin darme tiempo de quitarme la máscara, ni la de él, me lancé hacia adelante y lo cogí por los hombros. No me podía resistir un segundo más. Lo empujé contra una pared del cuarto y lo besé…
Al principio fue rápido. Se sentía algo forzado. Pero después de dos segundos, el beso fue saliendo más natural. Sentía un esquicito sabor en sus labios, en su aliento. Sus labios comenzaron a moverse lentamente sobre los míos, y nuestras lenguas jugaban a tocarse con ternura, algo tímidas. No pude abrazarlo. Estaba paralizado. Era mi primer beso con un hombre. ¡Y ME GUSTABA!
El momento pareció una eternidad. Y no quería que se acabara. Sentí cómo su mano tímida subía por mi cuello y acariciaba mi rostro. Mi piel se erizó. Era tierno. Una mezcla entre timidez apasionada y sentimientos encontrados. Y fuimos tomando mayor confianza hasta que nuestros labios fueron soltando las riendas de nuestra creciente pasión.
Todo se aplacó. La música, los gritos, el baile… Era como si un hechizo mágico hubiera caído sobre los dos. Como si el tiempo pasara fugazmente, y no nos preocupásemos de que nuestras vidas se fueran en el instante. Estábamos viviendo el presente, el ahora. Lo que teníamos al frente. Su mano era tan calidad, tan suave. Su aroma me era bastante familiar, al igual que el roce de su mano por mi cuello…
Después de unos segundos, que parecieron años maravillosos, nos separamos delicadamente aún percibiendo la respiración agitada del otro muy cerca. Levanté la mirada hacia la oscuridad y en ese momento las luces volvieron a iluminarlo todo.
Miré sus ojos a través del antifaz y un destello azul brillante me devolvía la mirada. Lentamente me bajé el antifaz y dejé mi rostro al descubierto. Me sentía muy feliz. Había sido el mejor beso en toda mi vida. Era el beso perfecto. Lentamente puse mi mano sobre su rostro y le retiré el antifaz…
Mi piel se erizó y la sonrisa de mi rostro se borró.
Oscar me devolvía la mirada sorprendido, también.

Parte XV

Javier estaba durmiendo en una cama doble, muy bien amoblada, con sábanas blancas. Las cortinas estaban cerradas y la noche ya había caído, así que el cuarto estaba iluminado por una tenue luz que salía de las lámparas de mesa. Su rostro estaba hinchado. Tenía moretones y algunas heridas no muy profundas en su labio y ojos.
Incliné la cabeza y la coloqué sobre su hombro. Él seguía dormido. Había pasado un par de horas sentado allí, cuidando de él, pensando una y otra vez la historia que me había contado Juan Carlos. Unas cuantas lágrimas volvieron a empapar mis ojos, y fueron a perderse entre las sábanas.
Aún no podía creerlo. Todo lo sucedido con Edmundo, Javier,… ¡Marta! Cerré los ojos al pensar en ella. Había sido la más afectada. Y todo por culpa del machismo y la rabia incontrolada de Edmundo.
- Lo siento. – le dije a Javier con el solo movimiento de los labios.
Apreté un poco las sábanas y volví a acomodarme sobre mi asiento. Había pasado más de dos horas allí sentado, mirando y cuidando de Javier. Colocándole algo de agua fría en un pañuelo sobre su frente y revisando que no le fuera a faltar nada. Los doctores le habían dicho que debía permanecer acostado y guardar reposo. Estaría bastante débil por un par de días, mientras las heridas sanaban. No hubo necesidad de internarlo en un hospital. Esa misma noche lo trajeron a la casa de su novio y desde entonces es él y la tía Rosa quienes lo cuidan.
Javier se movió un poco en medio de sus sueños y se acomodó hacia la izquierda. Dio un pequeño quejido y siguió durmiendo tranquilo.
Según lo que me había dicho Juan Carlos, Edmundo estuvo a punto de arrollar a Javier con el carro, pero justo a tiempo Marta se interpuso en el camino y fue esta quien se llevó el golpe. Por supuesto, ella estaba en un hospital internada de gravedad. Por otra parte, no se sabía nada de él. Aunque tampoco se estaba haciendo nada por encontrarlo.
¿Por qué no se sabía esto en la familia? ¿Por qué siempre tenían que esconder la realidad de las cosas? Es una familia de hipócritas.
- ¿Javier? – preguntó una voz desde la puerta.
- ¡Tía! – dije levantándome con cuidado y corriendo a saludar a la tía Rosa.
Los dos nos dimos un abrazo fuerte, mientras ella aguantaba el llanto. Era agradable volver a verla. Me había sentido furioso con ella por no compartir conmigo el que Javier fuera homosexual. Pero ahora era el momento de olvidarse del pasado y preocuparse por lo más importante.
- ¡Te extrañé! – dije.
- También yo, querido. – respondió ella esbozando una sonrisa.
Salimos fuera de la habitación y nos sentamos en una de las sillas del comedor de vidrio. Ella estaba mostraba un sonrisa, pero en su rostro se veía las secuelas de una larga jornada.
- Y, ¿Juanca?
- Salió a comprar algo de comer. Es muy buena persona, lo admito. – respondí.
Ella sonrió.
- Igual que Javier.
- ¿Cómo está Marta? – pregunté nervioso.
- Ella está mejorando. Aunque los médico creyeron que tenía una hemorragia interna, al final se dieron cuenta que no lo era. Tuve que pelear para que la atendieran médicos de verdad, y no meros practicantes. – respondió mi tía soltando un suspiro.
- Y, ¿qué hay de Edmundo?
- Esa… es otra historia, mi querido. – su voz mostraba un dejo de decepción -. Toda la familia se enteró de que hubo un “accidente” en la casa de Javier. Edmundo es un hombre poderoso. Pagó unos cuantos sobornos a los policías para que no abrieran un caso sobre él y envolvió en mentiras a los médicos…
- ¿Entonces? – pregunté, incrédulo.
- Entonces, la historia que todo el mundo sabe es que Javier llegó a la casa morado hasta los tobillos, Edmundo en un acto por llevarlo al hospital lo iba a montar en el auto, pero Marta en un hecho accidental, se paró justo en frente. Y así, él se sale con las suyas de nuevo.
Di un largo suspiro.
- ¿Qué hay de lo otro? – pregunté refiriéndome a lo de su sexualidad.
- Todos ya lo saben – respondió mi tía lamentándose.
Nos quedamos en silencio por un largo tiempo. Todo estaba descubierto. Ahora, solo faltaba esperar las reacciones para saber qué era lo que la familia entera pensaba. Aunque conociendo muy bien a mi familia, ya me podía hacer una idea de qué era lo que sucedería.
- ¿Hola?... ¿Hay alguien por ahí? – la débil voz de Javier cruzó hasta la sala.
Los dos nos miramos contentos y corrimos hasta el cuarto. Él seguí acostado sobre la cama, pero ahora tenía los ojos a medio abrir. No se notaba mucho la diferencia por culpa de la hinchazón.
- ¡Entren! Quiero verles la cara a ustedes. – dijo riéndose con delicadeza.
- ¡Me alegra que estés mejor, Javi! – le dijo la tía Rosa, a punto de llorar -. Mira quién nos viene a visitar hoy.
Salí por detrás de la espalda de mi tía y lo saludé con una mano.
- ¡Pero qué sorpresa! – exclamó. Luego lanzó un quejido de dolor.
- El doctor dijo que nada de mover los músculos por ahora. – le regañó mi tía.
- ¿Cómo estás? – pregunté, sonriendo.
- ¿Cómo crees?... No mejor que tu morado. – levantó con delicadeza su mano y señaló su cara.
Todos soltamos una risa. Era bueno estar de nuevo reunidos. Era como si una parte de mí hubiese vuelto. Ellos eran las personas que me entendían, que siempre estaban allí sin importar lo que fuera. Eran diferentes al resto de personas que conocía en esa familia de locos… Tal vez…
Entonces, fue como si un bombillo iluminara mi cerebro. Me sentí un poco asustado ante la posibilidad, pero debía ser ahora o nunca. Era el momento preciso.
- Siento mucho lo de tu mamá, Javier. – decía la tía Rosa.
- Gracias. Solo espero que esto sea la gota que derrame su vaso… - tomó un suspiro y agregó – No quiero verla más con ese hombre.
- Yo sé que ella va a hacer lo correcto. – le animó mi tía.
- Pero, ¿por qué tan callado nuestro invitado? – preguntó Javier.
Desperté de mis pensamientos. Pasé mi mirada de mi tía a Javier.
- ¡No es nada! – les dije.
- ¡Ah, vamos! Conozco esa mirada, Daniel. Tienes algo que decirnos. Mira, tía, ¿sí lo ves? Sus ojos están perdidos y se coge las manos. – rió - ¿Qué escondes?
Vaya que si me conocía este. Tomé un gran suspiro y abrí mi boca para comenzar a hablar. Luego de dos intentos fallidos, el tercero fue el definitivo.
- No quiero ser inoportuno, pero tengo que contarles algo. – comencé.
Tanto mi tía como Javier quedaron en silencio y a la expectativa.
- ¿Terminaste con Katrina? – aventuró Javier.
No dije nada.
- ¿En serio, rompiste con esa loca? – preguntó emocionada mi tía.
- Bueno… sí, pero…
- ¡Qué bueno que terminaras con esa bruja! – me interrumpió Javier en medio de una sonrisa que le hacía doler toda la cara -. Nunca me cayó bien…
- Pero, lo que iba a decir…
- A mí tampoco nunca me cayó muy bien esa niñita. Es que tenía algo muy raro en esa mirada y se mostraba muy manipuladora…
- ¡Escuchen…!
- No te preocupes, Daniel. Ya conseguirás a alguien mejor…
- ¡CREO QUE TAMBIÉN ME GUSTAN LOS HOMBRES!
Las dos caras en frente mío se silenciaron y perdieron su color. La tía Rosa abrió la boca enormemente, mientras que en Javier pude notar un leve cambio en la abertura de sus hinchados ojos. Por otro lado, yo seguía con mi cabeza a medio meter en mis hombros, mi mirada en el suelo y mi ojo izquierdo a medio cerrar. Esperaba una reacción próxima. Por supuesto, estaban petrificados. No fue sino hasta después de uno o dos minutos que la tía Rosa rompió el silencio de primero.
- ¿Dijiste que creías que te gustaban los hombres?
- Me temo que sí. Eso dije. – respondí sonriendo timidamente.
- ¿Qué pasó con Katia? – volvió a preguntar ella.
- Terminamos… porque me gusta alguien…
- ¡Qué bueno que terminaste con esa perra! Nunca que cayó bien – dijo Javier emocionado.
- ¿Terminaste con Katia porque te gusta un hombre?
- Bueno, no precisamente, pero… Da igual. Katia y yo terminamos.
- ¿Pero te gusta un hombre? – insistió Javier.
Asentí con un movimiento de cabeza.
- Estoy sorprendida. – dijo ella -. Pero no decepcionada… Aún así te quiero. Seas como seas. – luego se dejó caer en la silla que estaba al lado de la cama de Javier y soltó un suspiro. Nos miró a los dos -. Aunque nunca los pueda ver con hijitos o organizarles una boda… ¡La boda de mis queridos sobrinos!... – otro suspiro - ¡Pero no importa! Te quiero mucho, Daniel… A los dos.
- Gracias. – dije sonriendo y le di un abrazo.
- Dale un abrazo por mí a esa llorona, obsesionada con las bodas y los bebés. – dijo Javier.
Volví mi mirada a Javier, quien seguía tratando de sonreír con su cara morada.
- ¿Entonces? – le pregunté.
Él tomó una bocanada de aire y simuló un suspiro.
- ¿Qué quieres que te diga? – preguntó - Bienvenido al club, primo.

Parte XIV

Javier entró corriendo por la puerta principal de su casa. Más debería llamarla la casa de sus padres, porque estaba decidido a no volver nunca más a ella. Como era de esperarse, se veía vacía. Su pequeño núcleo familiar era muy adinerado en comparación al del resto de la familia. Pero a pesar de tenerlo todo en la vida se sentía miserable, pobre, vacío.
La casa era un hermoso condominio que su padre había comprado después de que le nombraran presidente de la compañía en la que trabajaba. Era bastante espaciosa y tenía muchos empleados. Pero aún así se seguía sintiendo solo.
Al entrar al vestíbulo recordó un poco su infancia.
Todas aquellas personas que le rodeaban en el colegio. Aquellos supuestos amigos que comenzaron a tener interés en él, sólo por el dinero. Odiaba tener que vivir en medio de mentiras e hipocresías. Por eso sabía que no podría conseguir amigos verdaderos. Un motivo más para sentirse solo, ni siquiera dentro de su casa, sino también en el mundo exterior.
Recordaba cómo algunos de sus compañeros le envidiaban. Deseaban tener la vida de lujos de la que él era afortunado. Juguetes por todos lados, viajes por todo el mundo, y un sinnúmero de beneficios. Lo que no sabían era que Javier hubiese intercambiado su modo de vivir a cualquier valiente que se atreviera a soportarlo.
Pero no bastaba con sentirse solo. Cuando empezó a crecer y sus hormonas burbujeaban como tiburones, se dio cuenta de que era diferente. Tenía un gusto que le asustaba. El simple hecho de pensar en ello le producía escalofríos, y la aterradora imagen de su papá aparecía ante sus ojos.
Era homosexual. Había pasado mucho tiempo rebanándose los sesos para retirar esos pensamientos prohibidos. Muchas veces había tenido masturbaciones forzosas pensando en una mujer, en vez de dejar volar su imaginación con los gustos que tanto le fascinaban. O en otras lloraba acurrucado en su cama, mientras se maldecía a sí mismo por ser quién era.
El único consuelo que tenía en aquella casa era su mamá. Una mujer asustada por el hombre que la desposó. Aterrada por el hecho de no seguir los comandos de su marido y quien siempre caya antes de oponerse ante el villano. Una mujer dulce y cariñosa que no hizo más que protegerlo de las pesadas manos de su esposo cuando llegaba borracho en la noche, o quien enterraba malas acciones que su hijo cometía. Esa mujer que seguía aguantando cientos de infidelidades salpicadas en su cara y quien ahora cargaba una cruz de cuernos sobre su cuello. Esa mujer que lo cuidó cuando hervía en fiebre; jugaba al escondite en el patio trasero; o lo abrazaba hasta que se durmiera en las noches de tormenta.
Por ella daría hasta su propia vida.
Caminó con paso decisivo y subió al segundo piso.
Lo había pensado una y otra vez durante toda la semana. La última vez que se encontró con su papá había sido en el almuerzo familiar, en donde las cosas no salieron tan bien como se esperaban. Había pensado ponerse en contacto con él, pero la única respuesta que obtuvo fue desprecios y miles de insultos.
No podía seguir con esta situación. Estaba cansado de tener que humillarse ante los demás por culpa de aquel desgraciado. Era la hora de huir. De abrir las alas con prontitud y volar fuera de ese nido de serpientes.
Mientras cogía una maleta de ruedas, se dirigía al armario y comenzó a doblar la ropa dentro de ella. No era la primera vez que pensaba en huir de casa. La idea originalmente le había surgido una noche cuando su papá llegó tremendamente borracho y lo agarró a golpes porque no se quiso levantar a servirle algo. Estaba harto de tener que soportar aquellos abusos, maltratos físicos y verbales. Su papá tenía impuesto un régimen de terror en su propia familia.
Aún recordaba el estúpido plan de escape que él mismo a los ocho años había pensado poner en marcha. Pero algo lo hizo cambiar de parecer. Esa misma madrugada y después de que Edmundo se durmiera en el sillón, su madre le sanó las heridas de su espalda y piernas. Ella se mostraba tranquila, pero sus manos temblorosas la delataban. Vio por primera vez la realidad de la situación. De inmediato se dio cuenta de que sí se iba, ella quedaría sola aguantando los maltratos por su cuenta.
Javier abrió otro bolsillo de su maleta y metió lo que parecía ser documentos, pasaportes y algunas visas. También sacó del borde de su cómoda un pequeño sobre de manila con un bulto de dinero dentro.
En repetidas ocasiones, Javier había intentado persuadir a su mamá para escaparse de la casa. También le propuso que se divorciara. Pero la respuesta siempre era la misma: Silencio.
Muy pocas veces la había visto reír con gracia. Se había entregado a los brazos de un hombre que dijo amarla, pero resultó ser todo lo contrario. Era la esclava de su marido. Edmundo sola la utilizaba como un muñeco de trapo para exhibirla en eventos de empresarios con sus familias.
Javier preparaba unas últimas cosas para meter en su maleta, cuando debajo de una de las sábanas encontró una fotografía suya con su madre. Los dos estaban sentados en un columpio de árbol. Javier no pasaba de los diez años. Los dos reían ante la cámara, Javier sentado en el regazo de su madre.
La miró por unos segundos. Unas cuantas lágrimas asomaron a sus ojos grises y rodaron por su pareja barba. La besó con cariño y la metió en el bolsillo de su saco.
Le dolía lo que iba a hacer. Iba a dejarla sola en la casa. Tendría que lidiar ella sola con los abusos, gritos, maltratos de Edmundo. Pero no tenía otra alternativa. Javier estaba decidido a salir de allí y reorganizar su vida, lejos de los malos recuerdos del pasado. En cuanto a su mamá, tenía confianza de que al ver que su hijo se fuera cansado de toda esa vida, tal vez ella tomaría la decisión de largarse.
Bajó la maleta al vestíbulo y luego se volvió para ver la casa de nuevo. Ahora lo único que faltaba era encontrar a su mamá y despedirse de ella. De camino a la cocina se encontró con una mujer de baja estatura y algo rechoncha. Tenía algunas canas en su pelo negro y largo, y llevaba un traje negro muy limpio. Era la empleada de la casa.
- Joven Javier, que alegría es tenerlo de regreso. – dijo abriendo los ojos al verlo. Su respuesta era sincera.
- Gracias, Sonia. Estoy buscando a mi mamá, ¿la ha visto?
Sonia se acomodó el vestido y aclaró su garganta. Su cara mostraba desilusión y tristeza.
- Doña Marta está en el cuarto, joven… ¿Quiere que le preparo algo de comer?
- ¿Lo volvió a hacer? – preguntó Javier furioso.
Ella se quedó mirándolo, nerviosa. Javier conocía esa mirada. Era la misma que ponía cuando Edmundo golpeaba a Marta.
- ¡Conteste! – insistió.
- Nadie vio nada, joven. El señor Edmundo dijo que se cayó por las escaleras…
- ¡Que ni crea que me como ese cuento! – Javier lanzó un puño y lo asestó en la pared que tenía al lado.
Javier corrió escaleras arriba de nuevo y entró en el cuarto de sus padres. Allí estaba Marta, sentada en un pequeño sillón puesto al lado de la ventana. Tenía puesta la ropa de dormir, y llevaba el pelo suelto y bien peinado. Sus ojos miraban por fuera de la ventana. En su rostro tenía un pequeño morado producto de la mano de Edmundo. Siguió examinándola y Javier encontró que su brazo izquierdo estaba envuelto en vendas.
La mujer se volvió asustada hacia la puerta y su semblante cambió al ver que era su hijo que se paraba ante ella. Los dos se abrazaron y se llenaron en lágrimas. Ella por el regreso de Javier. Él por la desdichada de su madre. Permanecieron así durante uno o dos minutos. A quién le importaba. Javier no quería soltarse nunca.
- ¡Ven conmigo, mamá! – le dijo en medio del sollozo.
- No puedo, hijo. – respondió Marta abrazándolo con más fuerza – No puedo.
- ¡Claro que puedes! No tienes por qué seguir aguantando semejante humillación ¡Mírate! – Javier la miró a los ojos y la tomó por las manos.
- Pero yo lo amo, Javier…
- Sabes una cosa… ¡El amor también se acaba! – le dijo Javier serio. Hizo una pausa. Ella lo miró confundida. – Me voy a ir de la casa. No pienso volver nunca más. Te voy a estar llamando y nos podemos ver. – Marta no pudo evitar dejar salir un llanto - ¡No te preocupes!, voy a estar bien. Pero antes de irme quiero que sepas una cosa: Si algún día decides largarte, tienes todo mi apoyo y mis brazos siempre estarán abierto para recibirte. ¡Hazlo por ti!... ¡Hazlo por mí!
Marta negaba con la cabeza. Los dos se volvieron a abrazar y Javier se despidió con un beso en la mejilla y un te quiero. Salió del cuarto y caminó hasta las escaleras. Su mamá lo siguió por detrás, con una mano en el pecho y la otra sobre su boca. No daba crédito a lo que su hijo le dijo. Lo estaba viendo partir más pronto de lo que esperaba. Sería lo mejor para él, para su futuro.
- ¡Con que el muchachito se digno a regresar! – una voz gruesa subió por las escaleras.
Los dos quedaron paralizados. Javier no pudo mover ni un solo centímetro más. Junto a la maleta que acababa de bajar, Edmundo estaba parado con la cabeza levantada y con expresión de seriedad. Los dos se miraron por unos cuantos segundos. Javier con cara de odio. Edmundo con ojos de satisfacción de ver que su hijo regresaba con el rabo entre las piernas.
- ¿Cómo le fue al defensor de los maricones? – Edmundo preguntó burlonamente - ¿No le ayudaron?
- Javier, vete. – le dijo su mamá por lo bajo, con voz temblorosa.
- No estoy aquí ni para quedarme, - dijo con fuerza Javier. Comenzó a bajar por las escaleras. – Ni para hablar estupideces con usted. Me voy a ir de la casa. Se lo dije, señor, muchas cosas van a cambiar de ahora en adelante.
Javier llevaba mucho del físico de su padre. Al quedar frente a frente, era como si hubiesen puesto a Edmundo delante de un espejo que le redujera los años.
Edmundo comenzó a ponerse rojo ante las declaraciones de su hijo y dibujó una sonrisa maquiavélica.
- ¿Con cuántos maricas se tuvo que acostar para conseguir plata? – preguntó con desprecio.
- No fueron muchos. – Javier respondió sin mutar la expresión de desafío en su rostro -. En realidad fue uno. Sucede que mi novio me ayudó en todo.
Sus palabras quedaron suspendidas en el aire. Marta ya había bajado las escaleras y se paraba en el borde del primer escalón llena de susto ante lo que pudiera venir después. Lo único que podía decir era Javier, vete ya, en voz baja y apagada.
La cara de Edmundo se congeló. Parecía no dar crédito a las palabras de su hijo. Javier aprovechó el momento, agarró la maleta y pasó por el lado de su padre.
- Adiós. – le dijo. Estaba a punto de abrir la puerta cuando la voz de Edmundo lo interrumpió.
- Usted no va a ningún lado, jovencito. – le dijo. Su voz sonaba como distante.
- Lo siento. Ya llamé a un taxi.
- ¡DIJE… QUE USTED… NO VA A NINGÚN LADO! – estaba vez un gritó salió de su boca.
Javier se dio media vuelta y se le quedó mirando. No podía negar que estaba un poco nervioso y las rodillas no le paraban de temblar. Pero por otro lado, estaba decidido a no cometer el mismo error de siempre: someterse a yugo de su opresor.
- ¡Edmundo, por favor, cálmate! – le decía su mamá.
- ¡CÁLLATE! – le gritó. Luego se dirigió a Javier – ¡USTED, JOVENCITO, QUÉ ES ESA FORMA DE CONTESTARME!
- Y, ¿qué quiere? ¿Que le celebre la fiesta y nos pongamos todos contentos? No, señor. Me largo de esta casa.
- ¡Javier, vete ya! – continuaba diciendo su mamá.
- ¡QUÉ SE CAYE, HE DICHO!...- exclamó Edmundo colérico. - Por favor, mírese, usted es un pobre diablo, idiota. Usted no tiene para donde ir. Sin mí quién sabe en qué antro se meterá…
- ¿Acaso fue que no escuchó bien? – Javier comenzó a levantar la voz – ME VOY PARA DONDE MI NOVIO… SÍ, PAPÁ, SOY GAY, MARICÓN, HOMOSEXUAL… COMO LO QUIERA LLAMAR. ME LARGO. ADIÓS.
La cara de Edmundo se enrojeció como un tomate. La vena de la cien se le pronunció exageradamente, y se podía ver cómo le brotaba el pulso. Empuñó lentamente las manos y dijo con voz temblorosa.
- Nadie… sale de esta casa… ¿Me escuchó, pedazo de imbécil? ¡NADIE!
Javier volvió solo su mirada esta vez. Sus ojos brillaron de triunfo. Esperó unos cuantos segundos para que la rabia de su papá creciera y después dijo:
- ¡Oblígueme! – y con estas palabras, Javier se abrió paso por la puerta y salió a la calzada.
Lo que pasó a continuación fue cuestión de unos segundos.
Edmundo salió corriendo detrás de su hijo y lo alcanzó a medio camino de la calzada. Lo agarró por el cuello, lo empujó hacia atrás y le asestó un fuerte puño en toda la cara.
Javier cayó de bruces, tumbando la maleta al suelo. El hombre enfurecido cogió a Javier sobre el suelo, lo levantó de nuevo con otro tirón de su camisa y alzó la mano para asestarle otro puño. Pero estaba vez Javier lo respondió. Alzó su mano y le propinó un derechazo fuerte en el pecho.
El hombre cayó arrodillado, casi sin aire, mientras Javier se arrastraba con la cara ensangrentada. Pero Edmundo no se daba por vencido. Cogió a Javier por la bota del pantalón y lo arrastró con fuerza. Se montó sobre él y comenzó a propinarle varios golpes en la espalda. Javier gritó de dolor. ¡Estaba matándolo!
Después de dos segundos, comenzaba a faltarle el aire y estaba empezando a perder la consciencia. Fue entonces cuando los golpes cesaron y el peso del cuerpo de Edmundo desapareció. Se dio media vuelta con torpeza y allí los vio tumbados en el suelo.
Marta había saltado sobre su marido y ahora le daba cachetadas con la mano derecha, la que no tenía envuelta en vendas. Gritaba desesperada, como una loca, mientras sus lágrimas se confundían con el sudor de su frente.
Edmundo estaba un poco confundido al principio, pero después reaccionó y le agarró de la mano con fuerza. La mujer ahogó un chillido de dolor. Edmundo comenzaba a torcerle el brazo hacia un lado. ¡Se lo iba a partir!
- ¡NO SE ATREVA! – gritó Javier. Podía sentir el sabor a sangre.
Se levantó reuniendo energías de donde no las tenía y trató de correr hasta ellos. ¡Cómo le dolía la espalda! Su padre empujó a Marta hacia el suelo y le dio una cacheta, dejándola inconsciente.
El hombre se levantó, se limpió la sangre de su nariz rota y volvió a coger a Javier por el cuello de la camisa. Lo alzó lo suficiente para verlo directo a los ojos. Javier sintió su agitada respiración.
- ¡Ningún… NINGÚN hijo mío es marica! – dijo entrecortadamente.
- Entonces… - tragó sangre – Entonces, no soy su hijo.
Edmundo abrió los ojos llenos de rabia. Levantó la mano por encima del hombro y volvió a pegarle. Javier cayó al suelo agotado. La cabeza le dolía como si cien puntillas le penetraran de adentro hacia fuera. Escupió una bocanada de sangre al suelo. Perdía el conocimiento. Solo esperaba a que su padre lo levantara de nuevo y le diera otra tunda.
Pero no fue así. Escuchó sus pasos desaparecer en el otro lado de la calzada. Luego, el motor de un carro se encendió y las luces de este iluminaron el suelo. Podía escuchar el grito de los grillos al cantarle a la noche. Este sería el fin, pensaba. Edmundo le pasaría el carro por encima.
No podía ponerse en pie. La espalda lo estaba matando, no tenía suficiente aire en los pulmones y su cabeza le daba vueltas. Simplemente cerró los ojos y esperó a que el auto lo matara.

Parte XIII

Le había descubierto su plan. Sabía que Oscar estaba tratando de alejarme de Eduardo y que lo iba a traicionar junto con el plan de Katia. Lo había descubierto.
Una serie de pensamientos, palabras muy fuertes contra Oscar y una ira que me producía un nudo en la garganta, crecieron en mi cabeza sin control. Iba de un lado para otro, removiendo papeles, ropa, o cualquier cosa que encontrara en el suelo de mi cuarto. Trataba de mantener mi mente ocupada. Pero era imposible. No podía dejar de pensar en lo que el muy sínico me había dicho aquella tarde.
Aléjate de Eduardo. ARGGGHHH, ¡pero qué imbécil! Aún no lo podía creer. Mis manos temblaban cuando levantaron un libro de matemáticas. ¡Cómo odiaba esa materia, también! Doblé mi brazo y lancé el libro contra la pared, asestándolo dentro de la cubeta de basura.
Después de todo lo que me había dicho aquel cretino. Toda esa basura de ser quien eres y no sé que más cosas que me decía… ¡Llegué a pensar que todo era verdad! Empuñé mi mano. Se había comportado como todo un buen amigo, un caballero. Me había ayudado a sentirme bien cuando el momento me desesperaba y después de un tiempo comencé a querer estar a su lado más tiempo.
ARGGHHHHH, me arrepentía de haber pensado lo que había pensado de él. Me arrepentía de haberlo conocido, de querer ser su amigo, de...
Tiré un montón de basura en la cubeta y caminé cerca de la ventana. El sol estaba desapareciendo y una débil luz rojiza entraba en el cuarto. Podía ver el frente de mi casa. Los pocos carros aparcados en los garajes y algunos niños jugando en las aceras. Mi mirada se detuvo en uno de aquellos niños. No sobrepasaba los cinco años. Jugaba con unos aviones de juguetes. Una pequeña niña de su misma edad lo acompañaba. Conocía al pequeño desde cuando era un bebé. ¡Qué inocencia! Estos dos pequeños ángeles no se preocupaban por nada. Simplemente se divertían, alimentaban y dormían felices en sus alcobas.
Deseé ser un niño. Deseé nunca crecer y quedarme así por el resto de mi vida. Ser una adolescente era un infierno. Con todo esto de las hormonas. Y aún más, cuando se añade un ingrediente sorpresa a tu juventud. Eres homosexual.
Entonces me sentí un poco mareado, como después de haber recibido una cachetada. Me sostuve del borde de la ventana solo por si me caía de bruces. Me había dado cuenta de algo. Había estado tan concentrado pensando en otras cosas que no me había fijado en lo principal: ¡Oscar era homosexual!
Mis manos alcanzaron mi boca y los vellos de mi nuca se erizaron. Era imposible. Quiero decir, nunca lo había notado. Pensé que Oscar estaba enamorado de Sara, la mejor amiga de Katia. En realidad, todo era muy confuso…
Entonces, como si otra bofetada me diera de nuevo, me di cuenta de otro asunto. Esta vez me cogió con mucha más fuerza. No solamente había comprobado de que a Oscar le gustaba Eduardo, sino que ahora él sabía que yo…
Esta vez me agarré firmemente al borde de madera. Ahora alguien ya sabía que me gustaba Eduardo… ¡Ahora, Oscar supondría que era homosexual!
- ¿Acaso ya no lo eres? – la vocecilla en mi cabeza de nuevo.
- Yo… no sé…
- Pensé que tenías resuelto todo esto…
- Aún no ¡Es muy pronto!
- Pero no hay nada de malo en ser tú mismo, ¿recuerdas?- ¡Oh, cállate!
Las piernas y manos comenzaron a temblarme. Sacudí mi cabeza para concentrarme en el problema real, no en situaciones aún confusas…
Me había delatado. Me había dejado llevar por la rabia momentánea que me produjo el comentario de Oscar, que dejé salir todo lo que pensaba. ¿Por qué no me había podido controlar? No había pensado muy bien en las consecuencias de mis palabras. Pude haber dicho otra cosa. Pude haberle mentido, diciéndole que me alejaría de Eduardo, así todo estaría bien.
Y, ¿si Oscar utilizaba lo que ahora sabía en mi contra?
Estaba a punto de tirarme en la cama cuando el sonido de unas llantas al frenar con apuro entró por la ventana. No reconocí a primera vista el carro hasta que una mujer con el pelo bien peinado, vestida con uniforme deportivo, se bajó del carro y caminó con paso apresurado por la calzada.
Era la tía Victoria. No iba sola. Detrás de ella iban sus dos hijas gemelas.
Di un largo suspiro y me tiré en la silla de mi computador. No quería bajar al primer piso. No tenía la paciencia suficiente de aguantarme los comentarios desagradables entre mi tía y mi mamá. Porque es que las dos eran muy buenas amigas. Se conocían desde hacía mucho tiempo. La tía Victoria era la hermana de mi papá, y supe que mis papás se conocieron fue gracias a ella, quien siendo compañera de salón de clase de mi mamá arregló una cita para los dos.
La tía Victoria era manipuladora, estricta y chismosa. Estaba pendiente no solo en lo que sucedía en la familia, sino también en la de todo el mundo. Estaba casada con Roberto, un cirujano plástico arruinado por los cientos de problemas judiciales adjudicados a la clínica clandestina e ilegal que llevaba su nombre y que él mismo atendía. Tuvieron que pagar una fianza a los pacientes de mucho millones, lo que casi lleva a la familia al derrumbe. Pero ahora, era la misma tía Victoria quien trabajaba y sostenía las finanzas, ya que a Roberto le suspendieron su licencia de trabajo por el resto de su carrera..
- ¡Daniel!
Volví mi cabeza asustado y me percaté de dos pequeñas figuras completamente idénticas. Venían vestidas en falda de diferentes colores, con el cabello recogido y un poco de lápiz labial rojo en sus diminutos labios.
- ¡Hola, niñas! – saludé a las hijas de mi tía Victoria.
- ¿Nos llevas a jugar al parque? – preguntó Josefina.
Perla había saltado sobre mi cama y comenzaba a dar brincos tratando de alcanzar el techo.
- ¡Quiero tocar el cielo! – gritaba.
- Primas, no puedo ir al parque ahora. Estoy ocupado. – dije.
Josefina se tiró al suelo y puso cara de puño. Era la típica reacción que un niño malcriado toma cuando se le niega algo que desea. Mi tía Rosa no hacía sino criticar la manera en que la tía Victoria criaba a sus dos hijas. Siempre que ellas pedían algo, la tía Victoria se los daba con tal que no le estorbaran.
- Y tanto que habla del culo de los demás… - recuerdo que había dicho.
Sin embargo, no era el momento para que estas dos niñas se aparecieran y me jodieran la vida, y segundo, yo no era como sus padres.
- ¡Se salen las dos de inmediato! – ordené. Creo que la furia que tenía en ese momento se mal dirigió hacia las gemelas.
- ¡NO! – gritó Josefina tumbándose de espaldas.
- ¡Quiero tocar el cielo! – los tornillos de mi cama comenzaron a sonar.
- ¡Qué se salgan de mi cuarto, ahora! – les grité.
Josefina abrió los ojos y acto seguido comenzó a revolcarse como si estuviera teniendo una convulsión. Movía los brazos y piernas descontroladamente, produciendo un chillido espantoso.
- ¡Quiero ir al parque! – gritaba.
- ¡Y yo tocar el cielo!
- ¡Lárguense! – grité de nuevo. – Le voy a decir a su mamá.
Era inútil. Si alguien iba a perder esa batalla, ese iba a ser yo, definitivamente. Salí del cuarto pasando sobre Josefina, quien seguía con su convulsión malcriada, y bajé hasta la cocina. Aún podía escuchar los chillidos y brincos de las dos niñas. Estaba cansado que siempre fuera el mismo embrollo cada que las dos mocosas venían a mi casa. ¿Cómo no se me había ocurrido cerrar la puerta primero?
Lleno de mucha adrenalina y casi que ensayando lo que le iba a decir a la tía Victoria sobre sus hijas, llegué a la puerta de la cocina y unas voces que llegaron desde la sala llamaron mi atención. Eran voces de murmullo, como de secreto.
Me detuve en seco y asomé mis ojos por la pared. En uno de los sillones de la sala principal estaba sentada la tía Victoria. Tenía las piernas cruzadas y sostenía una taza de café sobre sus manos. Del otro lado de la mesa de centro, estaba mi mamá, con la cara tan blanca como el papel, mirando a la tía Victoria con ojos de sorpresa.
- No lo puedo creer, - decía mi mamá -, ¿por qué lo hizo?
- Al parecer Edmundo estaba completamente fuera de sí. – respondió la tía Victoria, refiriéndose al papá de mi primo Javier -. No lo podemos culpar, Brenda. Al pobre Edmundo le tocó una familia desastrosa.
Mi mamá dejó la taza de café sobre la mesa y se acomodaba sobre su asiento en señal de desacuerdo.
- Pero no es la manera de solucionar las cosas, Victoria. No podemos permitir que la gente vaya golpeando a los demás solo por un ataque de furia.
La tía Victoria lanzó una expresión de asco y desacuerdo, y volvió a dar un sorbo a su café.
- ¡Tú siempre con sentimentalismos! – le dijo -. En fin… No te he terminado de contar todo. Siempre me dejas a la mitad.
- ¿Hay más? – preguntó mi mamá, colocando una mano sobre su pecho.
- Javier volvió a aparecer. – abrió los ojos y los escondió detrás de su tasa, mientras le daba un último sorbo. Yo también me sorprendí.
- ¡Al fin! Y, ¿cómo está?
- Por lo que sé, está de maravilla. Pero no te ilusiones, Brenda, porque fue como los fantasmas. Así como aparecen, desaparecen en un abrir y cerrar de ojos.
- ¿Cómo así? ¿Se volvió a ir?
- ¡Claro! Ese muchachito está más que perdido. Volvió a la casa, sacó unas cuantas cosas y luego se volvió a largar. Ahí fue cuando Edmundo se puso furioso y arrancó a golpes contra la tonta de su esposa. – la tía Victoria soltó un suspiro y siguió el ejemplo de mi mamá, dejando la tasa sobre la mesa y acomodando su espalda al sillón.
- Pero, ¿por qué? – preguntó mi mamá queriendo saber más. – Quiero decir, ¿cuál es el motivo de que ese muchacho sea así? Lo tiene todo en la vida: dinero, universidad, lujos, buena familia… No lo entiendo.
- Ah, mi querida Brenda. Es que no sabes el chisme que anda rondando por ahí. – atajó la tía Victoria con un destello de luz en sus ojos.
- ¿Chismes? ¡Cuéntame!
La piel se me erizó. Sabía qué venía. Agarré con fuerza el borde de la pared y solo esperé lo peor. La malvada mujer se acomodó.
- Yo no lo he querido decir, pero he escuchado de que Javier es… - bajó la voz – De que es… marica.
Mi mamá ahogó un grito en sus manos. La tía Victoria esbozó una sonrisa mediana al ver la reacción de mi mamá.
- ¡No puedes hablar en serio!
- Tan serio como me llamo Victoria. – dijo.
- Esto no puede ser posible… ¡Mira, se me erizó la piel! – le señaló un brazo -. Es que es increíble. Dios mío, esto es… es…
- Es una vergüenza para el nombre de la familia. Sí. – terminó la tía Victoria.
Hubo un momento de pausa, en donde mi mamá meditaba lo que acababa de conocer. Se notaba que estaba nerviosa, porque sus manos temblaron al coger la taza de la mesa. De la misma manera me sentía. Toda la verdad ya se había destapado. Toda la familia ya se enteraría de las inclinaciones sexuales de Javier y se armaría una tremenda polémica. Un miembro gay en la familia. Ya podía ver las caras de sorpresa, desacuerdo, y tal vez asco al saberse la noticia. No solamente Javier tendría que vivir la humillación y el no apoyo de todos, sino que también estaba pasando por un momento de crisis en donde su papá maltrataba a su madre.
Unas cuantas lágrimas asomaron a mis ojos.
- ¿Tú crees que pueda ser verdad? – señaló mi mamá.
- ¿Qué? ¿Lo del pobre de Javi? No creo que quepa la menor duda.
- Y, ¿esto lo sabrá Edmundo? – preguntó un tanto asustada mi mamá.
- ¡Quién sabe!... Supongo que no porque sino el hombre acabaría muy mal. ¿Te imaginas? ¿Un hijo marica?
- ¡SHHH! ¡Cállate! – sacudió las manos mi mamá - ¡Dios no te oiga!
- Además, Edmundo ya hubiera acabado con ese muchachito. No me sorprendería que lo dejara en la calle… Se lo merece.
Mi mamá ahora miraba de reojo a la tía Victoria. Su expresión era de confusión. Podía sentir que algo le removía el corazón. Como si quisiera decir que debían apoyar al Javier… Pero como era de esperarse, bajó la mirada y prefirió callar.
- Al principio no lo creía. Estaba espantada con la noticia. Pero me puse a pensar y,… con esto no quiero parecer chismosa,… pero el otro día vi algo que me dejó pensando…
La tía Victoria tenía esa mirada que siempre ponían cuando estaba a punto de lanzar una mentira. Con los años había aprendido a reconocerla.
- Iba con mi marido en el taxi después de un cóctel de esos de trabajo, tú sabes, y me pareció verlo salir de uno de esos prostíbulos para homosexual…
- ¡Dios, santo! – mi mamá se llenó el pecho con cruces.
No podía seguir escuchando. Me alejé de la pared y me encerré en el baño del primer piso. No había marcha a atrás. Javier no tenía ningún otro remedio que admitir que era homosexual ante toda la familia. Debía de estar destrozado. Debía sentirse muy solo y sin apoyo… Así me hubiese sentido yo.
Entonces, fue cuando me puse en los zapatos de él. Imaginé por unos segundos cómo sería el hecho de que mis papás se enteraran de que su hijo varón es gay. Definitivamente me hubiese sentido solo. Mis papás me echarían de la casa y no tendría a dónde ir. No conocía a nadie quien me ayudara a levantarme de aquel problema tan espantoso. Toda mi piel se erizó, de nuevo. Sentí cómo un escalofrío subió por mis pies, hasta llegar a mis manos. Las cerré con fuerza, al igual que mis ojos.
Tenía que darle una mano a Javier. Necesitaba dejar el miedo de enfrentarlo después de saber lo suyo, y darle todo mi apoyo a esa persona que tanto quería. Él había estado conmigo en las buenas y en las malas. Ahora, era mi turno de ayudarlo en tan crítica situación.
Limpié un par de lágrimas que enjuagaron mi rostro. Cuando crucé el pasillo que comunicaba con la puerta principal, llamé la atención de mi mamá quien preguntó.
- ¿A dónde vas?
- Voy a casa de un amigo. Regreso tarde. – dije.
No hubo respuesta. Las dos mujeres seguían sumidas en chismes.
El carro de mi papá ya había sido reclamado de los patios esa semana. Puse el motor en marcha y arranqué la máquina a toda velocidad,… rumbo a casa del novio de Javier.

Recorrí todo el trayecto concentrado en lo debía decirle a Javier. Estaba pensando en contarle toda la verdad, hacer de mi tan parecida orientación sexual a la suya. Pero otra parte de mi me retenía. Era un miedo indescriptible que hacía que mi pierna pisara con más fuerza el acelerador.
Aparqué el carro en un estacionamiento ubicado cerca al parque. Cuando me bajé del auto, me quedé observando el lugar con detenimiento. Era un parque muy solo y algo oscuro. Había un juego de columpios, resbaladeros, pasa manos y la preferida de niño: la rueda.
Recordé que cuando iba al parque, me gustaba subirme a la rueda y dar tantas vueltas como fuera posible. Esa sensación de euforia que sientes cuando el mundo gira y gira a tu alrededor era maravillosa. Siempre me había gustado sostenerme de las barras y ladear mi cabeza hacia atrás, sentir la brisa recorriendo en mi pelo y ver cómo el mundo se desbarataba al revés.
Mi mundo se estaba desbaratando ahora. ¡Y al revés!
Sonreí y caminé hacia el grupo de edificios ubicado cerca al parque. Pero mientras caminaba, mis ojos se encontraron con un punto distante de este. Un pequeño camino que se abría por en medio de dos matorrales. Había sido aquella noche tormentosa cuando me enteré de que Javier era gay. Había corrido como un loco espantado y me escondí detrás de esos árboles, para golpearme con fuerza. Y la persona que me salvó en esa ocasión fue Oscar.
Ahora, al pensar en el nombre Oscar solo me imaginaba la falsedad con la que hablaba. Aparté la mirada, borré toda palabra de él en ese momento, y seguí caminando.
El edificio era un poco diferente a como lo había visto el otro día. Era muy bonito y elegante. Dio un paso y alargué la mano para tocar el timbre del número del apartamento, pero en ese momento la puerta del edificio hizo un chirrido y se abrió.
Un joven que rondaba un poco más de mi edad apareció en el otro lado de la puerta. No era el más simpático del mundo, pero era agradable a la vista. Tenía ojos pequeños color café y su nariz estaba algo torcida (tal vez un golpe cuando estaba pequeño). Llevaba puesta una gorra de deporte, una camiseta color negra y unos pantalones cortos de deporte también. Era un poco más alto que yo, y también más acuerpado. Pero del tipo acuerpado que no necesariamente tiene músculos.
Nuestras miradas se cruzaron y nos quedamos quietos. Esperando quién de los dos reaccionaba primero. Fue él quien rompió el silencio.
- ¿Le puedo ayudar en algo? – preguntó amablemente.
- Verá… Estaba por tocar el timbre para avisarle a mi primo que llegué de visita… imprevista. – respondí algo serio.
El chico se quedó mirando con ojos inquisidores.
- ¿Cómo se llama su tal primo?
Me sorprendí con la pregunta. ¿Quién se creía este para hablarme en ese tono? Creó que debió ver la expresión de mi rostro, porque enseguida sus ojos se suavizaron y comenzó a decir…
- Oiga, lo siento. Lo que pasa es que este es un sector algo peligroso y nunca falta el ladrón que merodee. – tomó aire y agregó – Ya me pasó. Una mala semana.
Dio un gran suspiro, seguido de otro silencio. Pude ver cómo su rostro se tornaba algo rojo. Traté de ser amable haciendo lo típico en estos casos. Dibujando una sonrisa.
- No se preocupé. Lo entiendo. Ahora, si me disculpa… - me disponía a tocar el timbre pero el tipo me interrumpió.
- Lo puedo dejar entrar, si usted quiere. – dijo.
Le quedé mirando por unos segundos.
- Dice que viene de visita imprevista… ¿No quisiera hacerla más inoportuna de lo que es? – preguntó con una sonrisa en su rostro.
Seguí mirándolo con detenimiento. No tenía mucho tiempo que perder con aquel sujeto. Mi primo me necesitaba.
- De acuerdo. – le dije finalmente. – Gracias.
Pase por el lado del muchacho, quien sostuvo la puerta con su espalda. Estaba a punto de pisar el primer escalón, pero las palabras de aquel sujeto me hicieron detener.
- ¿Esas son sus llaves? - señalaba algo sobre el suelo.
Efectivamente, eran las llaves del carro de mi papá. Sería imposible no reconocer el llavero de la empresa con el logotipo donde trabajaba.
Igualmente, cuando me disponía a recogerlas, él se me adelantó y las levantó. Los dos quedamos frente a frente. Él con las llaves en lo alto y yo con la mano extendida.
- De nuevo, gracias. – le dije amablemente.
- No hay problema. – dijo, esta vez la sonrisa de su rostro mostraba más seguridad. Levantó la mano derecha – Me llamo Esteban.
Pensé dos veces antes de estrecharle la mano a un completo desconocido. Luego le seguí el juego y nos saludamos con cordialidad.
- Eduardo. – mentí, dando un apretón de manos un poco débil. ¿Qué se suponía que dijera? Podría tener algo en su mano. Uno nunca sabía. Había escuchado de gente robada por culpa de una droga que les echaron sus delincuentes.
- ¡Bien! – dijo volviendo a su lugar. – De nuevo, le pido disculpas por mi grosería… No fue mi intención.
- No se preocupe, Esteban. – retrocedí unos cuantos pasos hacia atrás -. No quiero parecer grosero, pero tengo que irme ahora.
- ¡Oh! Sí, sí. Está bien. Fue un placer conocerlo. – dijo saliendo a la calle. Antes de cerrar la puerta, echó un último vistazo y después desapareció.
Un poco confundido por aquel suceso, subí las escaleras que me llevaron al piso donde vivía el novio de Javier. Cuando llegué a la puerta estaba un poco más relajado. Al parecer aquella distracción inesperada había hecho que mis nervios se calmaran un poco. Alargué mi mano. El timbre se alcanzó a escuchar desde fuera. Después de unos segundos, se escucharon pasos del otro lado y Juan Carlos apareció.
Su expresión no era la mejor. Tenía los ojos y nariz un poco rojos de llorar, tal vez. Al verme parado por segunda vez en esa semana en frente de su apartamento se enderezó y su cara mostró alivio.
- Daniel, qué bueno que está aquí.
Me había esperado otra cosa menos este recibimiento. La última vez Juan Carlos había pensado que era el amante de Javier. Y no quiero ni imaginar qué era lo que había pensado hacerme en ese momento.
Juan Carlos me tomó por el brazo y en señal para que entrara. El apartamento estaba muy bien organizado. Todo parecía sacado de una revista de muebles. Tenía una aspecto moderno y todo rebozaba de brillantes e iluminación natural. Aunque el sol ya estuviera ocultándose.
- No sabe lo aliviado que me siento de que venga a visitar a Javier. – el tono de su voz mostraba sinceridad.
- ¿Cómo se encuentra? – pregunté.
- Destrozado… No ha sido fácil para él. Sobre todo después de lo que le hizo su papá…
- Sí. Me enteré que golpeó a mi tía. – respondí con las palabras dichas por la tía Victoria.
La expresión de Juan Carlos se tornó un poco más seria. Sacó un pañuelo para secarse unas cuantas lágrimas de sus ojos. Tomó un poco de aire, como tratando de controlarse.
- Entonces Javi tenía razón… Ese desgraciado aún así le pegó… - parecía romper en llanto, pero mi pregunta lo interrumpió.
- ¿A qué te refieres?
- Me imagino que solo sabes la versión que se conoce en tu familia. – dijo sosteniendo el pañuelo con fuerza. Sinceramente, no me parecía homosexual. Tenía una versión dibujada de unos gays muy afeminados. Tal vez este era una excepción.
- Lo que sé es que Javier apareció en la casa, recogió unas cosas y se marchó. A Edmundo no le gustó y en un ataque de furia golpeó a su mujer muy fuerte… - respondí algo preocupado por la expresión de Juan Carlos.
- Eso no es cierto. La versión es otra. Quiero que la veas tú mismo.
Se dirigió a uno de los cuartos a su izquierda. Abrió la puerta con delicadeza y luego me hizo una señal para que entrara.

Lo que vi me partió el corazón.

Parte XII

Después de haber limpiado algunos pasillos y ordenado los pupitres de los salones del primer piso, llegué exhausto a casa y sin ánimos de atender a mis deberes. Por supuesto, la cena ya estaba servida, pero seguí derecho a mi cuarto, apenas saludando, para evitar empezar una nueva discusión con mi mamá.
Dejé caer todo el peso de mi cuerpo sobre la silla del escritorio. Una pequeña mesa algo desgastada por los años y tal vez por el agua que derramaba sin darme cuenta. Una gran pila de papeles, libros, vasos con bebidas a medio terminar y paquetes de papas que comía cuando me quedaba tarde en la noche estudiando, era lo que se podía ver. Además del enorme y viejo computador que había heredado de mi hermana.
Pasé una mano por mi cara y lancé un profundo suspiro que creo duró más de lo esperado. La única palabra que cruzaba por mi mente era el mismo nombre de aquel muchacho de ojos azules. Su nombre daba vueltas una y otra vez, como paseando en círculos por mi cabeza, incapaz de salir de la misma monotonía.
Oscar…una vuelta más,… Oscar… otra vuelta,… Oscar… de nuevo en el mismo punto, creo que se sentía en la parte frontal de mi cerebro,… Oscar… ¡Oscar!
Me levanté de un salto y caminé con lentitud al enorme espejo de pared. Pasé la mano por mi frente, temiendo que el nombre fuera a quedar impreso de tanto pensar en él. ¿Qué diablos me pasaba? No podía dejar de sentirme mal el saber que no se sentía bien. Volví a tomar asiento. Era normal que estuviera preocupado por su salud. Después de todo ahora éramos amigos. Sin embargo, me estaba sobrepasando.
Presioné una mano sobre mi pecho. Una pequeña ansiedad comenzó a crecer en mí. Volví a levantarme de un salto, casi tumbando la silla, y mis pies caminaron de arriba hacia abajo, por el ancho cuarto, tratando de disminuir aquella sensación.
Oscar… su nombre seguía metido allí.
Sacudí mi cabeza y traté de pensar en Eduardo, el chico que verdaderamente me gustaba. Él era perfecto y sabía, aún teniendo los ojos cerrados, que estaba muy interesado en mí. No podía estar pensando en Oscar en estos momentos. Y menos cuando los dos, me refiero a Eduardo y Oscar, eran los mejores amigos en el mundo.
¿Qué le habrá pasado?, pensé después de unos segundos. Había estado de muy buen ánimo y sin señales de enfermedad mucho antes de que Eduardo apareciera. Su sonrisa apareció ante mis ojos. Aquellos labios delgados y sus dientes un poco desordenados la hacían ver como la más linda de las sonrisas…
¡Enfócate, Daniel!, me dije a mí mismo.
Tal vez debería llamarlo. Simplemente para comprobar que estaba bien. Que nada malo estaba pasándole y que iría mañana al colegio. Un día de estudio sin él podría convertirse en una pesadilla de aburrimiento.
- Sí, eso es. Estoy preocupado porque la única escapatoria del tedio diario en el colegio es Oscar, con sus comentarios divertidos. – traté de convencerme.
Agarré el teléfono sin pensarlo dos veces y marqué los números en un solo acierto. El tono demoró unos cuantos segundos, y después el timbre viajó por mis oídos.
- ¿Aló? – contestó una voz al otro lado del auricular.
- Bue… buenas tardes, - no sabía qué decir -, estoy buscando a Oscar.
- ¿A quién?
Medité por unos segundos.
- Oscar Centeno…
- Muchacho, está equivocado. Esta es la familia Mejía
Tiré el auricular con rapidez. Me quedé mirando el aparato con ojos fijos y llenos de sorpresa. No había marcado el número de la casa de Oscar, sino los de Eduardo.
¡En qué estoy pensando! Cerré los ojos con fuerza y me tiré en la cama, con la cabeza presionada a la almohada y ahogando un fuerte grito de desesperación. ¿Qué me está pasando?
No bastaba el hecho de que tratara de aceptar mi cambio de sexualidad, sino que ahora estaba queriendo a cuanto hombre se cruzaba o relacionaba en mi vida social. Era sencillamente estúpido. Algo que no tenía ningún fundamento lógico. No podía estar sintiendo algo por Oscar. Apenas lo conocía. Eduardo había tardado algún tiempo para que me diera cuenta que verdaderamente me atraía, como para que ahora viniera este chico (apuesto, eso no lo podía negar), y su nombre estuviera estancado en mi cabeza y mi pecho me impulsara a acciones como llamarlo a la casa sin motivo alguno.
- ¿Estás bien ahí adentro? – preguntó la voz de mi papá desde la entrada.
- Perfectamente. – contesté. No había sonado muy convincente.
- ¿No quieres bajar a comer?- No, no tengo hambre. Estoy ocupado en este trabajo de Literatura.
- Dile que tiene al menos que tratar de comer algo. – era la voz de mi mamá.
- Ya dijo que no tenía hambre…- parecían no darse cuenta que no estaban hablando en voz lo suficientemente baja como para que no los escuchara.
- ¡Díselo!
- Tú mamá dice que aún así tienes que comer algo… ¡Oye! ¿Por qué me pegas?
- ¡No sabes dar una razón!...
– dijo furiosa – Hijo, si quieres puedes venir abajo y comer algo. Era la típica reacción de los padres cuando uno de sus hijos están metidos en problemas, llega del colegio, y lo único que hacen es encerrarse en el cuarto, como queriendo decir que están deprimidos y que se sienten culpables. Sonreí. No me sentía culpable por lo que había hecho y por el castigo ganado. Mis problemas sentimentales sí eran un tema por el cual querer estar a solas unos instantes.
- Te prometo que bajaré a comer algo más tarde, cuando tenga hambre. Ahora estoy ocupado.
Ninguno de los dos hablaron después de unos contados segundos.
- Dejémoslo solo, Brenda. Él estará bien.
- Esta mañana lo regañé muy fuerte. Debe sentirse horrible…Que te rinda con el trabajo, Daniel
– alzó la voz despidiéndose, y acto seguido sus pasos se escucharon bajando las escaleras.
Esa noche no dormí muy bien. La mayor parte del tiempo me la pasé dando vueltas por la cama y sudando como un deportista. Mi cuerpo estaba sobre llamas y mis pensamientos parecían gritarme con fuerza. Traté un par de veces dejar de pensar, pero fue imposible. El nombre de Oscar aparecía una y otra vez; en el mismo círculo.
Unas semanas antes había leído un artículo en la sección de ciencia en el periódico en donde explicaban sencillos pasos para la auto hipnotización. Era el momento perfecto para ponerlos en práctica. Según el artículo debíamos fijar nuestra mirada a un objeto no muy lejos de dos metros y estático. Luego, relajar nuestro cuerpo y mantener una respiración constante y calmada. El siguiente paso era repetir una frase, como: me quedaré dormido cuando cuente hasta diez, o mis ojos pesarán cada vez más y mi cuerpo se relajará. Esto al mismo tiempo que se sostenía la mirada en el objeto. El conteo comenzaba a tener éxito, mis ojos estaban pesándome y mi cuerpo se sentía relajado. Pero para cuando llegué al número seis, la frase repetitiva se vio interrumpida por el nombre de Eduardo, y el efecto de hipnosis se perdió efecto.
El sol se asomó por la ventana y sus rayos entraron sin permiso alguno para iluminar el desorden de papeles, ropa y zapatos, e innumerables libros regados por el suelo.
El reflejo que me devolvía la mirada en el espejo era el de una persona que no ha dormido en siglos, sin mencionar el desastroso morado que no parecía curarse. Ninguno de mis papás mencionó nada del incidente en el colegio y el desayuno estuvo lleno de un silencio ensordecedor. Me había esperado una charla familiar, con mi papá a la cabeza de la mesa y mi mamá posando tiernamente a su lado, simulando una de esas jóvenes mujeres que promocionan objetos costosos e inservibles por televisión. Hasta había preparado un pequeño discurso de disculpa por mi extraño comportamiento en los últimos días. La escena se asemejó a la de un funeral. Solo se escuchaba el repicar de los cubiertos al chocar en los platos.
De esa misma manera fue todo el trayecto hasta la entrada del colegio. Estuve muy cerca de preguntar qué era lo que sucedía, pero me vi interrumpido por el beso de despedida de mi mamá.
- Que te vaya bien, mi amor.
La decoración del colegio seguía teniendo el mismo colorido y aire a la víspera de la fiesta de Halloween. La excitación entre los estudiantes rondaba las sonrientes caras en el inmenso pasillo. Todos irían menos yo. Era mi último año y me lo perdería todo.
Bajé mi mirada y caminé por en medio de todos casi arrastrando los pies.
- ¡Pero cambia esa cara! – la voz de Vick apareció en frente.
- Es la única que tengo – saludé.
Él se me quedó viendo extrañado.
- ¿Qué te pasó en la cara? Tienes un morado enorme.
- Ha, Ha. Muy gracioso. – dije -. ¿Has sabido de Oscar?
- Sí. El muy bastardo se digno a venir al colegio de nuevo. Se fue directo al salón de su próxima clase. Me dijo que no se sentía muy bien ayer y que por eso sus papás lo vinieron a recoger. – parecía burlarse de sus propias palabras -. Para mí que le dio miedo limpiar baños.
- ¿No te dijo qué tenía?
- Hummm, - pensó por unos segundos -, mencionó algo sobre fiebre y dolor de cabeza.
- ¿Crees que estará bien? – mi preocupación aumentó.
- Sí, sí, sí, - agitó de nuevo la mano esta vez para borrar mi pregunta -. Lo que pasa es que al pobre le da muy duro.
- ¿Qué?
- Eso de la menstruación, tú sabes – respondió y soltó su particular risa fuerte -. Pero eso no era lo que quería hablar contigo. Tengo que contarte algo.
Alcé mi mirada y dudé por unos segundos. Él pareció darse cuenta de mi reacción y sacudió su mano de nuevo en un acto para tranquilizarme.
- ¡Fresco! – dijo – Te prometo que en esta no hay más problemas con profesores ni trigonométricos. – sonrió.
Caminos unos cuantos metros más antes de doblar a otro pasillo, dirigiéndonos a los salones de química, donde compartíamos la misma clase.
- ¿Qué planes tienes para el viernes en la noche? – preguntó -, y no me digas que te pondrás a ver películas de terror.
- ¡Qué elección tengo! – contesté -. Después de que me vetaron la entrada a la fiesta del viernes, no me queda otra opción.
- ¡Aburridoooooooo! – dijo simulando un bostezo -. Te tengo el plan perfecto. - Su cara mostraba emoción. Los ojos le brillaron debido a la luz de un par de lámparas encima de nosotros y su rostro dibujó una sonrisa pícara -. Una de mis amigas que se graduó el año pasado va a dar una fiesta en su nuevo apartamento ¡Me dijo que estaba invitado y que podía llevar a quien quisiera!
- ¡Pretendes ir a una fiesta de universitarios! – dije sin rastro de emoción.
- Pretendemos, querrás decir – luego agregó -. ¡No te parece emocionante!
- No lo sé, Vick. Después de esa metida de pata del Lunes, no creo que mis papás me den el permiso…
- ¡Daniel, no seas fastidioso! – me cortó -. Es nuestro último año en el colegio. Nuestro deber es disfrutar de los años maravillosos – mientras decía esto, comenzó a alzar las manos al cielo.
- Y, para celebrarlos, nos vamos a meter a una fiesta de universitarios.
- ¡Qué más podemos hacer! – exclamó encogiéndose de hombros -. No es mi culpa que no podamos ir a la fiesta de Halloween del colegio.
Lo miré de reojo, furioso.
- ¿Qué? – exclamó caminando detrás de mí - ¿qué fue lo que dije?
La clases de la mañana pasaron en un abrir y cerrar de ojos. Tuve uno que otro problema en química y biología gracias a que no hice mis deberes la noche pasado. Vick no desaprovechaba cuando el profesor se daba la vuelta para entablar conversación y explicarme las cosas que tenía planeadas hacer en la fiesta del viernes, donde su amiga universitaria. Afortunadamente, me pude deshacer de él en matemáticas, cuando la profesora lo cambió de puesto y mandó a sentar a Jonathan, chico con el labio prominente, ojos saltones y pelo aplastado, perteneciente al Doble C.
- ¡Hola! – saludé.
Hizo un movimiento de cabeza y bajó la mirada al pupitre. No se veía muy bien. Su piel estaba muy pálida y su mirada mostraba distracción. No me pregunté cuál sería el motivo de su estado. En la fiesta del sábado, antes de que llegaran los policías, Katia le había rasgado el vestido de su novia, Aura, y dejó al descubierto ante cientos de ojos que ella tenía un defecto en sus senos.
Pensándolo mejor, la tonta de Aura se lo merecía por tratar de engañar a Jonathan y hacerle creer que estaba enamorada de él, cuando en la fiesta estaba detrás de Eduardo como uno de las tantas perras hambrientas.
- Todos saquen el libro y ábranlo en la página 104…
La clase fue una de las más rápidas. Después de haber estado pensando en Oscar todo el tiempo, mi mente por fin tuvo algo de respiro cuando nos sumergimos en unos ejercicios de cálculo avanzado. No es que fuera me fuera bastante bien con los números, pero al menos sobresalía.
Para cuando la clase terminó me sentí algo aliviado. Me había tomado más del tiempo esperado en realizar un largo ejercicio, que al final, como todo ejercicio de cálculo, la respuesta venía siendo: cero. Volví mi mirada a Jonathan, para romper el hielo y comentar sobre la clase, pero ya no estaba. Fue el primero en salir con paso apresurado por en medio de algunos alumnos que se arremolinaban en la entrada.
Me encogí de hombros y metí los libros devuelta en mi mochila. Pero cuando me disponía a salir, mis ojos captaron un objeto sobre el pupitre de Jonathan. Era la figura redonda de un CD dentro de su empaque.
- ¡Jonathan! – lo llamé, pero la bulla de los alborotados y hambrientos alumnos apagaron mi grito.
Lo levanté y leí las palabras que tenía escritas en él.





¡Importante, Doble C!

- Entonces, ¿listo para la fiesta?
- Dije que lo iba a pensar, Vick. – contesté sin quitarle la mirada al CD.
- Para mí eso es un sí… ¿Qué tienes en la mano? – preguntó Vick mirando por encima de mi hombro.
- Es de Jonathan. Lo acaba de dejar en la mesa.
- El imbécil ese. No me extraña. Ni cerebro tiene.
- ¡Disculpen!, ¡permiso!
La voz de Jonathan salió por en medio de los pocos estudiantes que aún hablaban alistando sus cosas y metiendo a empujones los cuadernos y libros en las maletas. Estaba sudando y algo fatigado, como si hubiese corrido todo el camino desde los comedores hasta el salón. Su cara estaba aún más pálida que antes.
- ¡Daniel! – exclamó. Empujó a una estudiante que no se movía de su camino y llegó tomando una gran bocanada de aire.
- Creo que olvidaste esto. – le dije alargando la mano y entregando el CD.
- ¡Gracias, hermano! – respondió -. Te debo una.
Alzó una mirada de odio a Vick y luego se despidió, saliendo del salón con paso apresurado. Vick y yo hicimos un comentario de burla y nos dirigimos fuera de los pasillos, en la misma banca en medio del patio donde se había convertido en nuestro pequeño santuario. Vick comenzaba hablar sobre su experiencia en el sexo oral y ahora trataba de darme un discurso como si hiciera una breve explicación sobre las diferencias y similitudes con la masturbación en sí. No era mi intensión ser grosero con mi nuevo amigo, así que simulé prestarle atención; asintiendo mi cabeza cuando él lo esperaba o diciendo uno que otro ¿En serio? O tal vez un Tienes razón, o la preferida de él: Eso no lo sabía. Mi pierna estaba sacudiéndose de arriba abajo impaciente por ver a Oscar. Estaba esperanzado en que lo vería en la hora del descanso, pero ya habían pasado diez largos minutos y no mostraba señales de andar por ahí. Necesitaba ver su sonrisa, esos ojos azules oscuros que en cierto sentido me intimidaban y aquellos comentarios tan oportunos y algo graciosos que siempre me arreglaban el día. Había llegado a la conclusión el otro día, de que cuando estaba cerca a él, mi vida dejaba de ser un solo desorden.
- Tengo que ir al baño. – dije levantándome de la banca y caminando hacia los pasillos.
- ¡No te demores! – me gritó Vick antes de que desapareciera por la puerta -. Tienes que saber en qué termina la historia con aquella chica.
Tenía que verlo. No resistía las ganas de comprobar con mis propios ojos que estaba bien, de preguntarle qué había sucedido el día anterior. Después de todo era mi nuevo amigo. Y los buenos amigos se preocupan entre sí y se cuidan la espalda, ¿no es así?
Pasé por en medio de una pareja que se comían a besos, y doblé la primera esquina que encontré. No sabía a dónde me dirigía, pero necesitaba caminar y dejar salir aquella ansiedad guardada en mi pecho. Cogí las escaleras a mi izquierda y subí en pares. Mi corazón bombeaba sangre con urgencia. Como si supiera que me faltara oxigeno en la cabeza. Llegué al segundo piso. Me encontré a mí mismo en un pasillo casi desierto, con las luces apagadas. Después de mirar a los dos lados me di cuenta que estaba haciendo algo estúpido. ¿Qué estaba haciendo acá? Sacudí mi cabeza y tomé de nuevo la izquierda, apresurando el paso hacia los baños.
Un pequeño sonido que se expandió por las paredes del desolado pasillo me hizo saltar del susto. Miré a mí alrededor, alerta, como en aquellas películas de terror. Me detuve en seco y esperé. Entonces allí estaba de nuevo. Era como el ruido que hace una puerta al cerrarse con fuerza. Y luego llegó a mis oídos el mismo ruido que una persona hace al estornudar.
Lancé mi mirada al frente y me di cuenta que una figura de estatura mediana, pelo largo y enredado, recogido con una moña, y una falda a cuadros que le llegaban a las rodillas, salía del baño de las mujeres.
Mis ojos se abrieron de par en par y mi primera reacción fue tirarme hacia una de las puertas de los salones. Por suerte, no estaba con llave. Entré percatándome primero que estuviera vacío y después la cerré con cautela para no llamar la atención de aquella niña.
Porque no tenía que haberme quedado más tiempo analizando aquel cuerpo extraño para darme cuenta que era Laura, la horrible niña de noveno que el mismo día de la fiesta declaró su profundo amor hacia mí, al mismo instante que me agarraba por la cintura y me empujaba a la pista de baile. Aún tengo en la memoria su cara llena de barros y esos dientes llenos de alambres con rastros incrustados de comida.
Después de sacudir mi cuerpo de asco, asomé mis ojos por el cristal de la puerta, tratando de no ser visto. Aún podía escuchar cómo estornudaba con fuerza. Esperé a que pasara. Cuando estuvo enfrente pude ver que estaba siendo víctima de aquella epidemia de gripa que estaba pegando fuerte en la ciudad. O a menos fue lo que alcancé a ver por su nariz roja y rostro casi sin color alguno.
Laura se detuvo tomando aire y cerrando los ojos como si intentara recordar algo, pero después de unos segundos salieron con fuerza miles de pequeñas gotas de babas por su boca y nariz. Se limpio con lo que parecía ser un pañuelo bastante húmedo y miró al frente tratando de dibujar una sonrisa.
- Hola, chicas. – parecía como si hablara por la nariz.
Sin esperármelo, dos chicas aparecieron en frente de la ventana, muy cerca de la puerta, y miraban a la pobre Laura con cara de fastidio y asco.
- ¡Aléjate de mí, niña! – le dijo Katia mostrándole una mano – No quiero que se me prenda.
Laura bajó su cabeza, la escondió en medio de sus hombros y siguió su camino lento fuera del pasillo hacia las escaleras. Katia la miró de reojo y lanzó una mirada al cielo, no de compasión, sino de desesperación. Luego, dijo algo en voz baja a su acompañante y se dirigieron a la misma puerta por donde estaba escondido.
Mis ojos se abrieron como dos platos y me agaché por completo apoyando mi espalda contra de la puerta. Tenía que buscar un lugar donde esconderme. Escaneé todo el lugar en un segundo y el primer lugar que encontré fue una pequeña cómoda color verde ubicada en el fondo, detrás de todos los pupitres. Salí en carrera, casi gateando, por en medio de las sillas, tratando de no hacer ningún ruido. Abrí las puertas de la cómoda y me paré sobre unos papeles, pegamentos y lápices de colores antes de cerrar la puerta.
- ¡Qué fastidio esa niñita! – dijo irritada Katia abriendo la puerta - ¡Entra ya que no tenemos tiempo!
Abrí una pequeña ranura, sin que me vieran, y vi a Katia cerrando la puerta tras Camila, la líder del grupo Doble C. Las dos lucían muy bien en el uniforme, aunque llevaban la falda más corta de lo debido. Katia era la más descarada en esto.
Camila caminó siguiendo a Katia hasta uno de los pupitres que estaba casi en frente de mi escondite. Removía las manos, nerviosa, y una que otra vez se las pasaba por el pelo tratando de arreglárselo.
- Muéstramelo. – ordenó Katia.
Camila se quedó mirándola con ojos vacilantes, algo llorosos, sin parar de mover sus manos.
- ¡Ya! – exclamó Katia, impaciente.
Camilo pegó un salto y dio dos pasos hasta el pupitre, cogiendo uno de los bolsos, al parecer el suyo. Revolvió, sacó libros, cuadernos, notas. No importaba qué sacara de él, parecía como si no encontrara lo que buscaba. Después de un minuto o algo se detuvo y miró a Katia.
- ¿Entonces? – preguntó Katia cruzándose de brazos.
- No… no lo encuentro. – su voz sonaba algo quebrada.
- ¡No me vengas con eso! – Katia abrió los ojos y dio un paso al frente, como tratando de intimidarla.
- Lo siento, Katia. Pero no lo tengo. La verdad, nunca lo he tenido. – soltó Camila, y se tapó la boca con las dos manos.
- ¿Qué acabas de decir, pedazo de porquería? – Katia se detuvo en seco y le lanzó una mirada fulminante.
- Lo siento…
- ¡No me vengas con excusas ahora! – lanzó un grito y caminó unos pupitres más abajo.
- No sabía qué hacer. Quería tu ayuda. Estoy asustada porque no quiero que me saquen del Doble C. He estado allí mucho tiempo como líder como para que ahora…
- ¡Cállate! – le cortó Katia – Es que no entiendes que a mí me importa una mierda si quieres seguir en ese grupo. Ellos, - señaló con un dedo hacia la puerta -, ellos ya hicieron una Junta Extraordinaria y ya saben a quiénes van a sacar del grupo, idiota.
Camila se quedó callada. Abrió la boca, pero las palabras se le quedaron en el medio del camino.
- ¿Tú crees que no sé a quién van a sacar? – continuó, ahora su voz era siniestra -. No va a ser a la tonta de Aura, porque el estúpido de Jonathan está tan tragado de ella que va a hacer hasta lo imposible por rescatarla. Y tú sabes mejor que nadie que es él quien maneja la mayoría de dinero en el grupo, ¿me equivoco?
- No. Pero,…
- También puede salir Eduardo, - mis oídos se agudizaron aún más al escuchar a Katia decir este nombre -, después de todas las cosas que algunos andan rumorando a sus espaldas. Pero a él tampoco van a sacarlo. Porque tenemos que ser realistas. El Doble C, sin Eduardo, es nada. Él es la popularidad del grupo. Ahora, ¿quiénes quedan? Tú y yo. – ella se señaló con un dedo. Estaba caminando por en medio del salón y hablaba con fuerza. – Camila, entiende, nosotras ya estamos fuera de ese grupo desde el fin de semana.
Camila ahogó un sollozo y se desplomó en una de las sillas. Tenía la mirada perdida, como si no diera crédito a lo que estaba escuchando.
- Es injusto. – dijo al fin -. He trabajado por el Doble C bastante. Ahora me sacan a patadas, como si no sirviera de mucho. Mi popularidad se irá por el piso…
Katia la miró con detenimiento y luego caminó lentamente hasta donde la destrozada Camila. Pasó una mano por su hombro y luego se aclaró la garganta.
- Lo sé muy bien, -comenzó a decir, luego meditó por unos segundos sus palabras -, también me siento traicionada, devastada…
No sé por qué, pero había algo en su tono que no sonaba nada convincente. Como si no pudiera esconder la hipocresía cuando hablaba. Sabía que algo estaba planeando. No era que sintiera pena por Camila y tratara de consolarla. Algo escondía.
- Le di mi confianza a esa tonta de Betsy. Le mostré el video de Eduardo y se lo confié como si fuera mi mejor amiga…
- Pero la muy perra te traicionó. Así que ella tiene el CD, ¿no es así? – preguntó Katia, abriendo sus ojos verdes.
- Claro. Llegó a mi casa el domingo y me pidió que le dejara ver el video de nuevo. Luego, me preguntó si podía tener una copia, solo por seguridad, y la dejé sola en mi cuarto… Esta mañana, cuando fui a mirar, ya no estaba ni CD ni video en el computador ¡NADA! – se pasó una mano por la cara, secando las lágrimas y machándose el rostro con aquella cosa negra que le salía de los ojos.
- Claro, ella trata de salvar al grupo borrando toda evidencia… - dijo Katia más para sí misma que para Camila.
- … Y ahora no hay nada que hacer. Todo se perdió.
- En eso te equivocas, amiga mía. – le dijo Katia y se arrodilló, enfocando su mirada de seriedad en Camila – Aún hay algo que podemos hacer… ¡Venganza! – y sus ojos brillaron, junto con la malvada sonrisa que dibujó su rostro.
Camila se levantó, limpiando las últimas lágrimas, guardó un par de sollozos debajo de su pecho y aspiró con fuerza para no dejar que la humedad saliera corriendo por su nariz.
- ¿Cómo podemos vengarnos? – preguntó.
- Vamos a darles un golpe por donde más les duela. Seguimos con la base de nuestro plan: destruir al grupo.
- Pero si ya no tenemos la evidencia. – le reprochó Camila.
- Eso ya lo sé, tonta. Pero la única oportunidad de acabar con ese grupo es haciendo rodar la cabeza de Eduardo. Para infortunio nuestro, como eres tan estúpida, te dejaste convencer de Betsy. ¡Claro!, lo único que quería ella era salvar al grupo de un posible ataque borrando toda evidencia y sacando a quienes ya sabían la verdad. – hizo una pausa. Miró por fuera de la ventana. Sus ojos parecieron brillar a la luz del sol que se reflejaba en los vidrios. Esa mirada ya la conocía. Era la misma de cuando algo bastante malvado se le ocurría. – Pero, parece que se te olvida con quién hablas. ¡Tengo contactos! Yo sé muy bien que uno de los amigos de Eduardo me ayudaría a ojo cerrado para acabar con ese imbécil, Camila. Solo necesitamos estar en el lugar correcto y atrapar a ese idiota… Y finalmente el Doble C se acabará y nuestra dulce venganza será dulce y hermosa.
Camila parecía no entender. Se secó las últimas lágrimas que corrieron por sus ojos y levantó la mirada.
- ¿Un amigo de Eduardo? – preguntó confundida.
- Sí. Pero no te preocupes. Déjamelo todo a mí. Yo sé muy bien cómo lidiar en este tipo de situaciones. ¿Estás conmigo, o no?
Camila la miró dudosa. Luego de pensarlo por unos segundos, esbozó una sonrisa de oreja a oreja y se levantó de su asiento. Las dos chicas sonrieron y soltaron una carcajada maliciosa. Se abrazaron como queriendo sellar un trato y se dirigieron hacia la puerta hablando llenas de euforia.
- Sniff… aprendí una buena lección sobre las extranjeras, malditas perras inglesas… sniff…, No puedes confiar en ellas… sniff. – Decía Camila cuando le abría la puerta a Katia.
- Sí, lo sé. Pero ahora límpiate esa asquerosa cara que se te corrió todo el maquillaje…
Fueron las últimas palabras que escuché. Me quedé como una piedra. No me había movido ni un centímetro, el cuello me dolía y mis piernas estaban dormidas. Pero eso me importaba poco ahora. Había escuchado el plan de dos malvadas mujeres, en contra del Doble C… en contra de Eduardo. Habían dicho que existía un tal video de Eduardo, haciendo no sé qué, pero tan capaz de cortar la cabeza más linda e importante del Doble C, al mismo tiempo que el grupo se vería acabado. Y lo peor de todo: ¡uno de los amigos de Eduardo lo va a traicionar!
Tenía que hacer algo, tenía que encontrar la forma de salvar a Eduardo de lo que fuera que estuvieran planeando aquellas perras. Traté de pensar en algo pero para desgracia mi cabeza aún daba vueltas pensando el nombre de Oscar. ¡Tenía que ponerme serio si quería ayudar a Eduardo! Pensé en avisarle de inmediato, pero me acordé que no estaba en la ciudad, que había viajado a ese estúpido partido de fútbol. ¡QUÉ HAGO! No podía quedarme de manos cruzadas sabiendo que su reputación podría estar en peligro.
Oscar…otra vuelta en mi cabeza…Oscar… Piensa en algo más… Oscar…vueltas y vueltas.
De pronto sentí náuseas y salí de la cómoda tumbándome al piso. Mi cuello me estaba matando y había regado tanto pegamento que se había pegado en la suela de mi zapato y me había hecho tropezar. Me levanté cerrando en vano la cómoda y salí del salón, no sin antes revisar que no estuvieran merodeando por ahí Katia y Camila.
Caminé con paso apresurado al baño y empujé la puerta con todas mis fuerzas. Miré mi reflejo en el espejo. El morado no se veía muy bien en conjunto con mi ahora cara pálida. Me lavé la cara dos veces con agua fría y seguí mirándome. El nombre de Oscar seguía metido en mi cabeza…
¡¿QUE PODIA HACER?!
- ¿Daniel?– preguntó una voz detrás de mí.
Me di la vuelta casi por instinto y me choqué con aquellos ojos azules en los que había estado pensando tanto. Su expresión era de desconcierto. Tenía las mangas de su camisa recogidas hasta la mitad; en lugar de su corbata llevaba el cuello desabotonado y bien abierto. Algunas gotas de sudor le bajaban por su cara. Parecía como si hubiese corrido una maratón completa. Estaba rojo como un tomate. Eso le hacía resaltar sus pequeños ojos.
- Oscar,… - me detuve un momento tratando de recobrar la respiración -. ¿Qué haces… aquí?
- Cumpliendo con el castigo, ¿te acuerdas? – dijo -. Al Director no le agradó la idea de que me fuera ayer. Me puso a hacer todo el trabajo que no hice en la hora del descanso. ¿Te encuentras bien?
- Sí, estoy bien. – dudé -. ¿Por qué?
- Estás un poco… pálido. ¿No estarás dándote golpes en la cara de nuevo, o sí?
- No. – le dije mirándolo. Oscar me hacía sentir mucho mejor.
Él sonrió y yo bajé la mirada al suelo. No era capaz de mirarlo. La sensación de ansiedad en me pecho se acrecentó. Me sentía desesperado. Ahora ya no pensaba en Eduardo. Estaba pensando en este momento, en el presente.
Estábamos los dos, solos, en uno de los baños del pasillo más desolado a la hora del descanso. Si lo pensaba muy bien, no había ni una sola alma en todo el segundo piso a excepción de nosotros dos. Mis rodillas comenzaron a sacudirse. No sabía si por nervios o por desesperación. Porque esa ansiedad en mi pecho no paraba de crecer y por una extraña razón era como si un imán me impulsara hacia delante. Hacia Oscar. Porque él estaba cerca, más cerca de lo que me hubiera imaginado. Apreté los puños y me enfoqué en el problema de Eduardo. Tenía que conseguir ayuda, y quién mejor que Oscar…
- ¿Cómo te encuentras tú? – pregunté sin alzar la vista -. Me contaron que estabas enfermo.
- Bueno, creo que estoy mucho mejor. – comenzó a decir, dejando el trapero que traía en su mano derecha sobre la pared -. La verdad es que no estaba enfermo… Bueno, tal vez… ya no lo sé.
La sonrisa había desaparecido. Ahora su rostro mostraba preocupación y sus ojos estaban perdidos en otro lugar muy distante. No te su cara de preocupación. Me pareció imprudente contarle el plan de Katia para acabar con Eduardo.
- No entiendo.
- ¡Ni yo! – dijo. Se pasó una mano por la cara e instaló su cuerpo sobre la puerta de un cubículo. – Ni yo.
- Oscar, no sé lo que te pasa, - dije –, pero puedes confiar en mí. Sabes que puedes contar conmigo. Me has ayudado mucho y has pasado por cosas que no deberías por mi culpa. ¿Qué más puede pasar?
- Lo sé, Daniel. Pero no es tan sencillo como parece. – caminó por el baño unos cuantos pasos.
Me estaba empezando a asustar. Sólo lo había visto de ese modo en la fiesta del sábado, cuando Sara estaba más pendiente de Eduardo que de él. De seguro que su preocupación se debía a ella. Él era un poco tímido con las chicas que le gustaban, y hasta ahora no había podido hablar con Sara por miedo a que le rechazara. Lo entendía. Después de todo, quién quisiera gastar energías en alguien que no te mira ni para darte la hora y que está interesada en otra persona.
Se detuvo justo en frente de mí. Bajó la mirada y tomó una bocanada de aire, que se suponía soltaría en un suspiro, pero no fue así. En vez, dejó salir las siguientes palabras claras y llenas de firmeza:
- Aléjate de Eduardo.
No había escuchado bien. ¿Qué era lo que había dicho? ¿Alejarme de Eduardo?... Definitivamente estaba mal de los oídos.
- ¿Qué dijiste?
Oscar seguía con la mirada sobre el suelo. Se mordía el labio y revolvía sus manos en los bolsillos del pantalón.
- Daniel, he estado pensando mucho todo esta situación. Le he dado vueltas una y otra vez, y no sé si estoy haciendo lo correcto. No sé si es culpa lo que siento ahora. Eres un tipo genial, me caes muy bien, tú lo sabes… - hizo una pausa para tomar algo de aire -. Pero por otro lado está mi amigo de toda la vida, Eduardo, y no sé qué hacer. Estoy demasiado confundido…
- Oscar, ¿de qué hablas? – estaba empezando a irritarme. Ante mis ojos aparecían palabras como mentiroso, envidioso, traidor.
Sé que Oscar pudo notar la expresión de enojo en mi rostro, porque enseguida dio un paso hacia adelante y me miró con firmeza.
- Escúchame, tienes que alejarte de Eduardo. – repitió, esta vez con seguridad en su voz.
- ¿Por qué? – le dije. Tal vez utilicé un tono muy duro.
- Porque… - lo pensó por un segundo -, porque puedes salir lastimado si estás con él. Por favor, escúchame, Daniel. No… ¡No me mires así!... Crees que es muy fácil para mí todo esto. No he hecho sino pensarlo durante estos últimos días y lo que menos quiero es que salgas lastimado… Te lo puedo explicar, - se detuvo unos segundos, como si estudiara bien las palabras antes de decirlas -, pero no sé cómo puedas reaccionar y tengo miedo de que me culpes por…
Ahora estaba retrocediendo. Oscar detuvo sus últimas palabras. Di unos cuantos pasos hacia atrás hasta que mis piernas chocaron con uno de los lavamanos. Sacudía mi cabeza en señal de sorpresa y la cara me hervía de la rabia que sentía. No lo podía creer. Era increíble que Oscar me estuviera diciendo todo esto. No le creía NI UNA PALABRA a ese embustero, envidioso…
Entonces, ante mis ojos comenzaron a salir a flote algunos momentos vividos hace unos días…
¡Todo era muy claro ahora!
Las piezas sueltas comenzaban a unirse…En la fiesta del sábado: la expresión de Oscar cuando Eduardo bailaba con Sara. Al parecer no había sido el único en sentir celos esa noche. Por supuesto que no era ella por quien él se moría de celos. ¡Era Eduardo!... Después la conversación en el cuarto de los papás de Jhon, esa misma noche. Me había confesado que estaba triste por… ¡Claro!, recordé sus propias palabras…
- Me gusta. Pero… no puedo decírselo… Es que sencillamente no… Me tiene loco
- ¿De quién hablas?
– le había preguntado. Recuerdo muy bien sus siguientes palabras.
- Tú sabes muy bien de quién hablo, Daniel. Es Eduardo… - y en ese momento nos interrumpieron, no recordaba quien, para decirnos que Katia se desnudaba en la cocina…
Empuñé mi mano con fuerza mientras seguía recordando. La invitación a su casa del domingo. Según él, era para hacer el trabajo de trigonometría ¡Era un mentiroso! Por supuesto que no necesitaba de mi ayuda, si ya tenía todo listo gracias a las copias que Vick había robado. Entonces, ¿para qué me necesitaba?... ¡OH, PERO QUÉ TONTO! Él pensaba decirme todo esto en privado, en su casa… Trataría de alejarme de Eduardo esa misma noche. Pero, ¿con qué propósito?... Miré hacia un lado y vi un graffiti en la puerta del baño: una calavera pintada a lapicero. ¡Sí, claro! Quería deshacerse de mí para la fiesta de Halloween.
La temperatura de mi cuerpo subió tanto que la podía sentir en mi respiración. La ansiedad que antes sentía en el pecho se transformó en una rabia en contra de Oscar. Aún quería lanzarme al frente, pero ahora para asestarle un puño.
- Daniel.
Oscar dijo casi en un susurro, mientras veía la expresión de mi rostro.
No le presté atención. Seguía sumergido en mis pensamientos, tratando de recordar algo más que diera indicios de que Oscar me estaba engañando… ¡El lunes! Cuando estaba en los baños de abajo, Oscar llegó con Eduardo y todo el tiempo su modo de comportarse fue el mismo: antipatía. Y ni hablar de la reacción de ayer, cuando el mismo Eduardo me buscó para despedirse, y ni siquiera determinó a Oscar…
- ¿Daniel?
Mis ojos se abrieron como dos enormes platos. Todo mi cuerpo parecía sumido en una especie de trabajo rápido, en donde trataba de buscar conjeturas, y el motor primario era la reciente furia contra Oscar. Algo se me acababa de ocurrir.
Tal vez él estaba involucrado en los planes de Katia y Camila ¡Tal vez Oscar era aquel amigo de Eduardo que lo iba a traicionar!
- ¡Daniel! – exclamó Oscar mirándome de cerca.
- No me hables. – dije conteniendo la rabia. Oscar retrocedió – No lo puedo creer. Nunca me esperé esto de ti.
- ¿De qué hablas? No. Déjame explicarte muy bien… –
- No te hagas el que no sabe. – dije dando un paso hacia al frente y cortándole tajantemente -. Crees que soy un tonto. Pero aquí el imbécil es otro. Eso que me acabas de decir: Aléjate de Eduardo, te puede hacer daño... Son simples mentiras.
- ¿Para qué querría mentirte, Daniel? – preguntó.
- ¡Tal vez porque eres un envidioso! – dije casi gritando. Me sorprendió un poco el tono en que lo dije. Me estaba dejando llevar por mi propia furia -. Tienes envidia de saber que Eduardo me prefiere a mí más que a ti. ¡Acéptalo! Todos estos días no has hecho sino ser amable conmigo, pretender ser mi amigo, para después venir con cara de idiota y decirme que me olvide de Eduardo. Que no quieres que salga lastimado… ¡Pero ni creas que te voy a dar el gusto! – podía sentir mis manos temblar.
- ¿De qué estás hablando? – Oscar habló casi en un susurro, con expresión de sorpresa. – Creo que estás malinterpretando…
- No sigas más con este juego, Oscar. Ya sé la verdad. – le dije empujándolo a un lado y dirigiéndome a la puerta -. ¿También me vas a venir con el cuento de que no sabes nada sobre el plan de Katia?
- ¿Plan?
- ¡Eres un ridículo! – dije bajando la voz, sintiendo que así entendería mi furia y decepción -. Yo sé que sabes del plan de Katia. La escuché hablándole a Camila hace unos minutos. Ella dice que uno de los amigos de Eduardo la va a ayudar… ¡Ese eres tú!
- ¿Ayudar a qué? ¡Daniel, cuéntame! – parecía desesperado. Pero no le creía ni una sola palabra. Estaba cegado.
- ¿Sabes una cosa?, no tengo ganas de seguir hablando contigo ¡Adiós!
Y tirando de la puerta con fuerza suficiente como para derrumbarla, salí del baño expulsando chispas de rabia; dejando a Oscar plantado sobre el suelo con cara pálida y seria.

Parte XI

- ¡Esto es absurdo! – exclamó Oscar malhumorado – ¿No podían darnos otra cosa?
Vich estaba sentado a su lado. Se miraba las manos cuidadosamente, mientras intentaba ocultar su risa.
- Vuelve a leerla, por favor. – le dijo -. Aún no logro entender muy bien.
Oscar volvió su mirada a la hoja.
- El estudiante Oscar Centeno – comenzó a leer señalándose a sí mismo - que cursa el grado Once ha faltado a la norma 340 del párrafo 5 del manual de convivencia… ¡Ni siquiera sabía de un manual! – protestó.
- ¡Qué se pudra el manual! – reía Vick.
- Continua. – le animé.
El chico lanzó una mirada fulminante a Vick y volvió a retomar su posición de lectura.
- Gracias Danny. Decía: …ha faltado la norma 340 del párrafo 5 del manual de convivencia establecido desde el año 1930. Por tal motivo al estudiante se le ha impuesto un castigo, siguiendo las normas del plantel..
- ¡Esto se pone interesante aquí! – murmuró Vick. Noté en sus ojos un destello de alegría.
- … El estudiante tendrá que quedarse en detención después finalizar las clases en donde se le pondrá una tarea, la cual irá acorde a los ejes educativos a favor del estudiante y al servicio de la comunidad académica y formativa de la institución.- ¿Quieres traducir eso, por favor? – pedí, confundido.
- ¡Lavar baños! - exclamó Vick estallando en risas.
Oscar volvió a fulminarlo con la mirada.
Estábamos sentados en una de las bancas del gran patio del colegio, justo a la hora del descanso. Unas pocas nubes de color negro comenzaban a rodear al sol brillante de finales de Octubre, dando paso a un viento helado proveniente del norte.
Era una escena bastante nueva para mí. Desde que mi amigo Carlos se hubiese ido de intercambio, era la primera vez que andaba con alguien diferente de Katia; quien ahora pasaba a ser mi ex novia. La pequeña y estúpida aventura del día anterior, que terminó en más problemas, había creado una especie de vínculo bastante grueso entro los tres. Ese día había llegado como usualmente lo hacía: buscando a Katia. Sin embargo, y gracias a los eventos que le destrozaron el ego de ayer y cuando toda su verdad salió a flote, no la encontré por ningún lado. Estaba dispuesto a terminar en buenos términos con ella (por supuesto, no cabía ni la más mínima posibilidad de seguir juntos), pero Katia era una persona de mucho cuidado y lo que menos deseaba ahora era cargarme con otro problema.
Porque problemas era la palabra preferida en mi vida en los últimos días. No solo le gustaba, sino también la ponía en práctica.
Antes de salir de casa esa mañana, un correo electrónico dirigido a mis papás llegó a las pantallas de sus computadores. Mi madre había bajado las escaleras furiosa en buscando una explicación, mientras mi papá se arreglaba la corbata en frente del espejo cerca a la cocina, tratando de prestar atención a las palabras de su esposa, pero con la mente ocupada en otros asuntos.
- ¡¿Qué fue lo que hiciste?! – preguntó tratando de mantener una cara de tranquilidad.
- Nada, mamá. – respondí. La típica frase entre los jóvenes cuando no saben por dónde empezar.
- ¡Cómo que nada, Daniel Martínez! Entonces, ¿por qué me envían un correo del colegio diciendo que te ponen un castigo?
- ¡Castigo! – gruñó Catalina desde el otro lado del comedor, mientras cogía el cuchillo que estaba a su lado.
Estave a punto de decirle algo a esa metida, pero preferí quedarme callado y enfocarme en el problema real.
- Lo que pasa es que uno de mis amigos… – se robó –, se encontró con unas respuestas del trabajo de Trigo que teníamos que encontrar ayer…, y pues, aprovechamos para poder realizarlo en una de las horas del descanso. Nos delataron y nos colocaron el castigo. Eso es todo.
Ella me miró de arriba abajo, queriendo esconder su cara de preocupación. Catalina seguía mirándonos de reojo y mi papá ahora se miraba el reflejo de la parte trasera del pantalón.
- ¡Se suponía que ibas a hacer ese trabajo el domingo, con un amigo! – dijo como si fuera su cuartada. – Si ya lo habías terminado, ¿cuál era la necesidad de ver esos papeles?
- Erm, bueno… - dudé.
- Mamá, es muy obvio que no hizo nada el domingo. – Catalina alzó la voz, cortando el silencio repentino.
Pude ver la mirada de mi mamá sobre mis ojos. Después, como si un rayo cayese sobre ella, comenzó a caminar de forma rápida de arriba para abajo de la cocina. Se tocaba la cabeza y miraba al suelo, luego al techo y después terminaba su paseo sobre mis ojos de nuevo.
No hice el trabajo porque sucede que me enteré esa misma noche que mi primo Javier es homosexual, tiene pareja y mi tía Rosa siempre lo había sabido. Además, esa misma noche y sin que ustedes lo supieran, aumenté el tamaño de mi “hermoso” morado. Estaba enojado conmigo mismo por tener sentimientos hacia los hombres y en especial hacia uno en particular, que me golpeé en un hecho masoquista idiota. Eso fue lo que estuve haciendo el domingo, mamá.- ¡Yo sí hice el trabajo el domingo! – fue lo que creí más conveniente responder.
- Entonces, ¿qué necesidad tenías de mirar todo esos papeles, por el amor de Dios? – ahora se sentaba en una de las sillas y se tapaba la boca con su mano.
- Solo quería,… verificar que todo estaba bien resuelto. ¡No me puedes culpar por ser un poco sagaz!
Ella no respondió. Me miró en la misma posición. Después de uno o dos minutos, se volvió al correo impreso, para analizarlo por centésima vez.
- ¿Qué te está pasando, Danny? – preguntó bajando el tono de su voz.
- Nada, mamá. – hay estaba aquella respuesta de nuevo. Ella seguía mirándome con la mano sobre sus labios.
- No sé qué hacer, sinceramente. – finalmente dijo -. Todo está cambiando muy rápido y sin razón. Primero tu chaqueta, después esa fiesta en donde llegaron todos esos policías y se te llevaron el carro (sin mencionar el artículo de las drogas y alcohol encontrados en la dichosa casa), y ahora esto. “Castigo por fraude escolar”. – leyó de la hoja -. Estoy preocupada. No sé qué sucede contigo y la única respuesta que obtengo es indiferencia de tu parte.
- Mamá, no sé a qué llamarás indiferencia, pero yo no lo estoy siendo. – estaba perdiendo un poco la paciencia.
- ¡Sí ves cómo me respondes!
- Y, ¿ahora qué? – pregunté perplejo.
- Te parece poco el tono en el que me hablas ahora.
- Mamá, estás exagerando. – estaba cansado de esa conversación.
- ¡Ricardo, por el amor de Dios, di algo!
Mi papá volvió a la realidad y nos dirigió una mirada de desconcierto.
- ¿Qué sucede?
- Sucede que tu hijo está metido en problemas y tú ni siquiera te preocupas por apoyarme. – respondió irritada.
- No. Sucede que mi mamá tiene una paranoia que aprendió de la fastidiosa tía Victoria sobre hijos malcriados y desaplicados, y que ahora está poniendo en práctica en mí.
- ¡Fernando! – exclamó mi mamá exaltada, poniendo una mano sobre su pecho.
- ¡Daniel! – respondió este -. Hazle caso a tu madre.
La pobre mujer se enfureció aún más y se levantó para recoger los platos de la mesa. Le eché un vistazo al papel que reposaba junto a mi plato.

Queridos Padres de Familia:

Se les informa que el estudiante Daniel Martínez, que cursa el grado Once, ha faltado la norma 340 del párrafo 5 del manual de convivencia establecido desde el año 1930. Por tal motivo al dicho estudiante se le ha impuesto un castigo, siguiendo las normas del mismo manual antes nombrado. El estudiante tendrá detención después finalizar las clases y se le aplicará un trabajo con fines pedagógicos y con principios de formación al estudiante, a favor del pupilo y al servicio de la comunidad académica y formativa de la institución…
Otro comentario de mi mamá interrumpió mi lectura.
- Me va toca hablar con Katia.
Abrí desorbitadamente los ojos que creía se salían de su sitio.
- ¡No! – Fue la respuesta a una de las consecuencias de tener una novia a la que tu familia adora con el corazón. Cuando algo mal anda contigo, en seguida recurren a ella. Es una situación bastante bizarra. Qué podía resolver una novia a esta edad. Qué enigmas pensaban resolver los: ¿Todo anda bien con mi hijo?, ¿te trata de la manera que un caballero tendría?, ¿cómo van en la cama?, ¿están teniendo sexo suficiente? - ¿Para qué la vas a llamar?- Tengo que tratar unos asuntos con ella. – decía, mientras revolvía algunos platos sobre el mesón.
- Entonces, no sé si debas saber que terminamos ayer. – lancé la bomba; y como era de esperar hizo ¡Bum!
- ¡QUÉ!
Como si fuera a desmayarse, mi mamá se puso pálida y corrió hacia una silla de nuevo, adoptando la misma posición de antes. Miró la hoja de reojo, como queriendo decir que no pensaba que nada más podría salir mal. Catalina también había recibido el golpe porque dejó caer su cuchara sobre el plato de cereal, produciendo un ruido vacío.
- ¿Qué pasó?
- No funcionó, eso es todo. No pienso entrar en detalles.
- Pero si es la mejor chica del mundo, Daniel – la voz de mi mamá se alzaba con nerviosismo y desconcierto -. ¡Y aún así me dices que no te está pasando nada! ¿Cómo debe estar la pobre?
- Feliz, mamá. Terminó con este patán. – interrumpió Catalina moviendo la cabeza en desacuerdo y volviendo a su desayuno.
Mamá lanzó un suspiro al aire y encorvó todo su cuerpo. Pareció como si una nube negra se cerniera sobre ella, como en aquellas caricaturas japonesas en donde el personaje es rodeado por la oscuridad que lo persigue a todos lados cuando su humor llega hasta el piso.
- Nadie me escucha en esta casa. – dijo al fin, su voz sonando muy profunda -. Todo lo tengo que hacer sola… En esta casa, digo yo… ¡En la familia! Todo se está complicando ahora más que nunca y no sé qué hacer.
- Entonces, ¿por qué no te ocupas solo de los problemas de nuestra casa, en vez de tratar de solucionar la vida de los demás? – le lanzó Catalina.
Mi mamá simuló no escucharla. Se levantó de la silla y caminó fuera de la cocina. Escuché cómo sus pesados pasos subían.
- ¿Qué pasa en la familia? – pregunté.
- Nada de lo que no te puedas sorprender, si eres de esta familia de locos – Catalina lanzó un suspiro al aire. No sé si agotada de los interminables casos familiares, o por el hecho de que le fastidiaban -. ¿Recuerdas la pelea del domingo en el almuerzo?
- Sí, claro. - ¿cómo poder olvidar ese día?
- Todo lo protagoniza Javier. Huyó de la casa y nadie sabe dónde anda hasta ahora. (No me sorprende de ese creído) Y mientras tanto, su mamá se “cayó” de las escaleras – hizo hincapié en las comillas -. Dicen que sostenía una discusión con el tío Edmundo. Es que no lo entiendo, ¿cómo puede huir y causar que sus padres se pelean de esa manera? – dio un largo suspiro y levantó su plato de la mesa.
- ¿Cómo está ella?
No creía ni una sola palabra. La mano del tío Edmundo era tan poderosa como para ocultarle a todos que maltrataba a su mujer. También me preguntaba si Javier sabría de eso. Supuse que mi tía Rosa le mantendría al correcto de los chismes y acciones que acurrían.
- No le pasó nada grave. Tiene muchos morados por todo su cuerpo y algunas heridas en su piel. Los doctores dicen que fue un milagro que no se partiera un brazo o una pierna, teniendo en cuenta la altura de la escalera. – dijo antes de desaparecer fuera de la cocina.

Las palabras de Vick me hicieron salir de aquellos pensamientos. Ahora Oscar recogía la hoja que había arrugado y la miraba de arriba para abajo por tercera vez.
- Sigue leyendo, Oscar – le dijo – Lo que viene es mi parte favorita.
- ¿Hay más? – pregunté confundido.
- ¿No la has leído?
- Solo una parte de ella. ¿Qué sigue?
Oscar sacudió la cabeza cuando Vick hizo una especie de venía con su mano. Levantó el papel desgastado y se aclaró la garganta.
- Por decisión del mismo director, el estudiante, junto con sus acompañantes, queda vetado de la anual fiesta de Halloween que se realizará el próximo viernes en el Gran Salón del plantel.
Atentamente,
Ignacio Velas

Quedé en completo silencio. ¡No era justo! Ahora entendía la reacción de Oscar. No podíamos venir a la fiesta de Halloween del último año de colegio. Nos perderíamos de aquellos maravillosos recuerdos que se supone debían quedar en nuestras cabezas por siempre.
- ¿Es esta tu parte favorita? – pregunté desalentado.
- Es maravillosa, ¿no te parece? – respondió Vick, riendo.
- No podré venir a la fiesta. ¡Nunca pude venir! El año pasado tuve que asistir a un estúpido concurso en otra ciudad. ¡Y ahora esto!
- Lo siento, Daniel. – dijo Oscar colocándome una mano sobre mi hombro. Pude sentir su delicadeza y el suave apretón cálido -. Es nuestra culpa por haberte metido en lo de ayer.
Alcé mi mirada y me encontré con aquellos ojos azul oscuro, profundos. Una pequeña sensación de electricidad cruzó todo mi cuerpo hasta llegar a mi hombro donde él sostenía su mano. Mi corazón comenzó a latir con rapidez y el aire que salía de mis pulmones hervía.
- ¡Nuestra culpa, dices! – repitió Vick -. Por el contrario. Le salvamos la vida. Es solo una pobre presentación de niños estúpidos, bailando en pareja y con disfraces ñoños… bueno, ahora ya no pueden llevar disfraces, pero aún así. Te salvamos la vida, Daniel.
Vick podria estar hablando en voz bastante elevado, pero no le prestaba tención. Yo seguía mirando los ojos de Oscar. Podía escuchar las palabras de Vick como un eco que sube por un abismo profundo. No quería pensar, no quería que terminara esto. Era una sensación de tranquilidad y alegría que aquellos ojos me hacían sentir. No sabía si estaba despierto o en un sueño. Era como si tranquilizantes hubiesen sido inyectados en mis venas y ahora solo pudiera ver en aquella dirección. Fuera lo que fuera, no quería despertar de aquel hermoso letargo.
- ¿Me estás escuchando?
- ¡Sí, Vick, por supuesto! – respondí sacudiendo mi cabeza.
- No le prestes atención, Danny. – ahora era Oscar -. Él no sabe lo que dice.
- Tengo toda la razón, pedazo de imbécil – Vick se levantó de su asiento y ahora discutía con gracia. No lo hacía ver grave, solo se burlaba de sí mismo. – Es solo una fiestecilla para niños bobos, en donde la música es de lo peor y lo único que hay para tomar es una cosa roja, horrible y asquerosa que te mancha la ropa si solo pones una gota en ella.
Oscar retrocedió un paso y se rió de la reacción de su amigo. Le puso un dedo sobre el pecho y lo empujó hacia atrás.
- Eso es porque a las únicas fiestas a las que vas es donde hay alcohol por todos lados, y donde la diversión comienza solo cuando la fiesta termina en pelea.
- Muchachos, no peleen. – dije un poco nervioso.
- Eso puede que sea verdad. – apuntó Vick, devolviendo el empujón a su amigo, pero ahora con más fuerza. Por un momento llegué a pensar que Oscar caería. Ninguno de los dos me prestó mucha atención -. Pero también puedo decir que te duele no ir a la fiesta de Halloween, porque está esta niña tonta de la que tanto estas enamorado… ¿cómo es que se llama?...
- ¿Sara? – salió de mi boca sin que me diese cuenta.
- ¡La misma que canta y baila! Gracias, Danny. – agradeció Vick.
- Muchachos, basta ya.
- ¡Eso no es verdad! – reclamó Oscar.
Los dos amigos se quedaron mirándose el uno al otro. Se desafiaban con la mirada y al parecer se contenían para no soltar una risa de complicidad. Sabía que no estaban peleando, pero no podía estar seguro hasta que uno de los dos se detuviera.
- No discutan entre ustedes. – dije de nuevo.
Entonces, y sin darnos cuenta, una sombra se acercó por detrás de los tres y se instaló cerca de la banca.
- Ellos no están peleando. Solo están jugando. – dijo una suave voz.
La piel se me erizó. La había reconocido al instante. Sabía que debía ser él. No podía confundirla con la de nadie más en el mundo. Me di media vuelta sobre mi asiento y vi la imagen más hermosa del día. Era Eduardo, pero ahora estaba iluminado por detrás con la luz del sol, la cual lo hacía ver como una divinidad.
Alargó la mano y saludó.
- Hola. – la estreché y pude sentir sus dedos firmes y provocadores.
Los otros dos detuvieron su actuación y se volvieron para verlo. Vick tomó una posición de defensa al cruzarse de brazos, mientras que Oscar no me quitaba la mirada de encima.
- Conozco a estos dos muy bien como para asegurar que estaban peleando - dijo Eduardo sin soltarme de la mano. Creo que comenzaba a sudar -. Tienen un modo muy particular de jugar. – los señaló con el dedo -. Te darás cuenta de eso ahora que eres nuestro nuevo amigo.
Nuevo amigo. ¿Acaso había escuchado bien? ¿Eduardo me consideraba su nuevo amigo? Mi mano seguía agarrando con firmeza la suya, mientras él me taladraba con sus pequeños ojos cafés. Ya no tenía ninguna duda. Eduardo sí estaba muy interesado en mí.
Había analizado todas las señales una y otra vez la noche pasada. Creo que le di mil vueltas a mi cuarto, rebanándome los sesos y tratando de convencerme de que podría estar equivocado, que todo podía ser un juego sucio de la imaginación, de que la posibilidad de que él… gustara de mi,… ¡ERA REMOTA! No podía olvidarme que era Eduardo. El que alguna vez fue novio de Katia. Recordaba muy bien aquellas historias en donde ella lloraba en mi hombro diciendo que Eduardo la engañaba con otra. De que ya no quería estar con ella en la cama y que le vivía sacando excusas estúpidas. Además de que prefería andar con sus amigos que ir a cine en una tarde de sábado o salir de compras los domingos.
Había sido novio de las niñas más codiciadas del colegio, por no mencionar a las que aún le hacían falta. A pesar de todo esto, aún así se convertía en inevitable traer a mi mente la misma imagen en los baños del colegio. Aquel acercamiento peligroso en frente de Oscar… nuestros rostros a punto de tocarse,… su mano apretando con firmeza mi pierna…
Levanté mi mirada y noté que Vick había dado vuelta y se marchaba con paso presuroso de regreso a los pasillos.
- ¿A dónde vas, Vick?
Eduardo soltó un chasquido y se sentó junto a mí.
- ¿Qué le pasa? – pregunté a Oscar. Por alguna extraña razón, no dejaba de mirarme.
- Está molesto. – respondió Eduardo adelantándose -. Ayer se enteró que fui aceptado por el equipo de fútbol. Por desgracia, Vick quedó por fuera.
- Así que por eso te trató mal ayer, en los baños. – pensé en voz alta.
- Sí,… por eso es. – se acomodó -. Pero yo no tengo la culpa.
El sol volvió a desaparecer en un pequeño parche de nube negra y otra ráfaga de aire frío y seco sacudió la copa de los árboles. Volví mí mirada a Oscar, quien fijaba sus ojos al suelo. ¿Qué le pasaba?
- Daniel, no me puedo quedar mucho tiempo. – la voz de Eduardo me trajo de nuevo a la hipnosis de su hermosura -. Solo vengo a despedirme.
- ¿Despedirte? – no había comprendido bien. Estaba muy ocupado mirando sus perfectos dientes.
Él sonrió delicadamente y repitió sin mutar la expresión.
- Me tengo que ir fuera de la ciudad a un encuentro con el equipo de fútbol, precisamente. Salimos en menos de tres horas, pero no me podía ir sin antes despedirme de ti. – sus ojos se fijaron en mi rostro. Sentí cómo analizaba cada gesto. Me sentía expuesto. Creía que podía llorar de tanta ternura. Quería abrazarlo, darle un beso,… mi primer beso… No me importaba si estaba Oscar o un ciento de alumnos rodeándonos. Quería estar con él, en él, para él.
- ¿No nos volvemos a ver? – pregunté en voz muy baja.
- Por supuesto que sí. – contestó para mi alivio -. Sólo me iré por unos días. Volveré para la fiesta de Halloween, no te preocupes. - Su mano cruzó por debajo de su saco y alcanzó mi pierna con suavidad -. Así,… podremos estar juntos,… como los nuevos amigos que somos, ¿verdad?
Todo mi cuerpo se erizó. Eduardo apretó un poco más su mano haciendo que mi excitación llegase a niveles casi incontrolables. Las hormonas en todo mi cuerpo comenzaron a trabajar el doble y más rápido, mientras mi cuerpo hervía de adentro hacia afuera.
- Sí. Nos veremos el viernes, entonces. – mi voz sonaba casi quebrada.
- Es un trato. – sonrió. Se quedó así por unos segundos y luego se levantó de la banca. Dirigió unas palabras a Oscar y luego corrió por todo el patio hasta desaparecer en la entrada a los pasillos.
Mi corazón aún latía rápido, incluso después de que se marchara. Por fin, después de todo lo que había pasado, de las interminables horas y días imaginando cómo sería tener una experiencia homosexual, llegaba el momento preciso para comprobar eso que estaba siendo un tema principal en mi cabeza. Y para mi alegría, no tendría la oportunidad de probarlo con cualquiera, sino que estaba a punto de experimentar con el chico más lindo del universo y a quién le gustaba. ¡Sí! Sabía que yo le gustaba. Estaba más que seguro que Eduardo estaba enamorado de mí.
Pude imaginar el viernes que se acercaba. Me dijo que nos veríamos. Entonces, podíamos aprovechar la misma hora de la fiesta de la que fui expulsado. Tal vez iríamos a comer algo y luego, quién sabía, él me invitaría a su casa. ¡A su casa! Mis manos temblaron de nervios.
- Daniel, he querido decirte esto desde hace mucho. – aquel rostro estaba haciendo que me saliera de mis cabales.
- ¿Qué es? – mi voz sonaría temblorosa, lo sabía. A esas alturas debía de estar controlando mis impulsos hormonales.
- ¡Te amo!
¡SI! Eso era lo que iba a pasar aquel día. No podía esperar a que llegase el viernes. El Día de las Brujas sería la fecha en donde daría mi primer beso con un hombre… mi primer beso con Eduardo… ¡Mi primera relación! ¡Eduardo sería mi novio!
¡Tendría un novio, y sería Eduardo!... Eso sonaba bien, pensé.
- Nos vemos en la sala de detención, después de clase. – Oscar sonaba muy distante.
Sacudí mi cabeza y di al vuelta sobre mi asiento. Lo vi alejándose de la banca, en dirección opuesta a la entrada de los pasillos, con la mano en los bolsillos y pies en rastra.
- Oscar… - dije casi en un murmullo.
La felicidad se me borró del rostro. ¿Qué había dicho? ¿Estaría pensando en voz alta? Todo lo que había estado fantaseando se me borró en las siguientes clases. Aún seguía un poco preocupado por la reacción de Oscar.
Esa misma tarde, en nuestro primer día de castigo, ni Vick ni yo lo vimos presentarse en detención.
- ¿Qué le pasó? – le pregunté al director cuando entró al salón casi vacío. Había anunciado que Oscar no sería parte del castigo de ese día.
- No se sentía muy bien y tuve que mandarlo a casa. – respondió lanzando un suspiro al cielo y luego agregó -. Si me preguntas, creo que el lavar baños no le apetecía de a mucho al joven. ¿Qué haremos con estos padres de hoy en día? – y salió del cuarto en señal para que lo siguiéramos.
Afuera estaba el jefe de aseo. En mi opinión, vestía una ropa muy sucia en contraste a lo que representaba. El director se retiró y quedamos a cargo de un par de baldes, guantes y utensilios de limpieza.
- Vaya, limpiar baños es la tarea que va acorde a los ejes educativos a favor del estudiante y al servicio de la comunidad académica. No me quiero imaginar si no fuese así. – criticó Vick por lo bajo.
- ¡Ah, muchacho! – exclamó el jefe de aseo. Algunos de sus dientes estaban negros y su aliento apestaba a cigarrillo – Yo era como tú,… un joven activo, alegre, bromista. Mira como terminé ahora. Limpiando baños, haciendo el aseo. Un poco irónico, sabes, porque ni siquiera en mi propia casa lavaba mis lindas y cuidadas manos.
- ¡Eso qué viene al caso! – exclamé confundido.
El viejo nos miró de arriba abajo. Se rascó el poco pelo blanco que le quedaba, y soltó un corto alarido antes de darse la vuelta y sacudir la mano para que lo siguiéramos.
- No le hagas conversación, - murmuró Vick en mi oído -, ¡Está chiflado! Es por la vejez, según me dijeron.
Esto va a ser un infierno, pensé. Soportar el trabajo de limpiar asquerosos baños, con un viejo completamente loco y en una tarde algo fría. Y todo aquello sin Oscar. Porque ya me había hecho a la idea de hacerlo todo juntos. Él y yo...
Fue entonces, y por extraño que pareciese, cuando deseé por primera vez que Oscar estuviese a mi lado. Fue entonces cuando me sentí mal por el hecho de saber que él no se sentía bien. Fue entonces cuando llegué a pensar… que tal vez,… sentía algo por él.